Una becaria con muy malas ideas 20. Rumores
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20. Rumores

ÁLEX

BARCELONA. Los rumores tardan exactamente tres días en llegar hasta mí.

Un rumor, dentro de una agencia, no camina: corre, se multiplica, cambia de forma cada vez que pasa de una boca a otra.

Los secretos en una agencia duran aproximadamente lo mismo que una bandeja de croissants gratis en la cocina: cuestión de minutos, y siempre desaparecen antes de que nadie confiese haber sido quien empezó.

No sé quién nos ve primero.

Quizá nadie en concreto.

Quizá basta con observar durante suficiente tiempo para atar cabos que nosotros creíamos perfectamente sueltos.

Clara entra demasiado a menudo en mi despacho, con excusas cada vez más forzadas.

Yo sonrío demasiado cuando ella habla en las reuniones, una sonrisa que no consigo controlar del todo.

Nora es completamente incapaz de mentir con la cara, cosa que la delata cada vez que alguien le pregunta si sabe algo.

Alicia sabe leer una habitación mejor que cualquier planner de estrategia, y hace tiempo que ha dejado de hacer preguntas al respecto, lo cual resulta todavía más revelador.

Los primeros comentarios son inocentes, del tipo que se dicen sin mala intención en los pasillos.

—Tu becaria favorita.

—La musa.

—Vidal tiene nuevo proyecto personal, por lo visto.

Los ignoro, todos y cada uno.

Error de cálculo por mi parte.

Una mañana Marcos entra en mi despacho y cierra la puerta detrás de él, algo que nunca hace salvo para asuntos serios.

—Hay mierda circulando por la agencia.

—¿Qué mierda exactamente?

—Que Clara va a conseguir un contrato indefinido porque se acuesta contigo.

Se me endurece la mandíbula, una tensión que noto físicamente antes de poder controlarla.

—¿Quién dice eso?

—No sé quién lo empezó. Y hay versiones peores circulando, además.

—¿Qué versiones?

Marcos duda un momento, incómodo con lo que tiene que decir.

—Que la cuenta de Aurea la ganó de rodillas, literalmente.

Me levanto de la silla de golpe.

—Álex.

—¿Quién ha dicho eso exactamente? Necesito un nombre.

—No hagas una caza de brujas por la oficina. Solo… piensa bien qué haces a partir de ahora, con más cuidado.

Pienso en Clara.

En su ex de los dieciocho años.

En la lista que me contó aquella noche en el restaurante de Verdaguer.

En todas las veces que alguien ha decidido que su cuerpo explica mejor sus logros que su talento evidente, real, demostrado una y otra vez desde el primer día.

Y tomo la decisión equivocada por razones que en ese momento me parecen absolutamente correctas.

Llamo a Alicia a mi despacho.

—A partir de ahora Clara sale de las reuniones de decisión de Aurea.

Alicia me mira como si acabara de anunciar que pienso dimitir para dedicarme a la pesca.

—Teresa la quiere dentro del equipo, específicamente a ella.

—Seguirá trabajando en las piezas creativas. Pero reportará a Marcos a partir de ahora. Yo no voy a revisar nada directamente con ella.

—¿Ella lo sabe ya?

—Se lo diré yo mismo hoy.

—¿Y por qué haces esto exactamente, si puede saberse?

—Para protegerla de los rumores.

Alicia suspira, con esa expresión suya de quien ha visto ya demasiadas veces el mismo error cometido por distintos hombres.

—Los hombres deberíais dejar de usar esa frase justo un segundo antes de hacer una auténtica gilipollez. Es casi un patrón clínico.