13. Cena para seis
ÁLEX
SANTS. Esa misma semana.
El piso de Clara suena antes incluso de que se abra la puerta: voces superpuestas, un grifo abierto, una risa que no es la suya.
Acabo cenando en casa de Clara porque una modelo se intoxica con marisco en mal estado, y en mi defensa debo decir que esa frase tiene sentido perfecto en el contexto de la publicidad, aunque suene absurda en cualquier otro.
Estamos revisando el casting final para el shooting cuando producción avisa de que la protagonista prevista está en urgencias del Clínic con una intoxicación alimentaria.
Clara tiene en su casa unas muestras de producto —tonos de labial que necesitamos comparar bajo luz natural antes de la prueba de mañana— y se ofrece a bajarlas.
—Sube cinco minutos —dice por el telefonillo, con la voz distorsionada por el aparato—. No encuentro la caja, está enterrada en algún sitio de mi habitación.
Cinco minutos se convierten en dos horas.
Su piso es exactamente como lo imaginaba y completamente distinto a la vez.
Zapatillas amontonadas en la entrada, de distintos tamaños y colores, cinco pares al menos.
Cinco tazas diferentes acumuladas en el fregadero de la cocina, cada una con un dibujo distinto.
Una nota pegada en la puerta de la nevera, escrita con rotulador grueso, que dice «QUIEN ACABE EL PAPEL HIGIÉNICO LO REPONE O MUERE», subrayado dos veces para que quede clara la gravedad del asunto.
Clara aparece con una camiseta enorme, claramente de otra persona, y el pelo recogido de cualquier manera en un moño improvisado.
—No mires.
—¿Qué?
—La casa. Está hecha un desastre.
—Demasiado tarde. Ya lo he visto todo. Incluida la amenaza de muerte del papel higiénico.
Entonces aparecen sus compañeras, atraídas por las voces desconocidas, una detrás de otra como en un desfile improvisado.
Y Dani.
Dani me examina de arriba abajo con la seriedad de un funcionario ante un candidato a una oposición pública, sin ninguna prisa por disimular el escrutinio.
—Así que tú eres Álex.
—Depende de lo que te haya contado ella.
—Todo mentira —dice Clara, demasiado rápido.
—Entonces sí, soy yo.
La caja de muestras está debajo de una cama, entre pelusas y una caja de zapatos vacía, y cuando por fin la encontramos, alguien ha pedido demasiada comida china para toda la casa. Me invitan a quedarme. Debería marcharme, tengo trabajo pendiente y una reunión temprano al día siguiente.
Me quedo.
Es una de las noches más divertidas que recuerdo en meses, quizá en años, sentado en el suelo de un salón ajeno comiendo de cartones de cartón con gente que hace tres horas no conocía.
Las compañeras de Clara discuten con vehemencia sobre un vecino que roba paquetes del rellano, aportando cada una una teoría distinta sobre su identidad basada en pruebas circunstanciales dudosas.
Dani me pregunta, con total seriedad, si todos los directores creativos nacen ya con camisa azul remangada o si es un uniforme que se adquiere después del ascenso.
Clara cuenta la historia de la impresora exagerándola hasta convertirla en una intervención heroica de proporciones cinematográficas.
—Le salvó la vida a un A3 —dice, gesticulando como si estuviera narrando un rescate en alta mar.
—No todos los héroes llevan capa —respondo—. Algunos llevamos manual de instrucciones de impresora memorizado.
Clara me mira.
Esa mirada dura un poco demasiado, un segundo de más que ninguno de los dos rompe.
Más tarde la ayudo a recoger los platos y los cartones vacíos, mientras el resto sigue en el salón discutiendo sobre una serie que nadie más ha visto.
—No sabía que eras así —dice, apilando cartones en la encimera.
—¿Así cómo?
—Normal. Divertido. Capaz de hacer un chiste sin que suene a evaluación de desempeño.
—Gracias, supongo.
—Ya me entiendes.
—Tú tampoco eres igual aquí que en la agencia.
—¿Cómo soy en la agencia?
Podría decir muchas cosas en ese momento, y las pienso todas a la vez en el espacio de un segundo.
Guapa, de un modo que hace que la gente pierda el hilo de lo que estaba diciendo.
Brillante, sobre todo cuando se olvida de tener miedo, cuando deja de calcular cada palabra antes de decirla.
Demasiado pendiente de demostrar que merece cada centímetro de espacio que ocupa, como si tuviera que pagar una deuda invisible por estar donde está.
—Más tensa —digo, en cambio, optando por la versión más segura.
—Porque allí todo el mundo sabe más que yo.
—No todo el mundo.
—Tú sí.
—Llevo ocho años más equivocándome que tú. Eso no es lo mismo que saber más, aunque a veces lo parezca desde fuera.
Sonríe, apoyada contra la encimera con los brazos cruzados.
—Eso ha sonado casi humilde.
—No se lo cuentes a nadie de la oficina, por favor. Perdería toda mi autoridad de un plumazo.
Dani aparece en la puerta de la cocina en ese momento, con una expresión que no intenta disimular en absoluto.
—Clara, ¿me ayudas con una cosa?
No necesita ayuda con nada.
Lo sé porque me mira a mí mientras lo dice, sosteniéndome la mirada con una firmeza que no deja lugar a dudas sobre el mensaje que quiere transmitir.
Cuando por fin me marcho, pasada la medianoche, él baja conmigo hasta el portal, en un gesto que no había pedido y que sospecho tiene un propósito muy específico.
—No sé si tienes novia —dice, ya en la calle, con las manos en los bolsillos.
—Ya no.
—Bien.
—¿Esto es una amenaza velada?
—Información, simplemente. Clara ha pasado años creyendo que cuando un hombre la mira solo ve una cosa, la misma de siempre. Si vas a mirarla tú también, procura ver algo más que eso.
Las puertas del ascensor se cierran detrás de él antes de que pueda responder nada.
Me quedo solo en el portal, bajo la luz amarillenta de una farola que parpadea cada pocos segundos.
Pienso que el problema, en realidad, es precisamente ese.
Veo demasiado.
Llevo semanas viendo demasiado.