25. Después de la fiesta
CLARA
BARCELONA. Esa misma madrugada.
Barcelona de madrugada tiene un silencio distinto al de cualquier otra hora, un silencio guardado, casi a propósito, para quien decide caminar en lugar de coger un taxi.
No cogemos un taxi.
Decidimos caminar, sin decirlo en voz alta, como si los dos hubiéramos llegado a la misma conclusión al mismo tiempo sin necesidad de consultarlo.
Barcelona a esas horas tiene un silencio particular, roto solo por algún coche ocasional y por el eco de nuestros propios pasos sobre el asfalto todavía caliente del día.
—Tengo que confesarte una cosa —dice Álex, con las manos en los bolsillos del pantalón.
—Qué mal empiezan siempre tus confesiones.
—Llevo toda la fiesta pensando en ese vestido negro.
—Ya lo he notado, no hacía falta que lo confesaras.
—No, me refiero a que llevo toda la fiesta pensando en quitártelo, para ser exactos.
Me detengo en mitad de la acera, obligándolo a detenerse también.
—Eso sí que es información relevante.
—Considéralo un informe de estado sincero.
Llegamos a su portal en menos tiempo del que debería haber sido posible, con esa urgencia contenida que llevamos arrastrando desde la fiesta, desde el beso en la calle, desde mucho antes en realidad.
En cuanto se cierra la puerta del piso a nuestra espalda, Álex me empuja con suavidad contra ella, sus manos encontrando mi cintura sobre la tela del vestido.
—Llevo toda la noche esperando esto —murmura contra mi cuello, su aliento cálido erizándome la piel.
—Podrías haberlo dicho antes.
—Estaba disfrutando de la anticipación.
Su boca baja por mi cuello mientras sus dedos buscan la cremallera del vestido, bajándola despacio, demasiado despacio para mi gusto en ese momento concreto.
—Álex.
—¿Sí?
—Menos anticipación, por favor.
Se ríe contra mi piel, una vibración grave que siento en todo el cuerpo, y acelera el ritmo de sus manos.
El vestido cae al suelo del recibidor, sin ceremonia alguna, y él da un paso atrás solo para mirarme un instante entero, con una expresión que consigue que me sienta más deseada de lo que me he sentido nunca con ninguna otra persona.
—Sigues sin decir nada sobre mis tetas —digo, con la respiración ya alterada.
—Estoy reuniendo fuerza de voluntad para seguir la norma.
—Puedes romper la norma esta noche, excepcionalmente.
—En ese caso —dice, acercándose de nuevo, sus manos subiendo por mis costados hasta cubrir lo que el sujetador todavía protege—, son perfectas. Siempre lo han sido. Pero no es lo primero que pienso cuando te miro, y eso es lo que de verdad quería que supieras.
No le dejo terminar la frase del todo. Tiro de su camisa hasta sacarla de dentro del pantalón, desabrochando los botones con una torpeza impaciente que le arranca una sonrisa contra mi boca.
Llegamos al dormitorio dejando un rastro de ropa por el pasillo —mi vestido en el recibidor, su camisa en el salón, mis zapatos en algún punto intermedio que ninguno de los dos podrá recordar mañana— y caemos juntos sobre la cama entre risas y besos que ya no tienen nada de pausados.
Esta vez no hay torpeza inicial, ni la timidez de la primera vez. Hay una familiaridad nueva entre nuestros cuerpos, la certeza de saber exactamente dónde tocar, dónde besar, qué arranca qué sonido del otro.
—Te he echado de menos toda la noche —susurra, colocándose sobre mí, su peso apoyado en los antebrazos a ambos lados de mi cabeza.
—Estabas a diez metros de distancia todo el rato.
—Diez metros son una distancia enorme cuando llevas ese vestido puesto.
Sus dedos se deslizan entre mis piernas, encontrándome ya lista para él, y el gemido que se me escapa hace que sonría con una satisfacción evidente.
—Álex, por favor.
—¿Por favor qué exactamente?
—Ya lo sabes.
—Dímelo de todos modos. Me gusta oírtelo pedir.
—Te necesito dentro de mí. Ahora.
No se hace de rogar más. Entra en mí con un movimiento firme que nos hace gemir a los dos a la vez, y durante un instante se queda completamente quieto, dejando que ambos sintamos la plenitud del momento.
—Muévete —le pido, clavando los dedos en su espalda.
Y lo hace, con un ritmo que va construyéndose poco a poco, cada embestida más profunda que la anterior, sus caderas encontrando las mías en una sincronía que hemos aprendido a base de repetición y atención mutua.
Sus labios encuentran los míos entre jadeos, robándome el aire cada vez que consigo recuperarlo.
—Así, Clara. Exactamente así.
Enredo las piernas alrededor de su cintura, buscando más contacto, más profundidad, y el cambio de ángulo arranca un sonido de mi garganta que no reconozco como propio.
—Otra vez ese sonido —murmura, con la voz completamente ronca—. Hazlo otra vez.
Se lo doy con gusto, sin ninguna vergüenza ya, mientras el placer se acumula en oleadas cada vez más intensas, cada vez más cercanas al límite.
Cuando llego, es con su nombre en la boca y sus dedos entrelazados con los míos contra el colchón, todo mi cuerpo tensándose y liberándose en una sucesión de espasmos que él acompaña sin dejar de moverse, alargando cada segundo de la sensación.
Él me sigue casi inmediatamente después, con la frente apoyada contra mi hombro y un gemido grave que siento vibrar contra mi piel antes de que se derrumbe, con cuidado de no aplastarme del todo, a mi lado.
Nos quedamos así un buen rato, recuperando el aliento, con las piernas todavía entrelazadas y el corazón latiéndonos a un ritmo que poco a poco va calmándose.
—Sobre lo de la fuerza de voluntad de antes —digo finalmente, apoyando la cabeza en su pecho.
—¿Sí?
—Ha durado exactamente lo que yo pensaba que iba a durar.
—Ocho segundos, como los límites del despacho.
—Menos, en realidad. Pero no se lo voy a contar a nadie, no te preocupes.
Se ríe, un sonido cansado y feliz a la vez, y me atrae más cerca contra su cuerpo.
—Quédate a dormir.
—Ya estoy aquí. No pensaba irme a ningún sitio esta noche.
—Me refiero a quédate. En general. Deja de fingir que todavía vives en Sants.
La propuesta me pilla desprevenida, aunque llevo semanas notando cómo mi vida se ha ido trasladando aquí, objeto a objeto, horquilla a horquilla.
—¿Me estás pidiendo que me mude contigo?
—Estoy constatando un hecho que ya es prácticamente real desde hace un mes.
Sonrío contra su pecho, sintiendo cómo el corazón me da un vuelco que no tiene nada que ver con lo que acabamos de hacer.
—Voy a necesitar que me lo pidas mejor que eso, Vidal.
—Lo intentaré mañana con más elegancia, te lo prometo.
—Aprobado, entonces. Provisionalmente.
Nos quedamos dormidos así, enredados el uno en el otro, con la ciudad entera durmiendo también al otro lado de la ventana.