Una becaria con muy malas ideas 14. El rodaje
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14. El rodaje

CLARA

PLATÓ DE AUREA. Catorce horas de rodaje.

Los cables cubren el suelo del set como una maraña de venas negras, y todo el mundo camina sobre ellos con el mismo cuidado con que se camina sobre hielo fino.

El shooting de Aurea dura catorce horas y consigue que me duelan músculos cuya existencia desconocía por completo hasta ese preciso día.

Es mi primer rodaje grande, con todo lo que eso implica: generadores eléctricos zumbando en la calle, un camión de producción del tamaño de un piso, y suficiente cinta americana como para envolver un edificio entero.

Intento fingir que no estoy emocionada, adoptando una expresión de profesionalidad tranquila que había ensayado mentalmente durante el trayecto en metro.

Fracaso otra vez, como fracasé el primer día con la impresora, incapaz de disimular el brillo en los ojos cada vez que algo nuevo ocurre delante de mí.

Hay seis modelos repartidas por distintos rincones del set, dos fotógrafos discutiendo sobre el ángulo de una luz, un equipo de vídeo completo con grúa y todo, estilismo, maquillaje —irónico, dado el producto que estamos vendiendo—, producción coordinando cada movimiento con walkies-talkies, el cliente observando desde un rincón con gesto expectante, la agencia entera desplegada, y suficientes cables por el suelo como para alimentar eléctricamente una ciudad pequeña.

Teresa llega a media mañana, vestida de un modo mucho más informal del que la había visto hasta ahora, y me saluda por mi nombre nada más entrar.

—¿Sigues aquí?

—De momento no me han echado.

—Será porque haces falta.

Álex oye la frase desde donde está de pie, revisando algo en un monitor.

No dice nada, pero sonríe, una sonrisa breve que capto de reojo y que me acompaña el resto de la mañana.

A las cuatro surge el desastre, ese momento inevitable que todo rodaje parece tener reservado en algún punto del día: una de las ejecuciones principales no funciona en absoluto.

La modelo elegida está demasiado consciente de la cámara, cada gesto calculado, cada sonrisa impostada.

Todo lo que sale en el monitor parece una campaña de maquillaje absolutamente convencional, exactamente lo contrario de la idea que llevamos semanas defendiendo.

El fotógrafo, un hombre de gestos bruscos y paciencia limitada, insiste en que necesita más dirección desde el otro lado de la cámara.

Álex se queda mirando el monitor en silencio, con esa quietud suya que ya reconozco como preludio de algo.

—Que deje de posar —digo, sin pensarlo del todo, la frase saliendo antes de que pueda medir si tengo autoridad suficiente para decirla en voz alta delante de todo el equipo.

—Lo estamos intentando —responde alguien de producción, con cierta impaciencia.

—No. Que dejemos de hacer la foto directamente.

Todos me miran, un giro colectivo de cabezas que casi me hace arrepentirme de haber hablado.

Trago saliva, pero continúo, porque ya no hay marcha atrás.

—Que pongan música de verdad, no la de ambiente que tenemos puesta. Que las chicas hablen entre ellas, que coman algo, que se olviden completamente de que estamos aquí. Y disparamos mientras tanto, sin avisar, sin contar atrás.

Álex tarda medio segundo, un segundo que se me hace eterno.

—Hacedlo.

Durante veinte minutos nadie pide una pose concreta. El fotógrafo se retira a un lateral, casi escondido, disparando desde lejos con un teleobjetivo.

Las modelos empiezan a reír de verdad, contagiadas unas de otras. Una baila sin ninguna coreografía, solo porque le apetece. Otra se mancha el labio con chocolate de un cruasán que alguien ha traído del catering y suelta una carcajada al darse cuenta.

En el monitor aparece, por fin, exactamente la campaña que imaginamos aquella madrugada de hace meses, en una sala vacía, sin nadie más que un equipo agotado y una idea que se negaba a morir.

Teresa me aprieta el brazo, sin decir nada al principio, con los ojos fijos en la pantalla.

—Eso era. Exactamente eso.

Me siento diez centímetros más alta, aunque físicamente sigo midiendo lo mismo de siempre.

Después Sergio llega al set, con retraso, como suele ser habitual en él. Saluda a todo el mundo con esa cordialidad de quien sabe que el ambiente ya está resuelto, mira el monitor un momento y felicita a Álex directamente.

—Muy bien, chaval.

—La solución ha sido de Clara.

Sergio me mira, evaluándome con una expresión que no consigo interpretar del todo.

—Nuestra becaria estrella. Cada día me sorprendes más.

Sonríe, con una calidez que parece genuina.

Luego, mientras una de las modelos pasa delante de nosotros camino del catering, comenta, sin bajar demasiado la voz:

—Aunque con este casting cualquiera vende pintalabios, seamos sinceros. A la gente le gusta mucho el empoderamiento hasta que aparece un buen culo en pantalla.

Nadie responde, un silencio incómodo instalándose entre el grupo.

Yo sí.

—Menos mal que el producto va en la cara, entonces. Así que el culo, en este caso, es irrelevante para la venta.

Nora tose para esconder una risa que no consigue disimular del todo.

Sergio me mira, divertido, con una ceja levantada.

—También tenemos buena delantera en el equipo creativo, por lo que veo.

Sé exactamente a qué se refiere.

Lo sé por dónde mira mientras lo dice, un vistazo rápido que no necesita más explicación.

Álex está a mi lado, con la mandíbula tensa.

No dice nada.

Sergio se marcha hacia el catering, silbando algo, ajeno por completo a lo que acaba de dejar tras de sí.

Yo sigo trabajando, revisando el siguiente plano del guion gráfico, fingiendo que la frase no me ha afectado.

Pero algo pequeño se rompe dentro de mí, una fisura minúscula que no había estado ahí hace un minuto.