Una becaria con muy malas ideas 11. Tiene novia
33%

11. Tiene novia

CLARA

BARCELONA. Terraza del Eixample. Viernes.

Las terrazas de after-work tienen un ruido particular, hecho de risas prestadas y de conversaciones que nadie termina de escuchar del todo.

Descubro que Álex tiene novia en el peor momento posible: justo cuando empiezo a desear, contra todo criterio profesional y todo sentido común acumulado en veinticuatro años de vida, que no la tenga.

Estamos en un afterwork por el cierre de preproducción de Aurea.

Nada oficial, ninguna reserva de sala de eventos ni presupuesto de cuentas de por medio.

Solo cervezas en una terraza del Eixample, veinte personas de la agencia repartidas entre mesas altas, conversaciones que se cruzan y se mezclan hasta formar un único ruido de fondo agradable.

Álex llega tarde, con la chaqueta colgada del hombro y la corbata ya deshecha desde antes de salir de la oficina, y durante una hora entera me olvido por completo de que es mi jefe.

Cuenta una historia sobre un rodaje con una cabra que se escapó del set y destruyó medio decorado de una campaña de yogures, persiguiendo a un realizador argentino por todo el plató mientras el equipo entero grababa la persecución en sus móviles en lugar de ayudar.

Imita al realizador con un acento tan exagerado que Nora tiene que dejar la cerveza en la mesa para no derramarla de la risa.

Se ríe él mismo al contarlo, algo que en la oficina jamás le había visto hacer con tanta naturalidad.

Me hace reír a mí también, hasta el punto de que me duele un poco el estómago.

—¿Ves? —me susurra Nora, acercándose lo suficiente para que solo yo la oiga—. Existe.

—¿Quién?

—El ser humano que vive dentro del director creativo. Se le ve muy poco, es casi una especie protegida, pero existe.

Entonces una mujer se acerca a nuestra mesa, atravesando la terraza con paso tranquilo, y le toca el hombro a Álex desde atrás.

—Hola.

Álex se levanta de la silla en el acto, con un gesto reflejo que ya me dice todo lo que necesito saber antes de que digan una sola palabra más.

La besa en la mejilla y después, brevemente, en los labios.

No es un beso largo.

No hace falta que lo sea.

—Laura —dice, señalándola con la mano—. Clara, Nora, Marcos. Laura.

Novia.

La palabra no llega a pronunciarse en voz alta por nadie, pero ocupa toda la terraza igualmente, flotando entre las mesas como el humo de los cigarrillos de la mesa de al lado.

Laura es guapa, elegante y tremendamente agradable desde el primer segundo, con una sonrisa que no parece calculada ni forzada.

Eso me molesta más de lo razonable, más de lo que estoy dispuesta a reconocer ni siquiera para mis adentros.

Si fuera horrible, si tuviera algún defecto visible al que agarrarme, podría odiarla con tranquilidad, sin cargo de conciencia.

Pero es simplemente encantadora, y eso no me deja ningún sitio limpio donde colocar mi incomodidad.

—He oído hablar de Aurea —dice, sentándose en la silla que Álex le acerca—. Enhorabuena a todo el equipo.

—Gracias —respondo, con una sonrisa que espero que resulte natural.

Álex me mira un instante, quizá calibrando mi reacción, quizá buscando algo que yo no estoy dispuesta a mostrarle.

Yo sonrío demasiado, de un modo que a mí misma me suena falso.

Durante el resto de la noche lo trato como lo que oficialmente es: mi director creativo, nada más, nada menos.

Le pregunto por el timing de una entrega.

Comento un detalle técnico sobre un banner.

Me río de los chistes de Marcos con un entusiasmo que roza lo excesivo, cualquier cosa con tal de no mirar hacia la mesa donde Laura y Álex hablan en voz baja, cabeza contra cabeza.

Al día siguiente lo trato igual.

Y al siguiente también, con la disciplina de quien ha decidido que una cosa no puede doler si finges con la suficiente convicción que no existe.

—¿He hecho algo? —me pregunta finalmente en la cocina, el jueves, mientras espero a que se haga un café que no necesito realmente.

—No.

—Antes me insultabas más. Ahora solo me hablas de timings y de banners.

—Estoy madurando profesionalmente.

—Qué pena. Me gustaba más la otra versión.

Me obliga a sonreír, contra mi voluntad, con esa facilidad suya para desarmarme en una sola frase.

Lo odio un poco por conseguirlo, con ese odio ya familiar que empiezo a reconocer como una variante particular del interés.

Esa noche Dani escucha mi historia por teléfono, tumbada yo en la cama con el móvil apoyado en la almohada y el altavoz puesto.

—Entonces estás celosa.

—No.

—Clara.

—Me molesta no saberlo, eso es todo. Me molesta enterarme así, en directo, delante de veinte personas.

—¿Por qué tendría que habértelo contado? No sois nada. Sois compañeros de trabajo que a veces se quedan hasta las cinco de la mañana redactando eslóganes sobre maquillaje.

—Exacto. Por eso me molesta que me moleste tanto, porque no tengo ningún derecho a que me moleste.

—Eso, cariño, se llama estar jodida. Es un diagnóstico muy preciso, deberías anotarlo.

—Gracias, Freud. Muy útil tu aportación clínica.

Cuelgo, sin darle tiempo a añadir nada más.

Miro el chat de Álex, esa conversación tan usada que ya tiene su propio ritmo, su propia gramática privada hecha de correcciones de copy y bromas sueltas. El último mensaje es una corrección enviada a las 23:14, sin ninguna intención más allá de la puramente laboral.

No respondo.

A las 23:26 aparece otro mensaje, la burbuja apareciendo en la pantalla con esa lentitud angustiosa de quien está escribiendo y borrando varias veces antes de enviar.

¿Seguro que no he hecho nada?

Escribo tres respuestas distintas.

Borro las tres, cada una más reveladora que la anterior.

Finalmente pongo, después de mucho pensarlo:

Seguro. Buenas noches.

Tarda un minuto entero en responder, un minuto que cuento mentalmente segundo a segundo.

Buenas noches, Clara.

Duermo fatal, dando vueltas en la cama hasta las tantas, preguntándome por qué me importa tanto algo que, oficialmente, no debería importarme en absoluto.