27. Sin esconderse
ÁLEX
BARCELONA. Los meses siguientes.
Hay casas que se llenan despacio, sin que nadie lo decida del todo, objeto a objeto, hasta que un día ya no recuerdas cómo eran antes de estar llenas.
Salir con alguien de tu propio equipo es complicado desde cualquier ángulo que se mire.
Salir con Clara es complicado incluso sin necesidad de ningún organigrama de por medio.
Discutimos por copies, con una frecuencia que sorprendería a cualquiera que nos viera trabajar juntos.
Discutimos porque trabaja demasiadas horas seguidas sin parar a comer.
Ella se enfada si intento facilitarle algo sin que me lo pida, interpretando cualquier ayuda no solicitada como una amenaza velada a su autonomía profesional.
Yo me enfado, a mi vez, cuando ella rechaza esa misma ayuda solo por orgullo, sin pararse a pensar si de verdad la necesita o no.
También nos reímos.
Mucho, más de lo que había reído en años con nadie.
Mi casa deja de parecer un render de revista, poco a poco, sin que yo lo decida conscientemente.
Primero aparece un cepillo de dientes junto al mío, en el vaso del baño.
Después un libro abandonado en la mesilla de noche, con una esquina doblada como marcapáginas improvisado que me hace fruncir el ceño cada vez que lo veo.
Luego una sudadera olvidada sobre el respaldo de una silla del salón.
Un domingo cualquiera descubro cinco horquillas distintas repartidas por lugares completamente imposibles —dentro de un zapato, encima de la nevera, entre los cojines del sofá— y comprendo, con una mezcla de sorpresa y ternura, que Clara ha colonizado mi piso entero mediante objetos de menos de cinco gramos cada uno.
Una noche cocinamos juntos con Dani y Nora, los cuatro apretujados en mi cocina demasiado pequeña para tanta gente. Otra noche, sus cuatro compañeras de piso aparecen sin avisar para ver una película, y mi salón, normalmente silencioso, parece de pronto una estación de metro en hora punta.
Me gusta.
Eso es lo verdaderamente extraño de todo esto, lo que más me sorprende de mí mismo.
Durante años pensé que la tranquilidad consistía en la ausencia total de ruido, en un espacio completamente controlado y silencioso.
Clara me enseña, sin proponérselo siquiera, que la tranquilidad también puede ser sentirte en casa dentro del ruido de otra persona, dejando que ese ruido entre sin resistencia.
En la agencia dejamos de escondernos, poco a poco, aunque tampoco hacemos ningún anuncio formal al respecto.
La gente lo sabe, de un modo tácito. Algunos siguen comentando cosas por lo bajo, aunque cada vez menos.
Clara aprende algo que a mí me costó bastantes más años aprender: no todas las opiniones ajenas merecen una respuesta por su parte.
Un viernes por la tarde Sergio me llama a su despacho, con un tono de voz distinto al habitual.
—Te van a ofrecer la dirección ejecutiva de Madrid el año que viene.
Lo miro, sin saber muy bien qué responder de inmediato.
—¿Tú te vas de Barcelona?
—Quizá, todavía no está decidido del todo.
Hace seis meses esa noticia me habría excitado enormemente, la habría visto como el siguiente peldaño lógico de mi carrera.
Ahora solo siento un cansancio difuso, casi físico.
—No sé si de verdad la quiero.
Sergio se ríe, con una carcajada que suena genuinamente divertida.
—Claro que la quieres, no me lo trago.
—Eso pensaba yo también hasta hace poco.
—¿Es por ella?
—No.
Y es verdad, aunque me cueste explicarlo con precisión.
Clara no me ha quitado la ambición que siempre tuve.
Me ha devuelto el criterio para distinguir qué partes de esa ambición son realmente mías.
He vuelto a disfrutar creando de verdad, sin la sensación de estar rellenando casillas, y precisamente por eso empiezo a distinguir mejor qué partes de mi carrera deseo genuinamente y cuáles perseguía solo porque eran el siguiente escalón lógico y esperado.
Esa noche se lo cuento a Clara, sentados los dos en el sofá con una copa de vino cada uno.
—¿Madrid? —pregunta, dejando la copa sobre la mesa.
—Posiblemente, todavía no es seguro del todo.
Se queda quieta un momento, procesando la información.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
—No lo sé todavía con certeza.
Veo aparecer el miedo en sus ojos, un miedo que reconozco porque yo mismo lo he sentido antes.
—No voy a decidir nada sin hablarlo antes contigo —añado, con toda la sinceridad que puedo reunir.
Ella me mira, sorprendida por la afirmación.
—Eso ha sido aprendizaje aplicado en tiempo récord.
—Me debes una evaluación de desempeño excelente por esto.
—Ya veremos eso al final del trimestre, no prometo nada todavía.