9. Laura
ÁLEX
BARCELONA. Esa misma noche.
La lluvia empieza justo cuando salimos del japonés, como si la ciudad entera se hubiera puesto de acuerdo con el guion de la noche.
No rompemos esa noche.
Eso habría sido demasiado limpio, demasiado eficiente para una relación que se ha caracterizado precisamente por su falta de aristas.
Hablamos.
Laura dice que estoy ausente, incluso cuando estoy físicamente en casa.
Yo digo que trabajo demasiado, la excusa universal, la que sirve para todo y no explica nada.
Ella dice que no es solo el trabajo, que hay algo distinto en cómo la miro últimamente, algo que no sabe nombrar pero que nota.
Yo no contesto porque mentir sería insultarla y decir la verdad exigiría entenderla primero yo mismo, algo que todavía no he conseguido hacer.
—No sé dónde estás cuando estás conmigo —dice, sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas sobre el regazo.
—Aquí.
—No.
La palabra cae sin dramatismo, sin lágrimas, con la misma tranquilidad calculada con la que Laura resuelve todo lo demás en su vida.
Dos semanas después cenamos en un japonés de Gràcia, uno pequeño al que solíamos ir en los primeros meses, y terminamos entre los platos a medio terminar y el sonido de fondo de otras conversaciones ajenas.
No hay gritos. Laura no me tira una copa a la cara, ni monta una escena, ni me pregunta directamente si hay otra mujer, aunque probablemente lo sospeche.
Eso casi lo empeora, esa dignidad suya que no me deja ni el consuelo de un final dramático.
—Creo que empezaste conmigo porque yo no podía hacerte daño —dice, mientras juega con los palillos sin comer nada más.
Levanto la vista del plato.
—No es justo decir eso.
—¿Es falso?
Pienso en Marina.
En el anillo que guardé durante meses en un cajón de la mesilla porque devolverlo me parecía admitir definitivamente que la boda no iba a celebrarse, que siete años se habían disuelto en una sola tarde.
En cómo conocí a Laura, tres meses después, en la fiesta de cumpleaños de un amigo común, y agradecí en secreto que todo con ella fuera fácil, adulto, tranquilo, sin ninguno de los precipicios que había tenido con Marina.
Seguro.
—No —digo, aunque la palabra me sale con menos convicción de la que pretendía.
Laura asiente, como si mi respuesta hubiera confirmado más que negado.
—Pues ya está.
La acompaño hasta un taxi en la puerta del restaurante, bajo una llovizna fina que ninguno de los dos menciona.
Me abraza antes de entrar en el coche, un abrazo largo, sin rencor.
—Algún día vas a tener que arriesgarte otra vez, Álex. De verdad, no a medias.
—No necesito una moraleja.
—Ya lo sé. Pero te la regalo de todos modos, gratis, como despedida.
Se marcha, y el taxi desaparece calle abajo entre las luces de los semáforos.
Camino hasta casa bajo la misma llovizna, sin prisa, dejando que el agua me empape un poco el pelo.
Paso frente a la Sagrada Família iluminada, con sus grúas todavía trabajando a esas horas de la noche en algún rincón invisible de la fachada, y pienso en escribirle a Clara.
No lo hago.
Precisamente porque ahora podría.