28. La mudanza
CLARA
SANTS - BARCELONA. Sábado de mudanza.
Una furgoneta de alquiler aparcada en doble fila es, probablemente, el símbolo más honesto que existe del principio de una vida nueva.
Mudarse de un piso de cinco mujeres y un baño a un piso de dos personas y dos baños resulta ser, contra todo pronóstico, mucho más emocional de lo que había calculado.
Dani se presenta el sábado de la mudanza con una furgoneta alquilada, tres cajas de cartón recicladas de una mudanza ajena y una actitud de general al mando de una operación militar.
—Bien, tropa —anuncia, plantado en medio de mi habitación con las manos en las caderas—. Objetivo: sacar veinticuatro años de vida de esta habitación en menos de seis horas.
—No hace falta que le pongas nombre de operación militar.
—Todo necesita un nombre para tomárselo en serio, Clara. Es una regla universal.
Bea, Cris, Mónica y Lidia entran y salen de mi cuarto cargando cajas, cada una comentando en voz alta algún objeto que encuentran por el camino con una mezcla de nostalgia y sorpresa, como arqueólogas descubriendo capas de mi propia vida.
—¿Todavía tienes esto? —pregunta Mónica, sosteniendo en alto una libreta con la tapa desgastada, la misma que usé el primer día en la agencia.
—Ni se te ocurra tirarla.
—No iba a tirarla, era una pregunta genuina.
Álex llega a media mañana, sin furgoneta propia pero con café para todo el mundo y una capacidad sorprendente para cargar cajas pesadas sin quejarse ni una sola vez, algo que Dani observa con un interés casi científico.
—Así que este es el famoso Vidal en su hábitat natural, cargando muebles —comenta, apoyado contra el marco de la puerta mientras Álex sube por las escaleras con una caja de libros—. Interesante. Muy distinto del hombre serio de las fotos de la revista.
—Deja de analizarlo, Dani.
—Es un análisis con fines completamente benévolos, te lo aseguro. Estoy evaluando si merece la pena que le entregue oficialmente la custodia de mi mejor amiga.
—No soy un objeto en custodia.
—Es una forma de hablar, cariño. No te pongas técnica conmigo.
Cuando Álex baja de nuevo a por otra caja, Dani lo intercepta en el rellano, con una seriedad que no le había visto emplear con nadie más hasta ahora.
—Una cosa antes de que sigas subiendo cajas.
—Dime.
—Si le rompes el corazón, no voy a amenazarte con nada dramático porque ya lo hice una vez y quedó ridículo.
Solo te voy a decir que esta chica ha tardado seis años en volver a confiar en alguien de esta manera.
No lo estropees por pereza ni por miedo, que son los dos motivos más tontos que existen para estropear algo bueno.
Álex asiente, sin la más mínima actitud defensiva.
—No tengo intención de estropearlo, Dani. Ni por pereza ni por miedo ni por ningún otro motivo que se me ocurra ahora mismo.
—Bien. Entonces coge esa caja de ahí, que pesa una tonelada y es toda de libros de poesía que ella jura que va a leer algún día.
Por la tarde, con la furgoneta ya descargada del todo y las cajas apiladas en el piso nuevo, celebramos con una cena improvisada de pizza para nueve personas sentadas donde se puede: en el sofá, en el suelo, en la única silla decente que hay todavía sin desempaquetar del todo.
Nora llega tarde, disculpándose entre risas, acompañada de una chica que presenta simplemente como Marta, sin más explicación necesaria, aunque la forma en que se cogen de la mano deja bastante claro el resto de la historia.
—¿Desde cuándo? —le pregunto en voz baja, aprovechando un momento en la cocina.
—Desde la fiesta de Aurea, en realidad. Aquella noche que desaparecí con alguien de Producción.
—¿Marta es de Producción?
—Marta es la hermana de alguien de Producción, en realidad, que había venido de visita esa noche. Es una historia complicada. Lo importante es que funciona.
—Me alegro muchísimo por ti, Nora.
—Yo también me alegro por ti, mirándoos a los dos ahí sentados como una pareja de anuncio de seguros de hogar.
—Qué cruel.
—Es un cumplido, te lo prometo. Los anuncios de seguros de hogar siempre salen felices.
Dani, mientras tanto, ha encontrado la manera de monopolizar la conversación general contando una anécdota sobre su nueva cita, que resulta ser profesor de instituto y, según sus propias palabras, «escandalosamente normal, lo cual después de mis últimas experiencias es casi exótico».
Cris y Bea discuten con Mónica sobre quién se queda con mi antigua habitación en Sants, una negociación que lleva ya varios días activa y que promete continuar durante semanas.
Álex, sentado a mi lado en el suelo con un plato de pizza en equilibrio sobre las rodillas, me rodea los hombros con un brazo mientras observa toda la escena con una expresión que no le había visto antes, algo parecido al asombro tranquilo.
—¿Qué? —le pregunto.
—Nada. Solo estoy pensando que llevo dos años entrando en este piso de vez en cuando y nunca me había parado a pensar en lo raro que va a ser que ahora vivas aquí conmigo, de forma oficial, con tus horquillas y todo.
—Todavía estás a tiempo de arrepentirte.
—No, en absoluto. Solo estoy constatando el hecho, como dije la otra noche.
—Constatando muy bien, por cierto.
Me besa la sien, en medio de todo el ruido y el desorden de cajas a medio abrir, y por primera vez en mucho tiempo pienso que esto, exactamente esto, es lo que siempre había imaginado que se sentiría al pertenecer de verdad a un sitio.