4. Una idea que ya existe
ÁLEX
BARCELONA. Tres semanas después. Las seis y doce de la tarde.
El aire acondicionado de la sala Berlín lleva descompensado desde julio, y esa tarde el calor se pega a la piel como un mal presagio.
Tres semanas después, nuestra campaña para Aurea está terminada.
Y cuatro horas después deja de existir.
Sucede a las seis y doce de la tarde, diecisiete horas antes del pitch, en ese momento del día en que la oficina empieza a vaciarse y los que quedamos somos los que ya no tenemos vida fuera del edificio o los que simplemente no queremos irnos a casa todavía.
Marcos, el copy junior de mi equipo —veintiocho años, un hijo pequeño y unas ojeras permanentes que hablan de noches sin dormir por motivos que no siempre son laborales—, entra en mi despacho sin llamar y deja el portátil delante de mí con la delicadeza de quien deposita una bomba.
—Tenemos un problema.
En publicidad esa frase puede significar que el cliente quiere cambiar una palabra del titular o que acabas de perder dos meses de trabajo. He aprendido a distinguirlas por el tono de voz, y el de Marcos ahora mismo es el segundo.
Esta vez significa lo segundo.
Una marca coreana lanzó hace tres años una campaña basada exactamente en nuestro mecanismo creativo.
No parecida. No inspirada, esa palabra elástica que usamos cuando algo se parece demasiado pero preferimos no admitirlo.
Exactamente la misma idea con otro producto y una ejecución, para colmo, mejor que la nuestra.
La miro dos veces.
Después una tercera, como si repetir el gesto pudiera cambiar lo que hay en la pantalla.
—Joder.
—Sí.
Llamo a Sergio.
Durante veinte minutos intentamos convencernos de que podemos defender la diferencia, buscando matices, ángulos, argumentos de venta interna que puedan sostener lo insostenible. Durante los siguientes diez dejamos de mentirnos.
A las siete estamos encerrados en la sala Berlín: Marcos, Nora, Alicia de cuentas —treinta y cinco años, la persona que consigue que la agencia entera funcione sin que nadie sepa exactamente cómo lo hace— y yo.
Sergio entra, mira los layouts impresos sobre la mesa, se toma su tiempo, y finalmente dice:
—Pues buscad otra.
—Presentamos mañana a las diez —responde Nora, con una voz que empieza a temblar de puro cansancio anticipado.
—Por eso os sugiero que empecéis pronto.
Sale de la sala sin más explicación, dejando la puerta abierta a propósito, quizá como gesto simbólico de que él no piensa quedarse a sufrir con nosotros.
Marcos lo insulta cuando la puerta se cierra del todo, con una variedad de improperios que demuestra que lleva tiempo guardándose comentarios.
Yo no.
No porque no quiera.
Porque estoy intentando pensar, y la rabia consume el mismo espacio mental que necesito para lo otro.
Una hora después tenemos doce titulares, cuatro territorios estratégicos garabateados en un rotafolio y ninguna idea que de verdad me haga sentir el pequeño clic que busco.
A las nueve, Alicia pide comida a un japonés que hace entregas hasta tarde, con la eficiencia de quien lo ha hecho cientos de veces en circunstancias similares.
A las nueve y cuarto alguien abre la puerta.
Es la chica de la impresora.
Clara.
Lleva el abrigo puesto y una mochila colgada de un hombro, con pinta de estar a punto de marcharse a casa y haberse detenido en el último segundo, como si algo la hubiera frenado en el umbral.
—Perdón.
Nadie responde.
—He oído lo de Aurea.
Marcos se deja caer contra el respaldo de la silla, agotado.
—Mañana te contamos cómo perdimos una cuenta de dos millones de euros. Va a ser una historia muy entretenida en la fiesta de Navidad.
Clara mira la pared llena de papeles arrancados y vueltos a pegar, titulares tachados con rotulador rojo.
—¿Puedo decir una cosa?
Estoy cansado, tengo la corbata deshecha desde hace horas y no me quedan reservas de paciencia para nadie, pero hay algo en su forma de quedarse en la puerta, sin invadir del todo el espacio, que me hace responder de otra manera de la que habría respondido a cualquier otra persona.
—Dila.
—Creo que estáis intentando hacer otra campaña de maquillaje.
Nora frunce el ceño, levantando la vista de su tableta gráfica.
—Es una marca de maquillaje.
—Ya. Pero todas dicen lo mismo. Que eres preciosa, que seas tú misma, que te quieras, que no necesitas cambiar.
Y luego te venden catorce productos para cambiarte.
He visto los últimos veinte anuncios de belleza que han salido este año buscando referencias de camino aquí y todos dicen literalmente lo mismo con distinta tipografía.
Alicia sonríe, sin apartar los ojos del móvil.
—Bienvenida al capitalismo.
Clara no se ríe. Se ha quedado con una mano en el marco de la puerta, como si necesitara ese punto de apoyo para terminar la frase que ha empezado.
—Mi madre tarda cuarenta minutos en arreglarse para ir a una boda y después pregunta veinte veces si está guapa.
Mis amigas se hacen treinta fotos antes de subir una a Instagram y todavía dudan de cuál poner.
Yo he pasado media vida deseando que la gente deje de decirme que soy guapa, porque cada vez que lo dicen siento que es lo único que ven.
¿Sabéis cuándo creo que estamos más guapas, de verdad?
Ahora sí la miro de verdad, dejando el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Cuándo?
—Cuando se nos olvida comprobarlo.
Silencio.
Clara se encoge ligeramente, como si acabara de darse cuenta de que está hablando delante de cuatro personas agotadas que podrían mandarla a casa a base de una mirada, y quisiera dar marcha atrás sin poder hacerlo.
—Cuanto menos te preocupa tu belleza, más bella te ves —añade, más bajo—.
Quizá Aurea no debería prometerte que vas a estar guapa.
Quizá debería venderte maquillaje para que te olvides del maquillaje.
El único producto de belleza que de verdad funciona es dejar de mirarte al espejo cada cinco minutos.
Marcos deja el bolígrafo sobre la mesa, muy despacio, como si el ruido pudiera romper algo.
Nora mira la pared cubierta de titulares descartados, y luego a Clara, y luego otra vez la pared.
Yo noto esa sensación.
La que creía haber perdido en algún punto entre los veintiocho y los treinta y dos años, en algún briefing eterno o en alguna reunión de procurement.
Un pequeño clic en algún lugar detrás del esternón.
—Eso no es una campaña —digo.
La cara de Clara cae, un descenso casi imperceptible en las comisuras de la boca, la decepción de quien acaba de exponerse y ha sido rechazada delante de testigos.
Dejo pasar un segundo, disfrutando quizá un poco más de la cuenta de la tensión que he creado.
—Todavía.
Me levanto, y de pronto la sala entera se reactiva, como si mi cuerpo hubiera dado la orden que todos estaban esperando.
—Nora, limpia la pared, lo empezamos de cero. Marcos, abre un documento nuevo, olvida todo lo anterior. Alicia, llama a producción y di que no vamos a dormir esta noche, que preparen café de verdad y no esa cosa que sale de la máquina. Clara…
Ella sigue en la puerta, con la mochila todavía colgada del hombro, como si no terminara de creerse que la conversación va a continuar.
—¿Sí?
—Quítate el abrigo.
—¿Por qué?
—Porque acabas de arruinarnos la noche.