Una becaria con muy malas ideas 16. Marina
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16. Marina

ÁLEX

FIESTA DE ANUNCIOS. Jueves, once y media de la noche.

Las fiestas del sector tienen siempre la misma luz, esa luz artificial de terraza que hace que todo el mundo parezca diez años más joven y bastante más interesante de lo que es.

Marina reaparece un jueves a las once y media de la noche, exactamente cuando había dejado de esperarla, que es como suelen reaparecer las cosas importantes: sin avisar, cuando ya has bajado completamente la guardia.

No en mi casa, afortunadamente, ni en ningún lugar que compartiéramos antes.

En una fiesta de la revista Anuncios después de una entrega de premios del sector, uno de esos eventos anuales donde todo el mundo conoce a todo el mundo desde hace demasiados años.

La veo al otro lado de una terraza llena de gente hablando de casos de éxito y presupuestos de medios, y durante unos segundos vuelvo a tener treinta años, un traje de boda ya elegido y colgado en el armario, y la sensación física, casi vertiginosa, de que alguien acaba de retirar el suelo bajo mis pies sin avisar.

Ella también me ve.

Se acerca, atravesando la terraza con la misma manera de caminar de siempre, esa seguridad tranquila que en su día me pareció una de las cosas más atractivas de ella.

—Hola.

—Hola.

Dos años caben en una palabra ridículamente pequeña, insuficiente para todo lo que representa.

Marina está casi igual, con el pelo algo más corto de como lo recordaba. La misma manera de tocarse el anillo del dedo índice cuando está nerviosa, un gesto que reconozco al instante aunque hayan pasado tantos meses sin verla.

Hablamos.

Primero de trabajo, con la formalidad educada de dos conocidos del sector. Después de nuestras respectivas familias, de una tía suya que se jubiló, de mis padres que siguen exactamente igual. Finalmente, inevitablemente, de lo que ninguno de los dos había mencionado hasta entonces.

—Lo siento —dice, mirándome directamente a los ojos por primera vez desde que empezó la conversación.

He imaginado esa frase cientos de veces durante estos dos años, en distintas versiones, con distintos tonos, algunas veces gritada, otras susurrada.

En ninguna de mis versiones sonaba tan pequeña, tan desprovista de todo el peso que yo le había otorgado en mi cabeza durante tanto tiempo.

—Ya.

—No salió bien.

Sé exactamente a qué se refiere. Al hombre por el que se marchó, del que en su momento no supe casi nada y del que ahora tampoco pregunto.

No siento satisfacción alguna al escucharlo.

Eso me sorprende bastante, más de lo que esperaba.

Bebo más de lo que debería a lo largo de la noche.

Ella también, a juzgar por las copas vacías que se van acumulando entre los dos.

A la una de la madrugada estamos fuera, apoyados contra una pared de piedra, hablando de un viaje a Berlín que hicimos cuando teníamos veinticuatro años, riéndonos de un malentendido con el idioma que en su día casi provoca una discusión seria.

Marina se ríe, con esa risa que tan bien conocía.

Me toca la cara, con la mano fría por el frío nocturno.

Y me besa.

Durante una fracción de segundo respondo, con una inercia que no me esperaba de mí mismo.

Quizá por pura memoria muscular.

Quizá por el alcohol.

Quizá porque llevo dos años preguntándome, sin admitirlo del todo, qué ocurriría si ese momento exacto llegara a producirse.

Después me aparto, con una claridad repentina que corta de golpe cualquier inercia anterior.

La miro.

Nada.

No siento rabia.

No siento amor.

No siento ningún deseo de recuperar nada de lo que tuvimos.

Nada en absoluto, un vacío tan completo que resulta casi incómodo de constatar.

Y es devastador, precisamente por eso.

Porque comprendo, en ese preciso instante, que he organizado dos años enteros de mi vida alrededor de una puerta que en realidad ya no quería volver a abrir, que llevaba tiempo cerrada sin que yo me hubiera dado cuenta.

—No puedo —digo.

Marina asiente, sin sorpresa aparente, como si ya lo supiera antes de que yo mismo lo dijera en voz alta.

—Hay alguien.

Pienso en Clara antes de poder impedirlo, su nombre apareciendo en mi cabeza con una nitidez que me sobresalta.

—No.

—Pero hay alguien.

No respondo, incapaz de encontrar una frase que desmienta lo evidente.

Entonces miro hacia la entrada de la terraza, casi sin querer, y la veo.

Clara está allí.

Con Nora, las dos recién llegadas, buscando probablemente algún sitio libre en la barra.

Mirándome.

La expresión de su cara dura solo un segundo, un segundo muy concreto que veo con toda claridad incluso desde la distancia, antes de desaparecer bajo una máscara neutra.

Después se da la vuelta y entra en el interior del local, con Nora siguiéndola sin entender del todo qué acaba de pasar.

Y entiendo, con una precisión casi cruel, que acabo de descubrir que ya no amo a Marina exactamente en el instante menos útil posible de toda mi vida.