5. Las cuatro y diecisiete
CLARA
BARCELONA. Madrugada. Las cuatro y diecisiete.
La oficina vacía de madrugada tiene un silencio distinto, un silencio que zumba, como si los ordenadores respirasen por nosotros.
A las cuatro y diecisiete de la madrugada descubro tres cosas sobre Álex Vidal.
La primera: bebe el café solo y tan corto que debería servirse con una advertencia sanitaria, y lo hace él mismo en una cafetera italiana que guarda escondida en un armario de la cocina, como si fuera un secreto de estado que no confía a la máquina general.
La segunda: cuando está cansado se vuelve divertido, de un modo seco y sorprendente que no encaja con la imagen que me había hecho de él durante estas tres semanas.
La tercera: jamás había trabajado así en mi vida, con esta mezcla de pánico y euforia que hace que las horas dejen de tener el peso normal que tienen.
Mi idea ha dejado de ser mía en el mejor sentido posible.
Marcos ha encontrado una línea de copies que suena natural, casi hablada.
Nora ha convertido el concepto en un moodboard de imágenes que parecen robadas de la vida real y no de un catálogo de stock.
Alicia ha construido una presentación que hace parecer que llevábamos semanas pensando en aquello, con transiciones y gráficos que a mí ni se me habrían ocurrido.
Álex lo toca todo sin apropiarse de nada, moviéndose entre nuestras pantallas con una autoridad tranquila que consigue que cada corrección suene a mejora y no a crítica.
—No —dice por quinta vez, mirando una frase mía en la pantalla compartida.
—¿Qué le pasa ahora?
—Que explica la idea.
—Los copies suelen explicar cosas. Para eso nos pagan.
—Los malos.
—Qué agradable trabajar contigo.
Nora me mira por encima del monitor con una sonrisa que intenta disimular sin conseguirlo del todo.
Álex también, aunque la suya dura menos de un segundo antes de volver a la seriedad.
—¿Quieres que te diga que está bien?
—Quiero que me digas por qué está mal.
Se acerca a mi pantalla, apoyando una mano en el respaldo de mi silla, lo justo para inclinarse a leer sin invadir el espacio del todo. Huele a café y a un perfume discreto, algo cítrico y de madera, que llevo horas intentando no registrar y que ahora, de tan cerca, resulta imposible de ignorar.
—Porque la mujer de la foto ya lo está diciendo.
Si escribes lo mismo debajo, la tratas de idiota, como si no confiaras en que la imagen sola pueda contarlo.
Busca lo que la imagen no puede contar. Eso es lo único que un copy tiene que hacer: llenar el hueco que la imagen deja, no repetir lo que ya está ahí.
Me quedo mirando el titular en la pantalla.
Tiene razón.
Lo odio un poco por eso, con ese odio pequeño y específico que se le tiene a la gente que tiene razón demasiado a menudo.
Borro la línea entera y empiezo de nuevo.
A las cinco y diez Alicia se marcha a casa a ducharse y promete volver a las ocho, con una energía que a esas horas ya nadie más tiene.
Marcos se tumba veinte minutos en un sofá de recepción, con la chaqueta como manta improvisada.
Nora renderiza piezas con los auriculares puestos, tarareando algo que no reconozco.
Álex y yo acabamos solos en la cocina, esperando a que hierva agua para un té que ninguno de los dos necesita realmente, más como excusa para sentarse un momento que por sed.
—¿Por qué copy? —pregunta, apoyado contra la encimera con los brazos cruzados.
—Porque escribo.
—Todos los copies dicen eso en las entrevistas de trabajo. Es la respuesta número uno del manual.
—Yo escribo de verdad.
—Eso también lo dicen todos.
—Relatos. Cosas. Desde pequeña tengo cuadernos llenos de historias que nunca le he enseñado a nadie salvo a mi mejor amigo, y solo porque me obligó bajo amenaza de dejar de hablarme.
Me mira con una atención que me pone más nerviosa que si estuviera mirando mi escote, algo que, para mi propia sorpresa, agradezco.
—¿Y por qué publicidad, entonces, si lo tuyo son los relatos?
—Porque no sabía cómo cobrar por escribir novelas que nadie me había pedido. Al menos en publicidad alguien te paga por las palabras aunque sean para vender rímel.
Se ríe. Es la primera vez que lo oigo reír de verdad, no la media sonrisa contenida que reparte por la oficina como quien da propinas escasas.
No se parece en nada al hombre de la oficina. Es una risa limpia, joven, casi absurda, que le cambia toda la cara durante los dos segundos que dura.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada. Me ha gustado la respuesta.
—¿Tú por qué empezaste?
Tarda demasiado en responder, mirando el hervidor como si contuviera la respuesta.
—Porque era divertido.
—¿Y ya no lo es?
Mira el vaso de plástico que tiene entre las manos, dándole vueltas.
—A veces. Cada vez menos veces, si te soy sincero, y no sé exactamente cuándo empezó a pasar.
No pregunto más. Hay algo en su tono que me dice que ya ha compartido más de lo que pretendía, y que insistir rompería el momento en lugar de prolongarlo.
Volvemos a la sala.
A las seis y media encontramos el cierre, ese instante que en publicidad llaman «el momento eureka» y que en realidad se parece más a encontrar una llave que llevabas todo el tiempo en el bolsillo sin saberlo.
La pieza principal muestra a una chica en el metro, riéndose con los ojos cerrados, el pintalabios ligeramente corrido porque acaba de morder un bocadillo. No mira a cámara. No posa. No sabe que alguien la está mirando.
Debajo, cuatro palabras:
CUANDO DEJAS DE MIRARTE.
Y la marca.
Aurea.
Álex contempla la pieza durante un rato, en silencio, con esa quietud que he aprendido en tres semanas que precede a sus mejores decisiones.
—Esa es.
Nadie celebra nada. Estamos demasiado cansados, y hay algo casi sagrado en el silencio que sigue, como si aplaudir fuera a romper el hechizo.
Pero él me mira.
—Buena idea, Clara.
Son cuatro palabras.
No debería importarme tanto.
Me importan muchísimo, más de lo que estoy dispuesta a admitir ni siquiera para mí misma mientras salimos del edificio con la luz del amanecer pintando de naranja las torres de Glòries.