Una becaria con muy malas ideas 17. Todos iguales
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17. Todos iguales

CLARA

BARCELONA. Esa misma noche y el lunes siguiente.

Hay una clase de rabia que no grita, que se queda dentro dando vueltas, buscando un sitio exacto donde clavarse.

No lloro.

Eso sería humillante por demasiados motivos distintos, empezando por el hecho de que técnicamente no tengo ningún derecho a llorar por esto.

Álex y yo no tenemos nada, formalmente hablando.

No nos hemos besado nunca.

No me ha prometido absolutamente nada.

Ni siquiera sé con certeza exacta cuándo terminó realmente con Laura, si fue limpio, si fue mutuo, si quedó algo pendiente entre los dos.

Así que cuando lo veo besando a otra mujer en una terraza llena de gente del sector, no tengo ningún derecho legítimo a sentirme traicionada por ello.

Mi cuerpo, sin embargo, no parece especialmente interesado en cuestiones de derechos legítimos ni en tecnicismos emocionales.

—¿Nos vamos? —pregunta Nora, que ha captado algo en mi cara aunque no sepa exactamente qué.

—No.

—Clara.

—No voy a irme de una fiesta porque mi jefe bese a alguien en la terraza. Sería ridículo.

Digo «mi jefe» con un énfasis que resulta casi cómico, como si repetir esa etiqueta pudiera arreglar algo, colocar de nuevo las cosas en su sitio correcto.

Bebo una cerveza más de la cuenta. Hablo con gente que apenas conozco de otras agencias. Me río demasiado fuerte de chistes que no tienen tanta gracia, consciente de que estoy actuando pero incapaz de parar.

Álex intenta acercarse dos veces a lo largo de la noche. Las dos veces desaparezco hacia otra conversación con una habilidad que no sabía que tenía para esquivar a alguien en un espacio tan reducido.

El lunes me espera junto a mi mesa, apoyado contra el borde con los brazos cruzados.

—Necesito hablar contigo.

—Tenemos reunión a las diez.

—No de trabajo.

—Entonces no necesito.

Nora, sentada dos mesas más allá, mira su pantalla con una concentración heroicamente falsa, fingiendo estar absorta en un archivo que probablemente ni siquiera tiene abierto de verdad.

Álex baja la voz, acercándose un paso.

—Era Marina.

Eso me detiene en seco, con las manos suspendidas sobre el teclado.

La ex prometida. El nombre de la lista que se ha ido completando en mi cabeza a lo largo de estas semanas sin que él supiera que yo estaba prestando tanta atención.

—Ah.

—Me besó ella a mí.

—No tienes que explicarme absolutamente nada.

—Ya lo sé que no tengo que hacerlo.

—Pues perfecto entonces.

—Clara.

Lo miro, finalmente, con toda la irritación acumulada durante el fin de semana concentrada en un solo gesto.

—¿Qué quieres que te diga exactamente? ¿Que me alegro por ti? ¿Que es muy romántico reencontrarte por sorpresa con la mujer que te rompió el corazón hace dos años?

—No fue romántico en absoluto.

—Pues desde donde yo estaba parecía bastante claro.

—No sentí nada, Clara. Nada de nada.

La frase me atraviesa de un modo que no esperaba, dejándome momentáneamente sin capacidad de respuesta.

Él continúa, sin darme tiempo a recomponerme del todo:

—Eso fue exactamente lo que pasó. Me besó y en ese instante descubrí que llevaba dos años enteros teniendo miedo de algo que ya no existía, que se había apagado sin que yo me diera cuenta.

—Bien por ti, entonces. Enhorabuena por el descubrimiento personal.

—No estoy intentando justificarme delante de ti.

—Entonces deja de hacerlo, porque suena exactamente a eso.

Me levanto con el portátil bajo el brazo, dispuesta a terminar la conversación ahí mismo.

Álex me agarra suavemente de la muñeca, un roce breve que suelta de inmediato, como si se hubiera arrepentido nada más hacerlo.

—¿Por qué te importa tanto esto?

La pregunta es profundamente injusta porque conoce perfectamente la respuesta, la misma que yo llevo semanas evitando pronunciar en voz alta.

—No me importa.

—Mientes fatal, Clara. Siempre lo has hecho fatal.

—Y tú eliges fatal el momento para ponerte creativo con las preguntas.

Me marcho hacia el baño sin darle tiempo a responder nada más.

Una vez dentro, cierro una puerta con pestillo y apoyo la frente contra ella, respirando hondo varias veces hasta que el pulso se me calma un poco.

Dani tenía razón, como casi siempre.

Estoy jodida, completamente jodida, y sin ninguna esperanza inmediata de solución.