Una becaria con muy malas ideas 8. Volver a jugar
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8. Volver a jugar

ÁLEX

BARCELONA. Las semanas siguientes.

Hay un tipo concreto de silencio que se instala en una sala de reuniones cuando nadie tiene ninguna idea, y ese martes lo conocemos íntimamente.

Teresa convierte a Clara en un problema administrativo y en una solución creativa, dos cosas a la vez, como suele pasar con las mejores decisiones y las peores burocracias.

No puede figurar como responsable de nada porque sigue siendo becaria, y el departamento legal de la agencia es inflexible en ese punto.

Pero la clienta pregunta por ella en cada reunión, la menciona por su nombre en los correos, quiere su opinión específicamente.

Así que la incorporamos oficiosamente al equipo de Aurea con Marcos y Nora, bajo mi supervisión directa, en un organigrama que existe más en la práctica que en el papel.

Durante el primer mes comete errores.

Muchos.

Y eso, para mi propia sorpresa, me tranquiliza.

Si hubiera resultado brillante en todo desde el primer día habría empezado a parecer un personaje mal escrito, de esos que no tienen ninguna textura real.

No sabe calcular cuánto tarda producción en montar un shooting, y una vez propone una fecha que haría falta viajar en el tiempo para cumplir.

Se pierde en una reunión de costes hasta el punto de preguntar en voz alta qué es un «márgen de agencia», cosa que hace reír a media sala y sonrojarse a ella hasta las orejas.

Entrega una presentación con dos versiones distintas del mismo copy porque se le olvidó borrar una.

Una vez manda por error a Alicia un mensaje que debía enviar a Nora, con el corazón todavía acelerado por una reunión especialmente tensa: «Si vuelven a pedir “más premium pero más cercano” me tiro por la ventana».

Alicia, con esa flema suya que nunca falla, responde: «Planta 4. No morirías. Sigue trabajando».

Pero escribe.

Joder, cómo escribe.

Tiene una facilidad extraña para encontrar frases que parecen sencillas después de leerlas, ese tipo de sencillez que en realidad es lo más difícil de conseguir, la que solo llega después de haber tachado quince versiones peores.

Y sobre todo pregunta por qué. No acepta «el cliente lo quiere» como argumento creativo válido, cosa que exaspera a más de un cuentas pero que a mí, en secreto, me devuelve algo que llevaba tiempo sin sentir.

Todavía cree que cada decisión debería tener una razón.

Yo antes también lo creía.

Un martes estamos cuatro horas buscando el guion de una pieza digital para redes sociales. Todo lo que sale es correcto y muerto, técnicamente perfecto y absolutamente incapaz de emocionar a nadie.

—¿Y si dejamos de intentar vender el producto? —dice Clara, de repente, levantando la vista del portátil.

Marcos suspira, frotándose los ojos.

—A veces conviene vender el producto que nos paga el sueldo, Clara.

—No digo eso. Digo que estamos enseñando maquillaje todo el rato, primeros planos del producto, texturas, colores, cuando la idea entera va de olvidarte del maquillaje.

La miro, apoyando la barbilla en la mano.

—Sigue.

Se levanta de la silla y empieza a representar una escena absurda con Nora, improvisando dos personajes discutiendo sobre un pintalabios con una intensidad completamente desmedida.

Terminan riéndose las dos, incapaces de mantener la seriedad necesaria para completar la broma.

Marcos añade algo entre risas. Yo cambio otra cosa, aprovechando el momento de desbloqueo colectivo.

Veinte minutos después tenemos el guion completo, con un ritmo que no teníamos antes.

Y me doy cuenta de que llevo veinte minutos pasándolo bien, algo que no me ocurría en una sala de reuniones desde hacía más tiempo del que quiero admitir.

No satisfecho, esa sensación tibia y funcional que suelo tener al final de una jornada productiva.

No orgulloso, tampoco, ese otro sentimiento más frío y evaluativo.

Divirtiéndome, sin más, con la simpleza absoluta de esa palabra.

Clara se sienta frente a mí con las mejillas rojas de reír, todavía con restos de la carcajada en la voz.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—Estoy pensando.

—Eso dicen todos los hombres cuando los pillan mirando de una manera concreta.

Aparto los ojos, consciente de pronto de cuánto tiempo llevaba sosteniéndolos sobre ella.

Ella también aparta los suyos, un segundo después, con las mejillas todavía más rojas.

Por primera vez el aire cambia, de un modo que ninguno de los dos nombra pero que ambos notamos, como una bajada de presión antes de una tormenta.

Esa noche llego a casa y Laura está leyendo en el sofá, con la misma postura de siempre, la manta sobre las piernas, una taza de infusión enfriándose en la mesa.

La beso en la frente, un gesto automático, repetido cientos de veces.

Ella cierra el libro, marcando la página con cuidado.

—Álex, tenemos que hablar.

Y sé que lleva razón antes de que diga una sola palabra más, con esa certeza fría que se instala en el estómago cuando algo que llevas tiempo evitando finalmente te alcanza.