23. Teresa
CLARA
RESTAURANTE. Comida de negocios.
Teresa Valcárcel pide el pescado sin mirar la carta, con la seguridad de quien ha comido cien veces antes en el mismo sitio exacto.
Teresa Valcárcel me invita a comer.
A mí sola.
Sin Álex.
Sin Alicia.
Sin nadie más de la agencia presente.
Paso toda la mañana previa convencida de que van a despedirme, repasando mentalmente cada error que he podido cometer en las últimas semanas.
Teresa pide pescado al llegar al restaurante y va directa al asunto sin ningún rodeo previo.
—He oído que hay bastante ruido circulando en vuestra agencia.
Quiero morirme literalmente en ese instante.
—Lo siento mucho.
—¿Por qué lo sientes exactamente?
—Porque es poco profesional que algo así llegue hasta usted.
—Los rumores siempre lo son, querida. Eso no es ninguna novedad para mí, llevo cuarenta años en este sector.
Me observa con atención durante un momento, con esa mirada suya que parece capaz de ver más de lo que dices en voz alta.
—¿Te acuestas con Álex Vidal?
Casi me atraganto con el agua que acabo de beber.
Teresa sonríe, satisfecha con mi reacción.
—Tengo sesenta y dos años, Clara. No me escandaliza el sexo entre adultos, te lo aseguro.
—No creo que deba responder a…
—Correcto. No debes responder a esa pregunta. Era una trampa, para ver cómo reaccionabas.
—Estupendo, muchas gracias por la prueba.
—Lo que sí necesito que entiendas con total claridad es lo siguiente: yo no compré vuestra campaña porque Vidal te mirara de una manera concreta durante la presentación.
La compré porque cuando hablaste tú, reconocí algo verdadero en lo que decías, algo que ninguna otra agencia me había ofrecido en meses de reuniones.
Bajo los ojos hacia el plato.
—Gracias.
—No me des las gracias a mí. Haz otra campaña igual de buena, esa es la mejor forma de agradecérmelo.
Se inclina hacia mí por encima de la mesa.
—A las mujeres jóvenes y guapas nos ocurre una cosa especialmente desagradable, y lo digo por experiencia propia acumulada durante décadas.
Cuando fracasan, son tontas, sin más explicación necesaria.
Cuando triunfan, alguien les abrió la puerta, siempre hay un hombre detrás en la narrativa que la gente prefiere contar.
No puedes controlar del todo esa historia que otros cuentan sobre ti.
Solo puedes decidir si vas a vivir dentro de ella o no.
Pienso en Álex.
En el despacho, en la decisión de apartarme.
En cómo intentó protegerme apartándome del proyecto, con las peores consecuencias posibles.
En cómo se enfrentó a Sergio delante de veinte personas, sin que yo se lo pidiera.
—¿Y cómo se sale de esa historia, exactamente?
—Dejando de mirarte a ti misma desde los ojos de los demás. Es la única manera que conozco, y me ha costado sesenta y dos años aprenderla del todo.
Me río, sin poder evitarlo.
—Eso suena sospechosamente parecido a nuestra campaña.
—Por eso mismo la compré, querida. Reconocí la verdad en cuanto la escuché.
Cuando vuelvo a la agencia encuentro a Álex solo en una sala de montaje, revisando el corte final del vídeo en silencio.
Entro sin llamar.
—Teresa me ha invitado a comer.
—Lo sé.
—¿Tú ya lo sabías?
—Me lo dijo Alicia esta mañana.
Me siento a su lado, dejando un espacio prudente entre los dos que ninguno se atreve a cerrar todavía.
Durante un minuto entero miramos la pantalla en silencio, sin decir nada más.
—Sigo enfadada contigo —digo, finalmente.
—Lo sé.
—Pero te echo de menos, aunque me fastidie admitirlo.
Álex deja de mirar el monitor, girándose hacia mí.
—Eso no lo sabía.
—No te emociones demasiado por eso.
—Demasiado tarde para eso.
No nos besamos, ninguno de los dos da el paso.
Todavía no.
Pero mi hombro queda tocando el suyo durante el resto del vídeo, un contacto pequeño que ninguno de los dos rompe hasta que termina la reunión.