Una becaria con muy malas ideas 19. El despacho
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19. El despacho

CLARA

BARCELONA. Lunes por la mañana. Y las dos semanas siguientes.

Su despacho huele a café solo y a algo cítrico que tardaré meses enteros en identificar como su colonia.

Besar a tu director creativo en una agencia vacía es, sin duda, una idea pésima desde cualquier punto de vista razonable.

Repetirlo el lunes siguiente a las ocho y cuarto de la mañana, con ciento cuarenta y ocho personas potencialmente a menos de treinta metros de distancia, es todavía peor.

Lo hago igualmente, sin la menor duda, con una excusa tan endeble que ni yo misma me la creo del todo mientras cruzo la planta hacia su despacho.

Entro con la excusa de revisar un guion que perfectamente podría haberle enviado por correo.

—Cierra la puerta —dice, sin levantar la vista de la pantalla.

—Eso es exactamente lo que diría un jefe justo antes de protagonizar una demanda laboral.

—Déjala abierta, entonces, si prefieres.

La cierro de todos modos, sin dudarlo un segundo.

Álex sonríe, levantando por fin la vista.

—Incoherente.

—Creativa. Es la misma palabra, con distinto marketing.

Me acerco a su mesa. Él tira suavemente de mi acreditación, todavía colgada del cuello, hasta que quedo de pie entre sus piernas, con la silla de despacho crujiendo bajo su peso.

—Buenos días.

—Buenos días.

El beso empieza despacio, casi contenido, y termina con mi espalda contra la puerta cerrada, sus manos enredadas en mi pelo, mi respiración ya completamente descontrolada.

Alguien pasa por fuera, unos pasos rápidos que se alejan enseguida.

Nos congelamos los dos a la vez, como estatuas.

Yo me tapo la boca con la mano para no reírme del absurdo de la situación.

—Esto es ridículo —susurro, con la espalda todavía pegada a la madera.

—Mucho, sí.

—Podrían vernos desde fuera.

—La puerta tiene vinilo esmerilado.

—No entero, hay una franja transparente arriba.

—Dato inquietantemente específico para alguien que lleva tres semanas trabajando aquí.

Lo beso otra vez, por toda respuesta, antes de que pueda seguir con la broma.

Durante dos semanas vivimos en una clandestinidad bastante incompetente, la verdad sea dicha.

No hacemos absolutamente nada delante de nadie, o eso creemos con una ingenuidad casi enternecedora.

Nos escribimos demasiado, mensajes que no tienen nada que ver con el trabajo disfrazados de comentarios sobre timings.

Coincidimos con una regularidad sospechosa en la cocina a horas concretas.

Nora empieza a inventarse reuniones fuera de la oficina para dejarnos diez minutos a solas, con una sutileza que ronda el cero absoluto.

Dani, por su parte, exige informes diarios detallados por mensaje, con emojis de exigencia incluidos.

Una noche termino en su piso, cerca de la Sagrada Família, después de una cena que en teoría era solo para hablar de un pitch nuevo.

Es bonito, el piso, con techos altos y ventanales que dejan entrar la luz de las farolas de la calle.

Y vacío.

No vacío de muebles, que los tiene todos, elegidos con un gusto evidente y sobrio.

Vacío de accidentes, de esa capa de vida desordenada que acumulan las casas habitadas de verdad.

Todo está exactamente donde debería estar, sin ninguna excepción.

No hay fotos pegadas en la nevera. No hay libros abiertos boca abajo sobre ninguna mesa.

No hay una chaqueta olvidada sobre el respaldo de una silla.

—Tu casa parece un render de una revista de decoración —digo, dando una vuelta por el salón.

—Gracias.

—No era exactamente un cumplido.

Ceno allí, sentados en una mesa de comedor demasiado perfecta para el desorden habitual de mis cenas en Sants.

Después nos besamos en el sofá, despacio al principio, con una calma que va acelerándose poco a poco.

Y esta vez nadie pasa por ningún pasillo, nadie interrumpe, no hay ninguna puerta con vinilo esmerilado de por medio.

Cuando su mano entra bajo mi camiseta, mi cuerpo reacciona antes de que mi cabeza tenga tiempo de procesar nada. Luego mi cabeza llega, con retraso, arrastrando todas sus alarmas habituales.

Álex lo nota de inmediato, con esa atención suya que ya he aprendido a reconocer.

Se detiene, apoyando la frente contra la mía.

—¿Bien?

Asiento, sin fiarme del todo de mi propia voz en ese momento.

—Puedes decir que no en cualquier momento, ¿lo sabes?

—No quiero decir que no.

