2. La chica de la impresora
ÁLEX
BARCELONA. Lunes, mediodía.
Desde la ventana de mi despacho, la Diagonal es una cinta de metal y cristal que hierve bajo un sol que todavía no se ha rendido al otoño.
No debería haberme fijado en la becaria.
Esa es la clase de frase que uno piensa justo después de haberse fijado demasiado, con la conciencia culpable de quien acaba de comerse la última porción de tarta y solo después se pregunta si alguien más la quería.
La vi por la mañana al cruzar Creatividad, de refilón, entre dos conversaciones sobre un brief que llevaba retrasado cuarenta y ocho horas.
Pelo castaño recogido a medias, ojos enormes, una acreditación provisional que parecía molestarle contra el pecho como si fuera un collar antipulgas, y una belleza de esas que obligan a la gente a hacer un esfuerzo consciente para no mirar dos veces.
La reconocí luego en la impresora, agachada, peleándose con una bandeja como si fuera un enemigo personal, y al leer su nombre en la acreditación recordé el correo de Recursos Humanos que había ojeado esa misma mañana entre treinta más: Clara Soler, copy trainee, veinticuatro años, incorporación 1 de septiembre, adjuntamos CV.
No había abierto el CV.
Ahora me arrepiento un poco, y no sé exactamente por qué.
Veinticuatro.
Yo tengo treinta y dos, una novia llamada Laura y suficiente experiencia profesional como para saber que ninguna de esas tres variables invita a la estupidez.
Hay una regla no escrita, y también bastante escrita en el manual de Recursos Humanos que todos fingimos haber leído, sobre directores creativos y becarias, y no pienso ser el protagonista de ninguna anécdota de after-work que empiece con «¿te acuerdas de aquella vez que Vidal… ?».
Así que vuelvo a mi despacho y hago lo que mejor sé hacer: trabajar hasta que el resto de pensamientos se disuelve en el ruido de fondo de las cosas urgentes.
Tengo una reunión con Sergio Montiel, director creativo ejecutivo, y con el equipo de New Business.
Estamos en concurso por Aurea, una marca española de cosmética que quiere relanzar toda su línea de maquillaje para menores de treinta.
Cinco agencias compitiendo. Presupuesto enorme.
Visibilidad todavía mayor, del tipo que aparece en los rankings de fin de año y en las conversaciones de ascensor durante meses.
Hace ocho años habría sentido electricidad al leer el brief, esa descarga concreta en el estómago que sentías cuando un cliente decía «queremos algo valiente» y de verdad lo decía en serio.
Ahora veo casillas.
Target. Problema. Insight. Promesa. Tono. Mandatorios. Un documento de doce páginas que alguien de estrategia ha rellenado con la misma pasión con la que se rellena una declaración de la renta.
—Necesito algo que reviente —dice Sergio, dando una palmada sobre la mesa de la sala Berlín como si con eso fuera a materializar la idea.
Tiene cincuenta y un años, tres Cannes Lions colocados en fila sobre una estantería de su despacho —los enseña a todo el que entra, incluidos los técnicos de mantenimiento— y la capacidad de utilizar la palabra «reviente» seis veces en una reunión sin darse cuenta de que la está repitiendo.
—Eso ayuda muchísimo —digo.
—Para eso te pago.
Sonríe, satisfecho de su propia gracia. Los demás también, porque reírle las gracias a Sergio forma parte del organigrama no oficial de la agencia.
Sergio y yo nos entendemos. O nos entendíamos mejor antes, cuando yo era menos capaz de detectar la diferencia entre un chiste y una humillación con forma de chiste.
Fue uno de los primeros que apostó por mí cuando yo era un copy de veinticinco años demasiado convencido de que una buena idea podía arreglar cualquier cosa —un mal cliente, un mal briefing, incluso un mal día—.
A los veinticinco uno cree que la publicidad consiste en ideas.
