Una becaria con muy malas ideas 22. Sergio
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22. Sergio

ÁLEX

BARCELONA. Dos días después.

Hay reuniones que empiezan hablando de presupuestos y terminan hablando de otra cosa completamente distinta.

Clara tiene razón.

Otra vez.

La frase empieza a resultarme genuinamente irritante de tan repetida, aunque la irritación va dirigida sobre todo hacia mí mismo.

Revoco mi decisión al día siguiente, sin dejar pasar más tiempo del necesario.

Hablo con Alicia, con Marcos y con Recursos Humanos, explicando el cambio de planes sin entrar en detalles innecesarios.

Clara vuelve a todas las reuniones de Aurea, con su nombre restaurado en todos los correos y calendarios.

Pero no vuelve conmigo, no del todo, no como antes.

Profesionalmente es impecable, cumple con cada entrega, participa en cada reunión con su habitual agudeza.

Personalmente soy una pared para ella, y ella lo es para mí, dos superficies planas que ya no se rozan en ningún punto.

Dos días después Sergio entra en una reunión general de Creatividad en la que estamos unas veinte personas repartidas por la sala.

Revisamos campañas activas y hablamos de la asignación de personal para el trimestre siguiente.

Alguien menciona, de pasada, que Clara debería entrar en un proyecto nuevo una vez termine su implicación en Aurea.

Sergio se ríe, con esa risa suya que siempre suena más a superioridad que a verdadero humor.

—No sé si Vidal puede compartirla con nadie más, la verdad.

Nadie dice nada, un silencio incómodo instalándose en la sala.

Clara está sentada al otro extremo de la mesa larga, con la mirada fija en su cuaderno.

—Sergio —advierto, con un tono que pretendo que suene claro sin necesidad de levantar la voz.

Él levanta las manos, con gesto conciliador.

—Es broma, hombre, no te pongas así. Además, la chica sabe moverse bien por la agencia, hay que reconocérselo. Llegó hace cuatro meses y ya tiene despacho privado cuando le apetece.

Algunas miradas bajan hacia la mesa, incómodas ante el comentario.

Clara abre la boca para responder.

Yo hablo antes de que ella pueda hacerlo, sorprendiéndome a mí mismo con la firmeza de mi propia voz.

—Se acabó.

Sergio me mira, con las cejas levantadas.

—¿Qué se acabó exactamente?

—Se acabaron los comentarios sobre ella. Y sobre cualquier otra mujer de este equipo, presente o futura.

La sala entera queda inmóvil, veinte pares de ojos alternando entre Sergio y yo.

—No dramatices, Álex.

—No estoy dramatizando en absoluto.

—Era solo una broma sin más importancia.

—Una broma es algo que hace gracia también a la persona sobre la que se hace, Sergio. Si solo te ríes tú, no es una broma, es otra cosa.

Sergio sonríe sin ningún humor real detrás de la sonrisa.

—¿Ahora me vas a dar tú una clase sobre humor, precisamente tú?

—Si hace falta que la dé, sí, sin ningún problema.

—Cuidado con lo que dices.

—¿Cuidado con qué exactamente?

La pregunta sale de mi boca mucho más tranquila de lo que en realidad me siento por dentro.

Sergio mira alrededor de la sala, consciente de pronto de la cantidad de testigos presentes en ese momento concreto.

—Con confundir lo personal y lo profesional, que es justo lo que estás haciendo tú ahora mismo delante de todo el mundo.

—Eso es exactamente lo que estás haciendo tú, Sergio, desde hace semanas.

Clara está en el equipo de Aurea porque tuvo la idea que ganó el concurso, una idea que a ninguno de los que estamos en esta sala se nos ocurrió antes que a ella.

Teresa la quiere específicamente en el proyecto porque es buena en lo suyo, punto.

Si alguien aquí presente cree de verdad que se ha ganado algo acostándose conmigo, que lo diga ahora mismo y en voz alta, delante de mí.

Silencio absoluto en la sala.

—Y después que me explique, con la misma seguridad, por qué a ninguno de nosotros se le ocurrió esa idea antes que a ella, siendo todos mucho más veteranos.

Clara me mira desde el otro extremo de la mesa.

No sonríe.

No necesito que lo haga para saber que ha entendido exactamente lo que acabo de hacer.

Sergio cierra su carpeta con un golpe seco.

—Seguimos mañana, entonces.

Se marcha de la sala sin decir nada más.

La reunión termina de una forma bastante poco oficial, con la gente recogiendo sus cosas en un silencio incómodo que dura varios minutos.

Clara recoge sus cosas también, más despacio que el resto.

Me acerco a ella una vez la sala se ha vaciado casi por completo.

—No lo he hecho para que me perdones por lo de antes.

—Ya lo sé.

—Lo hice porque debía haberlo hecho la primera vez que ocurrió, en el rodaje.

Asiente, sin decir nada durante un momento.

—Gracias.

Una sola palabra.

No es suficiente, ni de lejos, para arreglar lo que se rompió entre nosotros.

Pero es la primera cosa que me da en días que no tiene absolutamente nada que ver con una campaña de publicidad.