6. El pitch
ÁLEX
BARCELONA. Nueve y cuarenta de la mañana.
El ascensor del edificio de Aurea sube despacio, con esa lentitud deliberada de los edificios que quieren que sepas cuánto dinero tienen.
A las nueve y cuarenta Clara descubre que va a presentar.
—No.
—Sí.
—No.
—Argumento sólido.
Estamos en el ascensor del edificio de Aurea, subiendo hacia la planta catorce, donde Teresa Valcárcel tiene su despacho con vistas a toda la Diagonal.
Alicia revisa por tercera vez que lleva el adaptador de HDMI, con esa ansiedad ritual que siempre precede a un pitch importante.
Nora sostiene el portátil contra el pecho como si fuera un bebé recién nacido.
Marcos tiene los ojos rojos de no haber dormido y una taza de café que ya se le ha enfriado sin que se dé cuenta.
Clara parece a punto de asesinarme, con una mirada que combina pánico puro y una furia muy concreta dirigida directamente hacia mí.
—Soy becaria.
—Lo sé.
—Llevo tres semanas.
—También lo sé.
—No puedo presentar delante de la directora general de una marca de dos millones de euros de presupuesto.
—Puedes explicar por qué tu idea existe. Nadie mejor que tú para eso.
—Puedes hacerlo tú, que para eso llevas ocho años haciéndolo.
—Sí. Peor. Yo la explicaría desde fuera. Tú la explicarías desde dentro, y esa es exactamente la diferencia que necesitamos que Teresa note.
Las puertas se abren en la planta catorce, con ese pitido metálico que anuncia el punto de no retorno.
Clara me agarra del brazo antes de salir, deteniéndome un segundo con una fuerza que no esperaba de sus dedos.
—Álex.
Es la primera vez que utiliza mi nombre sin un «señor» implícito delante, sin esa distancia formal con la que se ha dirigido a mí desde el primer día.
—¿Qué?
—Voy a vomitar.
—Hazlo antes de la diapositiva doce. Después ya no hay tiempo de recuperación narrativa.
Me suelta, con una mezcla de indignación y algo que se parece sospechosamente a una risa contenida.
—Eres gilipollas.
—Eso te distrae del miedo. Es una técnica.
Funciona, a juzgar por cómo se le relaja la mandíbula durante medio segundo.
La presentación empieza veinte minutos después, en una sala de reuniones con una mesa ovalada de cristal y siete personas al otro lado esperando con esa neutralidad educada que precede a cualquier decisión importante.
Entre ellas, Teresa Valcárcel, sesenta y dos años, consejera delegada de Aurea y segunda generación de una empresa familiar que ha sobrevivido a todas las modas posibles desde los años setenta, vestida con un traje azul marino y unas gafas que se quita y se pone según el nivel de interés que le despierta cada diapositiva.
Presento estrategia, con la seguridad que dan ocho años de haberlo hecho cientos de veces. Marcos introduce el territorio creativo. Nora enseña las primeras ejecuciones, con esa pasión suya que consigue que hasta un boceto a lápiz parezca terminado.
Y entonces digo:
—La idea empezó con una observación de Clara Soler, la copy más joven del equipo. Creo que debería contarla ella.
Clara me fulmina con una mirada que promete represalias.
Luego mira a Teresa.
Respira, con esa inhalación profunda de quien está a punto de tirarse desde un trampolín demasiado alto.
Y cambia.
No intenta parecer senior. Ese es su acierto, el que yo esperaba sin estar del todo seguro de que fuera a ocurrir.
—Estoy un poco cansada de que las marcas me digan que soy guapa —dice, con una voz que ha encontrado de pronto un registro nuevo, más suyo, menos ensayado.
Alguien al otro lado de la mesa sonríe, quizá sin darse cuenta.
—Y estoy bastante más cansada de que me digan que debería sentirme guapa. Porque entonces parece que además de trabajar, estudiar, pagar el alquiler y acordarme de comprar papel higiénico, tengo otra obligación más: sentirme preciosa mientras lo hago, y encima sonreír al respecto.
Teresa se inclina hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa de cristal.
Clara continúa, sin mirar sus notas.
—Yo uso maquillaje. Me gusta, no voy a fingir que no.
Pero los mejores días no son aquellos en los que pienso que me ha quedado perfecto delante del espejo.
Son aquellos en los que me lo pongo y me olvido de él completamente durante el resto del día.
Por eso pensamos que Aurea no debería pedirle a una mujer que se mire más.
Debería darle algo con lo que pueda dejar de mirarse.
Clic.
Aparece en pantalla la chica del metro.
CUANDO DEJAS DE MIRARTE.
Nadie habla durante tres segundos.
En publicidad, tres segundos pueden ser una eternidad, el tiempo exacto en que se decide si una idea ha entrado o si se ha quedado fuera educadamente.
Teresa sonríe, quitándose las gafas.
—¿Cuánto llevas trabajando en esto, Clara?
Ella traga saliva, visible incluso desde donde estoy sentado.
—En publicidad, tres semanas.
Risas alrededor de la mesa, del tipo que rompe la tensión sin restarle seriedad a nada.
—No. Me refiero a esto. A la idea. A pensar en ello.
Clara mira la pantalla, la chica riéndose sin saber que la observan.
—Supongo que desde que tenía quince años.
Y ahí sé que, ganemos o no el concurso, hemos hecho la campaña correcta. Hay un tipo de certeza que no depende del resultado, y esta es una de ellas.