26. El contrato
CLARA
RECURSOS HUMANOS. Martes, doce del mediodía.
Los pasillos de Recursos Humanos tienen una luz distinta a la del resto de la agencia, más fría, más parecida a la de un hospital.
Recursos Humanos me cita un martes a las doce del mediodía, sin dar más explicaciones en el correo.
Paso toda la mañana convencida de que voy a morir de puros nervios antes de que llegue la hora.
Nora sabe algo, lo noto porque canta sin parar durante toda la mañana, algo que solo hace cuando tiene un secreto que no puede contar todavía.
A las doce y veinte salgo del despacho de Recursos Humanos con un contrato indefinido junior entre las manos, todavía sin terminar de creerme lo que estoy sosteniendo.
Copy junior, dice el papel.
Un salario que me permitirá, si quiero, abandonar por fin el piso de cinco personas y su único baño funcional.
Asignada al equipo de Álex Vidal, junto a Nora, según especifica el documento.
Me quedo de pie en el pasillo, leyendo mi propio nombre impreso tres veces seguidas, como si repetirlo pudiera hacerlo más real.
Después llamo a Dani, sin poder esperar ni un minuto más.
Grita tanto al otro lado de la línea que tengo que apartarme el teléfono de la oreja.
Llamo a mi madre a continuación.
Se echa a llorar de pura emoción, algo que no me esperaba del todo.
Vuelvo a la planta de Creatividad, todavía con el contrato entre las manos.
Nora me abraza antes de que pueda siquiera anunciar la noticia.
—¡LO SABÍA! ¡Sabía que era esto!
—Ya veo que sí.
Marcos me felicita con un abrazo torpe. Alicia me manda un gif absolutamente obsceno desde su móvil, riéndose sola de su propia broma. Varias personas que hace meses ni siquiera conocían mi nombre me levantan el pulgar al pasar por su lado.
Y yo camino directamente hasta el despacho de Álex, con el contrato todavía apretado contra el pecho.
La puerta está abierta.
Está concentrado en el ordenador, sin haberse enterado todavía de nada.
Por un segundo entero vuelvo mentalmente al primer día en la agencia. La impresora rebelde. La acreditación provisional colgada del cuello. El hombre serio al que decidí que odiaba después de apenas treinta segundos de conversación.
Llamo con los nudillos en el marco de la puerta.
—¿Necesitas algo? —pregunta, sin levantar todavía la vista de la pantalla.
—Sí.
—¿Qué es?
Dejo el contrato sobre su mesa, encima del teclado.
Álex mira el papel un momento.
Después me mira a mí.
Su sonrisa aparece despacio, extendiéndose por toda su cara.
—Enhorabuena, Soler.
—Gracias, Vidal.
—Ahora empieza lo verdaderamente difícil, que lo sepas.
—¿Qué parte exactamente?
—Que ya no puedes culpar de todo a que eres becaria. Se acabó esa excusa universal.
—Puedo culparte a ti, en su lugar.
—Eso hacen los buenos equipos, precisamente. Repartir culpas con generosidad.
Me inclino sobre la mesa, apoyando las manos en el borde.
—¿Has tenido algo que ver con esta decisión?
Su expresión se vuelve seria de repente.
—Di mi opinión cuando me la pidieron, nada más que eso. También la dieron Marcos, Nora, Alicia y hasta Sergio, para mi propia sorpresa. La decisión final no dependía solo de mí.
—¿Qué opinión diste exactamente, si puede saberse?
—Que sería bastante estúpido dejar marchar a la persona que tuvo la idea que nos hizo ganar la cuenta de Aurea. Me pareció un argumento suficientemente sólido por sí solo.
—¿Y nada sobre mis tetas en esa opinión?
—Lo consideré poco relevante para un documento de Recursos Humanos, la verdad.
Me río, genuinamente sorprendida por la respuesta.
—Has aprendido, por lo visto.
—Soy brillante, ya te lo había dicho antes.
Cierro la puerta del despacho con el pie.
—Clara.
—¿Qué?
—Ahora sí trabajas oficialmente en mi equipo, con contrato y todo.
—Ya lo sé, acabo de leerlo.
—Quizá deberíamos establecer algunos límites profesionales, dadas las circunstancias.
Me acerco un paso más.
—Me parece una idea muy profesional por tu parte.
—Gracias por reconocerlo.
—Empieza tú a proponerlos, entonces.
Me besa, sin dejarme terminar la frase.
Los límites duran aproximadamente ocho segundos completos, cronometrados sin querer por mi propio cerebro.