15. Cobarde
ÁLEX
BARCELONA. Días después.
El arrepentimiento tiene un sonido concreto en mi cabeza, parecido al de una notificación que no dejas de mirar aunque ya sepas lo que dice.
Debería haber dicho algo.
Lo sé en el momento exacto en que Sergio hace el comentario, con esa claridad instantánea que a veces llega demasiado tarde para servir de nada.
Lo sé cuando veo a Clara quedarse inmóvil medio segundo, esa pausa mínima que solo alguien que la ha estado observando con demasiada atención habría notado.
Lo sé durante el trayecto de vuelta en el taxi, mirando por la ventanilla sin ver realmente el paisaje urbano que pasa de largo.
Y lo sé especialmente cuando ella, a partir de ese día, deja de hablarme salvo para cuestiones estrictamente de trabajo, contestando mis mensajes con monosílabos eficientes que no dejan ninguna rendija abierta.
Mi excusa, la que me repito a mí mismo en la ducha, en el metro, en cualquier momento libre que mi cabeza aprovecha para reprocharme cosas, es que Sergio siempre ha sido así, que llevaba años siéndolo antes de que Clara llegara a la agencia.
Que ella se defendió sola, y bien, con una réplica que dejó a todo el equipo callado.
Que montar una escena en mitad de un rodaje de medio millón de euros, delante del cliente, no habría ayudado en nada a nadie.
Todas esas razones son ciertas.
Ninguna de ellas sirve de consuelo real.
El viernes la encuentro sola en la sala de montaje, revisando planos con los auriculares puestos, sin haberme oído entrar.
—¿Estás enfadada conmigo?
Se quita un auricular, sin sobresaltarse.
—No.
—Eso ya lo hemos hecho antes, la parte de fingir que no pasa nada.
Sigue mirando la pantalla, sin darse la vuelta del todo hacia mí.
—No necesito que me defiendas de nadie, Álex. Sé defenderme sola. Llevo toda la vida haciéndolo.
—No he dicho que…
—Precisamente por eso me molesta más. Porque no lo dijiste. Te quedaste callado, y ese silencio dijo bastante.
Me siento a su lado, en la silla vacía, dejando un espacio prudente entre los dos.
—Tienes razón.
Ahora sí me mira, sorprendida por la falta de resistencia en mi respuesta.
—¿Ya está? ¿No vas a defenderte?
—¿Quieres que discuta contigo?
—Un poco, sí. Me había preparado mentalmente varias frases muy buenas.
—Vale, entonces intentémoslo. Sergio es mi jefe directo.
Estábamos en un rodaje de medio millón de euros con el cliente delante.
Tú le contestaste perfectamente, sin necesitar ayuda de nadie.
Pensé que intervenir podía convertirte, a ojos de todos, en alguien que necesitaba que yo hablara por ella en lugar de reconocer que tú sola lo habías resuelto mejor de lo que yo lo habría hecho.
—Eso tiene sentido, la verdad.
—Y además fui un cobarde. Las dos cosas.
Clara parpadea, sin esperar esa última frase.
—Ah.
—Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. No son excluyentes.
Se le escapa una sonrisa pequeña, casi contra su voluntad.
—Odio cuando haces eso.
—¿Qué cosa?
—Ser razonable justo después de que haya preparado mentalmente toda una discusión con argumentos y contraargumentos.
—Puedes usarla igualmente, si quieres. No voy a impedírtelo.
—No sería lo mismo si tú ya estás de acuerdo conmigo desde el principio.
Nos quedamos en silencio un momento, un silencio distinto a los anteriores, más cómodo.
—No volverá a pasar —digo, con más seriedad de la que había empleado hasta entonces.
—¿Qué cosa exactamente?
—Que me calle porque es la opción más cómoda en el momento.
Ella baja la mirada hacia el teclado, jugueteando con el ratón sin necesidad.
No sé si me cree del todo.
Yo tampoco sé todavía cuánto va a costarme cumplir esa promesa la próxima vez que se presente la ocasión.