Una becaria con muy malas ideas 7. Una semana
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7. Una semana

CLARA

BARCELONA. Esa semana.

Los días de espera tienen una textura distinta a los demás, más densa, como si el tiempo se negara a fluir con normalidad.

La peor parte de un concurso no es presentar. Es esperar.

Durante siete días vuelvo a ser la becaria de los gatos, la que hace cosas pequeñas mientras el destino de una campaña que ha absorbido toda su energía se decide en algún despacho al que ella no tiene acceso.

Escribo banners para la aseguradora. Cambio un «descubre» por un «conoce».

Cambio «conoce» por «descubre» cuando el cliente decide, dos días después, que lo prefería como estaba al principio, sin explicar por qué.

Asisto a reuniones en las que nadie me pregunta nada, tomando notas que después nadie lee, incluida yo misma.

Y cada vez que Álex pasa cerca de mi mesa noto algo estúpido en el estómago, una especie de anticipación que no se corresponde con nada racional, porque no ha pasado nada entre nosotros más allá de una noche de trabajo intenso y un par de frases sueltas en una cocina.

Después de aquella noche existe entre nosotros una familiaridad que no sabemos dónde poner, como un mueble que no encaja en ninguna habitación de la casa.

Él vuelve a ser serio, el director creativo distante que impresiona a la planta entera con su sola presencia.

Yo vuelvo a ser junior de junior de junior, invisible en la jerarquía general de la agencia.

A veces nos cruzamos y me pregunta cómo va algo, con la misma cortesía profesional que reparte a todo el mundo.

A veces yo le mando una frase para Aurea por Slack aunque técnicamente ya no estemos trabajando en Aurea, solo por tener una excusa para que aparezca su nombre en mi pantalla.

Dani dice que estoy enamorada.

Yo digo que Dani necesita hobbies nuevos, algo que lo mantenga ocupado y le impida analizar mi vida amorosa con tanto detalle.

El jueves, a las cuatro y siete de la tarde, toda la planta escucha un grito desde Cuentas, un sonido tan agudo que varias personas se levantan de sus mesas por instinto.

Alicia aparece corriendo por el pasillo, con los tacones haciendo un ruido irregular sobre el suelo.

—¡LA HEMOS GANADO!

La agencia explota.

Literalmente alguien descorcha una botella a las cuatro y nueve, sin esperar ni siquiera a que la noticia se confirme por escrito.

Nora me abraza con tanta fuerza que casi me tira al suelo.

Marcos me levanta del suelo directamente, girando conmigo como si estuviéramos en una boda.

Yo me río como una idiota mientras intento entender que una idea que tuve con el abrigo puesto en una puerta acaba de convertirse en una cuenta nacional de dos millones de euros.

Álex sale de su despacho, alertado por el ruido.

Todo el mundo lo felicita, se acerca a darle la mano, a chocarle los cinco, a palmearle la espalda con esa efusividad que solo aparece cuando hay dinero de por medio.

Él recibe abrazos, apretones, palmadas, sin dejar de sonreír, aunque su sonrisa es distinta a la de todos los demás. Cuando llega hasta mí se detiene, a una distancia prudente que ninguno de los dos rompe.

—Enhorabuena.

—A ti.

—La idea fue tuya.

—La campaña fue de todos. Sin ti y sin Marcos y sin Nora seguiría siendo una frase suelta en un cuaderno.

Me observa un segundo de más.

—Eso ha sonado peligrosamente profesional.

—Estoy creciendo.

Entonces Alicia levanta el móvil, todavía sin aliento por la carrera.

—Hay una cosa más. Teresa quiere que Clara siga en el equipo.

Se hace un silencio pequeño en el grupo que nos rodea.

No incómodo todavía.

Solo perceptible, ese tipo de silencio que precede a un cambio de opinión colectivo.

Marcos dice:

—Normal, con la idea que tuvo.

Nora vuelve a abrazarme, esta vez con lágrimas de verdad en los ojos.

Pero al otro lado de la mesa veo a dos copies mirarse entre ellos, con una expresión que no reconozco del todo pero que me deja un poso incómodo.

Uno murmura algo al oído del otro.

No lo oigo.

No hace falta.

Conozco esa mirada.

La he visto antes, en institutos, en universidades, en cada sitio donde alguien ha decidido que mi cuerpo explica mejor mis logros que cualquier otra cosa que yo pueda hacer o decir.

La diferencia es que esta vez, por primera vez, tengo algo más importante que perder que la opinión de un desconocido: tengo un trabajo real, con un contrato que espero, con un futuro que empieza a parecer posible.