Una becaria con muy malas ideas 24. La campaña sale
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24. La campaña sale

ÁLEX

BARCELONA. Lunes de lanzamiento.

Una campaña, antes de salir a la calle, es solo un archivo digital guardado en un servidor. Después, de golpe, se convierte en parte del paisaje de una ciudad entera.

Aurea sale un lunes por la mañana, en todos los formatos a la vez: exterior, digital, redes sociales, vídeo, punto de venta.

Durante semanas hemos visto las piezas tantas veces que ya no significaban nada para nosotros, saturados de nuestra propia idea. Después aparecen distribuidas por toda la ciudad y recuperan de golpe todo su peso original.

Clara me manda una foto a las siete y doce de la mañana, recién levantada, con el pelo todavía revuelto a juzgar por el ángulo.

Una marquesina entera en Sants, con la campaña ocupando todo el espacio disponible.

CUANDO DEJAS DE MIRARTE.

Debajo del texto escribe:

Mira mamá, soy yo haciendo capitalismo de altura.

Me río solo en la cocina, con el café todavía en la mano.

Le respondo:

Y sin usar «innovador» ni una sola vez en todo el proceso. Estoy muy orgulloso de los dos.

La campaña funciona de verdad.

No de esa forma mágica y algo exagerada en la que una sola pieza publicitaria cambia el mundo entero.

Funciona de la forma real y medible: conversación en redes, ventas que suben cada semana, gente apropiándose del concepto por su cuenta, vídeos de chicas normales mostrando momentos en los que se olvidan por completo de posar para la cámara.

Teresa está feliz, según me confirma Alicia después de cada reunión de seguimiento.

La agencia entera también lo está.

Sergio y yo apenas hablamos desde la reunión de Creatividad.

Recursos Humanos ha tenido una conversación formal con él, de la que no conozco todos los detalles.

No sé con certeza si va a cambiar de verdad.

Sé, al menos, que ahora sabe que alguien va a contestarle si vuelve a repetir el mismo patrón.

El viernes hay una pequeña celebración en la agencia, con catering y una barra libre improvisada en la zona de recepción.

Clara llega con un vestido negro sencillo, sin nada especialmente llamativo en el diseño, y durante cinco segundos enteros olvido por completo cómo funciona el lenguaje humano.

Ella lo nota, por supuesto, acercándose con una sonrisa ya sabiendo el efecto que está causando.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás mirando de una manera muy específica.

—Sí, es verdad.

—Mi cerebro está aquí arriba, por si se te ha olvidado la localización exacta.

Señala su propia frente con un dedo.

—Tu cerebro escribió la campaña que estamos celebrando esta noche. Esta noche concreta, sin embargo, puedo permitirme apreciar el conjunto completo.

Se ríe, con esa risa suya que consigue que la sala entera parezca más pequeña de repente.

—Respuesta aceptable, dadas las circunstancias.

Bebemos más de la cuenta. Bailamos, algo torpes los dos al principio hasta que el alcohol suaviza los movimientos.

Nora desaparece con alguien de Producción hacia algún rincón menos concurrido.

Marcos se marcha pronto, con su hijo esperándolo en casa.

Dani aparece más tarde, invitado por Clara, junto con dos de sus compañeras de piso, añadiendo un caos extra y bienvenido a la fiesta.

A medianoche Clara y yo terminamos en la calle, alejados del ruido de la fiesta, apoyados contra la fachada del edificio.

—¿Sigues enfadada conmigo? —pregunto.

—Un poco todavía.

—¿Cuánto exactamente, en porcentaje?

—Un treinta por ciento, calculo.

—Puedo trabajar con ese margen perfectamente.

—Eres director creativo, claro que puedes. Os encantan los cambios de última hora en cualquier brief.

—Los odio, en realidad, cuando llegan de un cliente.

—Mentira evidente.

Me acerco un paso, reduciendo la distancia entre los dos bajo la luz de la farola.

—¿Puedo besarte?

Clara me mira, con una ceja levantada.

—Eso ha sonado extrañamente formal para la situación.

—Estoy intentando mejorar mis procesos internos, como me pediste.

—Aprobado, entonces.

La beso.

Esta vez no hay ninguna puerta de despacho de por medio, ni ninguna ex prometida apareciendo de la nada, ni rumores circulando por los pasillos, ni ninguna prisa que nos empuje a separarnos.

Solo Barcelona a medianoche, silenciosa a nuestro alrededor, y una mujer que me ha recordado algo importante que creía completamente perdido.

Cuando nos separamos, apoya la frente contra la mía, sin abrir todavía los ojos.

—No vuelvas a decidir nunca más por mí sin preguntarme antes.

—No lo haré, te lo prometo.

—Ni aunque creas sinceramente que me estás protegiendo de algo.

—Especialmente entonces, con más razón todavía.

—Bien. Me parece un acuerdo razonable.

—¿Algo más que añadir al briefing de esta noche?

—Sí, una cosa más.

—¿Qué cosa?

—Bésame otra vez, por favor.

Ese cambio de última hora sí lo acepto encantado.