3. Cinco mujeres y un baño
CLARA
SANTS. Lunes, nueve de la noche.
En el piso huele a tomate frito y a laca, una combinación que solo existe en las casas donde viven demasiadas mujeres jóvenes a la vez.
Mi casa tiene ciento diez metros cuadrados, cinco mujeres y un solo baño que funciona de forma fiable —el segundo existe técnicamente, pero la cisterna hace un ruido que Lidia describe como «el llanto de un fantasma con problemas digestivos» y nadie se atreve a usarlo salvo en emergencias.
La inmobiliaria lo llamó «piso con encanto» en el anuncio, junto a una foto tomada con gran angular que hacía parecer el salón el doble de grande de lo que es en realidad.
Nosotras lo llamamos «Los Juegos del Hambre», y cada mes celebramos una especie de cosecha en la que decidimos, por turnos y con discusiones que a veces duran más que la propia limpieza, quién friega los platos, quién compra el papel higiénico y quién tiene la valentía moral de enfrentarse al casero por la humedad del techo de la cocina.
Esa noche estoy cenando pasta con Bea, Cris, Mónica y Lidia cuando Dani aparece con una botella de vino, una bolsa de patatas fritas que ha comprado «porque la pasta sola es depresiva» y la llave que conserva desde que vivió aquí durante tres meses en tercero de carrera, mientras esperaba a que su exnovio de entonces le devolviera el depósito de otro piso.
—¿Qué tal tu primer día como esclava del capitalismo creativo?
Dani es mi mejor amigo desde que una profesora de Redacción Publicitaria nos emparejó para vender imaginariamente un tampón en primero de carrera, un ejercicio que a día de hoy seguimos citando como el origen de una amistad basada en una premisa absurda.
Él es gay, insoportablemente guapo —el tipo de guapo que hace que la gente en el metro se dé la vuelta dos veces, cosa que él nota y disfruta abiertamente— y posee una capacidad sobrenatural para detectar cualquier cosa que yo preferiría ocultar, como si tuviera un radar calibrado exclusivamente para mis mentiras.
—He impreso cosas.
—Ascenso inminente.
—Y he conocido a Álex Vidal.
Cinco tenedores se detienen a media altura, suspendidos en el aire como en una foto congelada.
—¿El Álex Vidal? —pregunta Bea, dejando el suyo directamente sobre el plato.
—No sé cuántos hay.
Dani me mira, entrecerrando los ojos con la precisión de un detective que acaba de encontrar la pista definitiva.
—Has dicho su nombre raro.
—¿Cómo se dice raro un nombre?
—Como acabas de hacerlo. Con una pausa. Un respeto excesivo. Como si dijeras «el Papa».
—Te lo estás inventando.
—Clara. Llevo diez años estudiándote. Reconozco los síntomas.
Bea, que trabaja en recursos humanos de una multinacional y por tanto se considera experta oficial en cualquier tema laboral, se inclina hacia delante con auténtico interés periodístico.
—¿Cómo es en persona?
—Serio. Arrogante. Me arregló una impresora y luego se marchó sin decir nada más.
—Suena a interés romántico de novela —dice Mónica, que lee tres libros a la semana, casi todos con portadas en las que dos manos se rozan sin llegar a tocarse del todo.
—O a jefe con carencias de comunicación —añade Cris, que estudia Psicología y ve un trastorno de apego en cada anécdota que le cuentan.
—Es mi jefe indirecto. No es nada.
Les cuento lo de la impresora con el mayor desapego posible, procurando restarle importancia a cada frase, como si estuviera describiendo el tiempo que hace.
Omito que había buscado su edad en LinkedIn durante el trayecto a casa, sentada en el metro con el móvil pegado a la cara para que nadie viera la pantalla.
Omito también que sé que vive en Barcelona desde siempre, que estudió en Blanquerna, que hizo un año de intercambio en Ámsterdam del que casi no hay fotos, y que en una entrevista para una revista del sector, que encontré en la segunda página de resultados de Google, dijo que las mejores ideas llegan cuando uno deja de intentar parecer inteligente.
Me pareció una frase demasiado buena para un hombre que, según todo lo demás que descubrí, se pasa el día intentando parecer inteligente.
—Te gusta —dictamina Mónica, con la seguridad de quien acaba de resolver un caso.
—Llevo ocho horas trabajando allí.
—Eso no es un no.
—Tiene treinta y dos.
—Tampoco.
—Es mi jefe.
—Eso sí es un problema —dice Dani, sirviéndose más vino con parsimonia—. Continúa. Cuéntame más de este problema.
Les tiro una servilleta a la cara colectivamente, sin puntería suficiente para acertar a nadie en concreto.
No quiero un hombre. No ahora. Quizá no durante bastante tiempo, quizá nunca, aunque esa última idea me la guardo para mí porque suena a discurso de autoayuda que nadie en esta mesa se tragaría.
La última vez que confié de verdad en uno tenía diecinueve años y se llamaba Eric.
Habíamos empezado a salir a los dieciocho, en el último curso del instituto, con esa intensidad ridícula y absoluta que solo se tiene antes de saber que el mundo va a seguir existiendo después de una ruptura.
Perdí la virginidad con él en una cama individual mientras sus padres veían una película en el salón y el sonido de la tele subía y bajaba de volumen a través de la pared, y durante meses pensé que aquella incomodidad compartida —el miedo a que nos oyeran, la manta que no llegaba a cubrirnos del todo, la risa nerviosa que soltamos los dos a la vez cuando algo no salió como en las películas— significaba intimidad.
Pensaba que aquello era lo que se sentía al pertenecer a alguien.
A los veinte encontré una nota en su móvil, mientras se lo dejé prestado un segundo para buscar una canción y una notificación se quedó abierta en la pantalla más tiempo del que debía.
No una conversación.
Una lista.
Nombres de mujeres. Algunas con fechas. Algunas con lugares. Algunas con símbolos que nunca quise descifrar, pequeños códigos privados de una vida entera que yo no sabía que existía en paralelo a la mía.
Busqué el mío.
No estaba al final.
Ni siquiera cerca.
Eric lloró, pidió perdón y aseguró que me quería, con esa desesperación de quien de verdad cree que las dos cosas —querer y hacer daño— son excluyentes, que no pueden coexistir en la misma persona.
Aquello fue probablemente lo peor: descubrir que alguien podía quererte y hacerte daño igualmente, que el amor no era ninguna vacuna contra nada.
Desde entonces he tenido alguna historia, alguna noche, algún beso que no llegó a nada, siempre con el freno de mano puesto un poco antes de tiempo.
Me gustan los hombres. Lo que no me gusta es la versión de mí misma que aparece cuando empiezo a creerles: esa Clara más blanda, más disponible, más dispuesta a hacerse pequeña para caber en la vida de otra persona.
—No me gusta Álex Vidal —digo, con la convicción de quien repite algo para acabar de creérselo.
Dani bebe vino, sin prisa, mirándome por encima del borde de la copa.
—Perfecto. Entonces podrás hablarme de otra cosa.
Abro la boca.
No se me ocurre nada.
Cambio de tema hacia el vecino que roba paquetes en el rellano, un misterio doméstico que llevamos semanas intentando resolver con una mezcla de indignación y verdadero entusiasmo detectivesco, y la conversación se desvía por ahí durante el resto de la noche.
Pero mientras friego los platos —me toca a mí, según el calendario clavado en la nevera— pienso en una mano apareciendo junto a la mía sobre el panel de una impresora, y en lo poco que ha necesitado esa mano para que yo la recuerde con tanto detalle.