12. Lo que no se cuenta
CLARA
VERDAGUER. Un mes después.
El restaurante tiene seis mesas y un dueño que nos mira como si ya supiera cómo va a terminar la noche.
Un mes después estamos cenando solos por accidente, uno de esos accidentes que en publicidad suelen estar cuidadosamente planificados por alguien de cuentas sin que nadie lo admita jamás en voz alta.
Alicia ha convocado una reunión con producción a las ocho para revisar el timing final del shooting.
Producción cancela a las ocho y diez, alegando un problema con un proveedor de última hora.
Nora tiene entradas para un concierto que compró hace meses y no piensa perderse por nada del mundo.
Marcos se marcha porque su hijo tiene fiebre y su mujer trabaja de noche esa semana.
Yo recojo el portátil, dispuesta a irme a casa a comer cualquier cosa delante de una serie.
—Me voy.
—¿Has cenado? —pregunta Álex, sin levantar la vista de la pantalla.
—No.
—Yo tampoco.
Quince minutos después estamos en un restaurante diminuto cerca de Verdaguer, de esos con seis mesas y un dueño que conoce a todos los clientes por su nombre.
No es una cita. Me lo repito tres veces mientras nos sentamos, lo cual probablemente demuestra que mi cerebro opina exactamente lo contrario y no está dispuesto a que lo convenza de otra cosa.
Hablamos de trabajo hasta que llega la comida, repasando detalles del shooting con esa comodidad que ya hemos desarrollado sin darnos cuenta.
Después hablamos de cualquier cosa.
De la universidad. De películas que ninguno de los dos ha vuelto a ver desde que las vio la primera vez pero que ambos citamos de memoria.
De por qué los festivales de publicidad son básicamente una secta con sus propios rituales y sus propios dioses menores.
De mi piso con cuatro chicas y un baño que funciona por turnos.
—Cinco personas y un baño —dice, apoyando el tenedor un momento—. Eso viola algún convenio internacional de derechos humanos, estoy convencido.
—Nos ha hecho fuertes. Somos supervivientes.
—O inmunes a cualquier concepto de dignidad personal.
Me río, con más ganas de las que pretendía mostrar.
—¿Y tú? ¿Siempre has vivido solo?
Su expresión cambia apenas, un pequeño ajuste casi imperceptible en la mandíbula.
—No.
No pregunto más, pero él continúa de todos modos, dándole vueltas al vaso de vino.
—Vivía con mi ex. Íbamos a casarnos.
—Ah.
—Hace dos años.
Me cuenta lo esencial, sin dramatismo, con la voz de quien ha contado esa historia lo suficiente como para haberle limado los bordes más afilados.
Siete años juntos. Un piso en la calle Aribau que todavía a veces sueña, dice, aunque hace tiempo que no vive allí.
Otra persona. Boda cancelada tres meses antes de la fecha.
—Lo siento.
—Yo también lo sentí bastante tiempo. Ahora ya no tanto.
—¿Y ahora?
Mueve el vaso, haciendo girar el vino sin beberlo.
—No sé. Sigo intentando averiguarlo, si te soy sincero.
Hay algo en esa respuesta que me desarma más de lo que debería, quizá porque por primera vez no parece el hombre que siempre sabe qué decir, el que tiene una respuesta lista para cada pregunta de un cliente.
—Mi ex me engañó —digo, sin haber planeado decirlo, la frase saliendo antes de que pueda pensarla del todo.
Álex levanta la mirada del vaso.
—¿El de los dieciocho?
—¿Cómo sabes que…?
—Lo mencionaste una vez, en la cocina, aquella noche de Aurea. De pasada. No pensé que fueras a acordarte de haberlo dicho.
No recordaba que escuchara tanto, que guardara los detalles sueltos que yo misma dejaba caer sin importancia aparente.
Le cuento la lista, algo que nunca cuento completo a nadie salvo a Dani. A él sí, sin planearlo, con una facilidad que me sorprende a mí misma mientras las palabras van saliendo.
—Había nombres —digo—. Muchos. Y fechas junto a cada uno. Busqué el mío pensando que al menos sería la última persona con la que había estado antes de que empezáramos a salir en serio. Ni siquiera era la última.
Álex no dice «qué cabrón», esa frase automática que todo el mundo suelta para quedar bien sin comprometerse a nada más.
No dice «no todos los hombres somos iguales», esa otra frase que a esas alturas ya me suena a excusa preventiva.
No intenta arreglarlo, no ofrece ninguna solución ni ningún consuelo barato.
—Eso tuvo que doler mucho.
Asiento, sorprendida de lo aliviada que me siento de que no haya intentado hacer nada más que reconocerlo.
—Lo peor es que luego te vuelves una especie de detective sin querer.
Y yo no quiero ser esa persona. No quiero mirar móviles ni interpretar silencios ni preguntarme dónde está alguien a las once de la noche.
Así que es más fácil no llegar hasta ahí, no dejar que nadie tenga la oportunidad de hacerme sospechar de nada.
—Sí.
—¿Sí?
—Es más fácil. Yo también lo hago, a mi manera. Elijo relaciones donde no hay nada que perder demasiado grande, y así nunca tengo que jugar a ser detective.
Nos miramos un momento, algo cargado en el aire entre los dos.
Sé que estamos hablando de cosas distintas.
Sé también que no lo estamos, que en el fondo es exactamente la misma conversación disfrazada con dos historias diferentes.
Cuando salimos, llueve, una llovizna fina que nos coge por sorpresa a pesar de que el cielo llevaba toda la tarde amenazando.
Compartimos su paraguas hasta el metro, caminando más despacio de lo estrictamente necesario, con los hombros casi rozándose bajo la tela negra.
En la entrada del metro me aparta un mechón mojado de la cara, con un gesto tan natural que parece que llevara haciéndolo toda la vida.
Su mano se queda a dos centímetros de mi piel, suspendida en el aire un instante que se alarga mucho más de lo que debería.
Yo dejo de respirar, literalmente, con el corazón latiéndome en los oídos.
Él la baja, sin llegar a tocarme del todo, con una contención que me deja con una sensación extraña, mezcla de alivio y de decepción.
—Buenas noches, Clara.
—Buenas noches.
Bajo las escaleras del metro sin mirar atrás, decidida a mantener al menos esa pequeña victoria de dignidad.
Miento.
Miro atrás.
Él sigue allí, de pie bajo la lluvia, con el paraguas cerrado y olvidado en la mano, mirando exactamente hacia donde yo estoy mirando.