A los treinta y dos sabes que también consiste en presupuestos, egos, procurement, estudios de mercado que contradicen el sentido común, clientes que piden que el logo sea más grande porque su cuñado se lo ha dicho en una barbacoa, y jurados que premian campañas que nadie fuera del sector ha visto jamás, colgadas en muros de Instagram que solo sigue gente que también trabaja en publicidad.
No odio mi trabajo.
Eso sería más sencillo, más limpio, algo con lo que negociar.
Sigo siendo bueno. Sigo disfrutando durante esos veinte segundos en los que una idea aparece donde antes no había nada, ese instante minúsculo y adictivo en el que el cerebro conecta dos cosas que no tenían por qué estar conectadas.
Lo que ha desaparecido es todo lo que rodeaba a esos veinte segundos: la sorpresa de que ocurrieran, las ganas de contárselo a alguien nada más pasar, la sensación de que cada campaña era la más importante del mundo.
Por la noche Laura me escribe para preguntarme si cenaré en casa.
Le digo que sí.
Llego a las diez y media, con el brief de Aurea todavía dándome vueltas en la cabeza como una canción pegadiza que no consigues sacarte de encima.
Ella ya ha cenado. Ha dejado mi plato tapado con papel film sobre la encimera, un gesto de cuidado silencioso que debería conmoverme más de lo que lo hace.
—Podrías avisar —dice, sin levantar la vista del libro que tiene entre las manos.
—He avisado.
—A las diez y veinte. Yo tenía hambre a las nueve.
Tiene razón. Últimamente la tiene demasiado a menudo, con esa razón tranquila y desprovista de reproche que a veces me parece más un síntoma que una virtud.
Laura trabaja en una consultora, es inteligente, guapa y bastante más paciente de lo que yo merezco.
Lleva el pelo siempre perfecto, incluso a las diez y media de la noche, y tiene la habilidad de discutir sin levantar la voz, como si los conflictos fueran otro proyecto que gestionar con hitos y entregables.
Llevamos nueve meses. Nunca discutimos de verdad.
Nunca hacemos casi nada de verdad. Vamos a los mismos restaurantes de siempre, vemos las mismas series de siempre, hacemos el amor los sábados por la noche con la misma coreografía amable de siempre, y durante mucho tiempo he llamado a eso estabilidad.
Después de Marina pensé que eso era exactamente lo que necesitaba.
Una relación sin precipicios.
Marina había sido todo lo contrario. Siete años.
Piso compartido en la calle Aribau. Una boda prevista para septiembre, con menú degustación ya cerrado y una lista de invitados de ciento veinte personas.
Y después otro hombre, una maleta hecha en menos de una hora y la clase de explicación que uno recuerda palabra por palabra aunque preferiría no hacerlo, la clase de frase que se te queda grabada como un anuncio malo, de esos que odias pero que puedes recitar entero sin querer.
Laura me habla de un viaje a Lisboa —fechas, vuelos, un hotel con terraza que ha encontrado en una web de escapadas— mientras yo miro sin querer una notificación de Slack que ha aparecido en la esquina de la pantalla del móvil.
Nora ha subido una foto al canal general de Creatividad: la nueva becaria delante de la impresora, levantando ambos pulgares con una sonrisa exagerada, con el texto «PRIMERA CAMPAÑA IMPRESA SIN VÍCTIMAS».
Sonrío antes de poder evitarlo.
—¿Qué? —pregunta Laura.
Bloqueo el teléfono, casi con culpa, como si acabara de leer algo que no debía.
—Nada. Cosas de la oficina.
—¿Buenas?
—Tontas.
Vuelve a su libro, satisfecha con la respuesta, sin sospechar que acabo de mentirle por primera vez en nueve meses sobre algo que ni yo mismo sé nombrar todavía.
Y esa es la primera mentira pequeña.
Las mentiras pequeñas, he aprendido con los años, son las que de verdad importan. Las grandes se ven venir.