Una becaria con muy malas ideas 10. Domingo en Sants
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10. Domingo en Sants

CLARA

SANTS. Domingo, sobremesa.

Los domingos en el piso huelen a detergente y a café recalentado, un olor que con los años he aprendido a asociar con la paz.

Los domingos en el piso de Sants tienen una liturgia propia que nadie ha escrito pero que todas seguimos religiosamente: desayuno tardío hasta las doce, colada colectiva en el patio interior que compartimos con el resto del edificio, y una sobremesa que se alarga hasta que alguien tiene que irse a algún sitio.

Este domingo en concreto, Bea ha decidido convertir la sobremesa en un consejo de guerra sobre mi vida amorosa, algo que ocurre con más frecuencia de la que me gustaría admitir.

—Entonces él rompió con la novia —dice, contando con los dedos como si estuviera resumiendo una serie— y tú no has dicho nada.

—Porque no hay nada que decir. Es mi jefe, indirectamente. Trabajamos juntos. Punto.

—Clara, llevas tres semanas contándonos anécdotas de la oficina que siempre, siempre, terminan con una frase suya.

—Porque es interesante lo que dice.

—Ya —dice Cris, sin levantar la vista de su libro de texto de Psicología Clínica—. Interesante. Esa es la palabra.

Mónica, que ha estado callada toda la conversación fingiendo estar concentrada en el crucigrama del periódico, levanta la cabeza de golpe.

—A ver, hipotéticamente. Si él te gustara. Que no digo que te guste. Hipotéticamente. ¿Qué harías?

—Nada. Es mi jefe.

—Eso ya lo has dicho tres veces. Suena a mantra.

—Porque es la verdad repetida tres veces.

Dani, que ha aparecido a media conversación con el desayuno de otra persona en la mano —tiene la habilidad de llegar siempre justo cuando algo interesante ha empezado a ocurrir, como si tuviera un radar—, se sienta en el brazo del sofá y me mira con esa expresión suya de quien ya lo sabe todo antes de que se lo cuenten.

—Yo creo que el problema no es el trabajo.

—¿Ah, no?

—No. Creo que el problema es Eric.

El nombre cae en la sala como un plato roto. Bea deja de reírse. Cris cierra el libro. Mónica baja el crucigrama.

—No metas a Eric en esto.

—Alguien tiene que hacerlo, Clara. Llevas seis años usándolo como excusa cada vez que un hombre te interesa de verdad.

—No es una excusa. Es una lección aprendida.

—Es un escudo. Y muy bonito, además, muy bien construido, con toda su lógica y sus razones perfectamente válidas. Pero sigue siendo un escudo.

Me quedo callada un momento, jugando con una miga de pan sobre la mesa.

—¿Y si tiene una lista, Dani? ¿Y si dentro de dos años encuentro otra lista y otra vez no estoy ni cerca del principio?

—Entonces lo sabrás entonces. Ahora mismo lo único que sabes es que un hombre te arregló una impresora y te dijo que tenías buena idea. Eso no es una lista. Eso es publicidad, que es tu campo, deberías reconocer la diferencia mejor que nadie.

Bea, Cris y Mónica asisten en silencio a este intercambio con la fascinación de un público de tenis, moviendo la cabeza de uno a otro.

—Odio cuando tienes razón.

—Lo sé. Por eso lo hago tan a menudo, para disfrutar de tu cara de fastidio.

Esa noche, ya en mi habitación, con las compañeras acostadas y la casa por fin en silencio, abro el chat con Álex sin ninguna razón concreta más que las ganas.

No escribo nada.

Simplemente miro la última conversación, una frase suelta sobre un timing de producción, tan anodina que roza lo ridículo que la haya vuelto a leer tres veces.

Cierro el móvil.

Lo vuelvo a abrir.

Escribo: ¿Sigues despierto?

Lo borro antes de enviarlo.

Me quedo mirando el techo un rato largo, pensando en Dani, en Eric, en una lista que probablemente nunca voy a olvidar del todo, y en la posibilidad remota, aterradora, de que esta vez sea distinto.

Me duermo sin haber decidido nada.