—También puedes decir simplemente más despacio, si es lo que necesitas.

Lo miro a los ojos, dejando que la respuesta salga sin filtros.

—Más despacio.

Y lo hace, exactamente eso.

No intenta demostrar nada, no convierte cada gesto en una especie de examen que superar. No convierte mi cuerpo en un territorio a conquistar. Me toca como si estuviera escuchando cada reacción mía con verdadera atención, ajustándose a lo que encuentra.

Cuando me quita la camiseta, despacio, sus ojos bajan un instante y vuelven enseguida a los míos, sin quedarse detenidos donde yo esperaba que se quedaran.

—No vas a decirlo —advierto, casi sin aliento.

—¿Qué exactamente?

—Nada sobre mis tetas. Ni un comentario.

Parpadea, sorprendido por la advertencia.

Después sonríe, una sonrisa lenta que le ilumina toda la cara.

—Estaba pensando, en realidad, que tienes un lunar precioso junto a la clavícula que no había visto antes.

—Mentiroso.

—También estaba pensando otras cosas, no voy a negarlo del todo.

Me río, un sonido que se rompe a media risa cuando su boca encuentra el lunar del que hablaba.

—Mi parte favorita de mi cuerpo es mi cerebro —digo, casi sin aliento, necesitando decirlo en voz alta una vez más.

Álex me besa la frente, con una ternura que contrasta con el resto de lo que está pasando entre nosotros.

—Lo sé. Lo sé perfectamente, Clara.

Y, por algún motivo que no consigo explicar del todo, esa frase termina de desarmarme por completo, más que cualquier otra cosa que hubiera podido decir.

Nos acostamos juntos esa noche, en su cama de sábanas demasiado perfectas, que en cuestión de minutos dejan de estarlo.

Sin prisa alguna. Con la torpeza justa y necesaria para que todo resulte real y no una escena ensayada.

Con risas intercaladas entre beso y beso.

Con preguntas susurradas —«¿esto?», «¿así?

», «¿te gusta?»— que él formula con una seriedad casi cómica, esperando siempre mi respuesta antes de continuar.

Con una pausa absurda a mitad de todo porque su codo golpea la lámpara de la mesilla y casi la tira al suelo, lo que nos hace reír a los dos con tanta fuerza que tenemos que detenernos un momento para recuperar el ritmo.

Cuando por fin estoy debajo de él, con su peso repartido con cuidado sobre mi cuerpo, sus manos sujetándome las caderas, sus ojos fijos en los míos como si no hubiera nada más en el mundo que mereciera su atención en ese instante, siento una oleada de deseo que no había sentido con nadie antes, una necesidad que va mucho más allá de lo físico aunque lo físico esté completamente presente también.

—Mírame —susurra, con la voz ronca, mientras se acomoda entre mis piernas.

Lo miro.

Entra en mí despacio, dándome tiempo, observando cada gesto de mi cara con una atención que resulta casi abrumadora. Se detiene un segundo, dejándome acostumbrarme, y yo aprieto los dedos contra su espalda para pedirle que continúe sin necesidad de palabras.

Se mueve despacio al principio, un ritmo pausado que va construyendo algo dentro de mí capa a capa, y yo dejo escapar un sonido que no reconozco como propio, algo entre un suspiro y un gemido que él recibe con una sonrisa satisfecha contra mi cuello.

—Álex.

—Aquí estoy.

Acelera poco a poco, guiado por mis propias reacciones, por la forma en que mis caderas empiezan a moverse al encuentro de las suyas, buscando más.

Una de sus manos baja hasta donde nuestros cuerpos se unen, sus dedos encontrando exactamente el punto que hace que todo mi cuerpo se arquee contra el suyo, y el sonido que sale de mi garganta ya no tiene nada de contenido.

—Así, exactamente así —murmura contra mi oído, sin dejar de moverse, sin dejar de tocarme—. Déjate ir, Clara.

Y lo hago, con una intensidad que me sorprende a mí misma, todo mi cuerpo tensándose y liberándose al mismo tiempo mientras digo su nombre de un modo que jamás lo había dicho antes.

Él me sigue segundos después, con la frente apoyada contra la mía, mi nombre saliendo de su boca como si fuera lo único que necesitara decir en ese momento.

Después, tumbados el uno junto al otro, con las sábanas revueltas y su brazo rodeándome contra su pecho, su respiración todavía irregular contra mi pelo, pienso que quizá confiar no consista en dejar de tener miedo del todo.

Quizá consista en quedarse a pesar del miedo, en elegir hacerlo de todos modos.

Y por primera vez en mucho tiempo, esa idea no me asusta tanto como debería.