Una becaria con muy malas ideas
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1. La becaria
CLARA
BARCELONA. Lunes, ocho y veinte de la mañana.
El cielo sobre Glòries tiene ese gris sucio de finales de agosto que promete tormenta y nunca la cumple del todo.
El primer día en una agencia de publicidad se parece bastante al primer día de colegio, salvo porque nadie te pregunta qué has hecho durante el verano y todo el mundo finge que sabe adónde va.
Yo no sé adónde voy.
Llevo una acreditación provisional colgada del cuello, un portátil que pesa más que mis expectativas y un café que no me he bebido porque me tiemblan demasiado las manos.
Me he probado tres modelitos esta mañana antes de decidirme por una camisa blanca que ahora, bajo los focos halógenos de recepción, parece transparente de un modo que no había calculado.
Llevo cinco minutos de pie intentando averiguar si se me transparenta el sujetador o si es una paranoia más de las muchas que he acumulado desde las seis de la mañana.
La recepcionista me ha indicado dos veces que Creatividad está al fondo, detrás de las salas de reuniones con nombres de ciudades, y aun así he acabado frente a Finanzas, donde un hombre con gafas de pasta me ha mirado como si acabara de entrar en su despacho a robarle la grapadora.
—¿Clara Soler?
Me giro. Una chica de pelo corto, camiseta blanca y pantalones enormes —de esos que cuestan más cuanto más ancho es el bajo, según he aprendido viendo escaparates que nunca he podido pisar— me hace señas desde el pasillo.
—Sí.
—Soy Nora. Arte. Te estaba buscando antes de que te fichara Contabilidad. Llevas la cara de alguien a quien están a punto de arrestar por fraude fiscal.
—Es la cara que pongo siempre. Se me queda así de nacimiento.
—Me gusta. Es memorable.
Nora Ferrer es directora de arte junior, veintiséis años y, según descubriré en menos de diez minutos, incapaz de dejar un silencio sin rellenar.
Tiene un tatuaje diminuto en la muñeca —una coma, no una raya, insiste en corregirme cuando se lo pregunto— y habla con las manos como si estuviera dirigiendo un aterrizaje de emergencia.
Me guía por la planta abierta de The Best Barcelona —ciento cincuenta personas, mesas interminables, pantallas gigantes, premios en vitrinas y más zapatillas blancas por metro cuadrado que en una tienda de Adidas— mientras me señala departamentos como quien presenta especies en un zoo.
—Cuentas. No los alimentes después de medianoche, se ponen nerviosos y empiezan a pedir cambios.
Estrategia. Saben cosas que nadie entiende, hablan en powerpoints incluso cuando piden un café.
Producción. Si les caes bien pueden salvarte la vida; si les caes mal, tu presupuesto desaparece misteriosamente. Y aquello es Creatividad.
Aquello es el sitio donde llevo años queriendo estar.
Me obligo a no parecer impresionada.
Fracaso estrepitosamente. Me quedo mirando la sala como si fuera el escaparate de una juguetería, con las paredes forradas de carteles enmarcados, un Sol de Oro sobre un pedestal de metacrilato y una mesa de ping-pong que, según me contará Nora más tarde, nadie usa nunca para jugar al ping-pong.
—Tienes cara de niña en Disneylandia —dice Nora.
—Tengo cara de necesitar este trabajo.
—Ah. Esa cara la tenemos todos. Es la cara oficial del sector. Deberíamos hacérnosla tatuar en el carnet de empleado.
Mi contrato dice seis meses de prácticas.
Mi cuenta bancaria dice que sería conveniente convertirlos en algo más, preferiblemente antes de que se me caduque la tarjeta de transporte joven y tenga que empezar a pagar el billete entero.
Mi habitación en un piso de cinco chicas en Sants dice lo mismo, sobre todo cada vez que una de mis compañeras decide secarse el pelo a las seis y media de la mañana con un secador que suena como una turbina de avión despegando desde el baño compartido.
Me asignan a una dupla que trabaja para una aseguradora y una marca de comida para gatos.
Mi copy titular, Javi, tiene cuarenta y pocos años, tres divorcios de sus propias palabras —«el trabajo no perdona, Clara, y yo tampoco sé perdonarme»— y una capacidad asombrosa para explicar procesos internos sin pausas para respirar.
—Las carpetas están aquí. Este es el brief de Aurea, no lo toques todavía, va con otro equipo.
Esto lo aprueba primero estrategia, luego cuentas, luego el cliente, luego a veces vuelve a estrategia porque alguien cambió de opinión en una reunión a la que no asististe.
Y nunca, jamás, escribas «innovador» en un titular si quieres conservar el respeto de tus compañeros.
Es la palabra prohibida. La llamamos aquí «la innombrable».
—¿Por qué?
—Porque todo el mundo la usa cuando no tiene ninguna idea real que ofrecer. Es el equivalente publicitario de decir «en fin».
Estoy tomando notas —literalmente, en una libreta de tapa dura que compré la noche anterior por si acaso hacía falta parecer una persona organizada— cuando la planta cambia de volumen.
No se calla. Es más sutil. Como cuando alguien importante entra en un restaurante y varias cabezas se levantan sin ponerse de acuerdo, sin que nadie diga nada en voz alta, solo ese pequeño reajuste colectivo de la atención.
—Ese es Álex Vidal —murmura Nora, bajando la voz como si estuviera anunciando la llegada de la realeza.
No necesito que me lo diga.
Conozco su nombre desde segundo de carrera.
Todo estudiante de creatividad de mi generación conoce la campaña de las persianas, la de los mensajes de voz y aquel spot de Navidad que ganó un Sol de Oro cuando él tenía veintiocho años.
Recuerdo haberlo proyectado en clase, recuerdo a mi profesor de Redacción Publicitaria diciendo «esto es lo que pasa cuando alguien deja de intentar ser listo y empieza a intentar ser honesto», recuerdo haber pensado que algún día quería escribir algo que hiciera llorar a un aula entera de veinte años sin necesidad de un solo adjetivo.
Ahora tiene treinta y dos y es director creativo. Ridículamente joven para el cargo. Ridículamente bueno, según mis profesores, que hablaban de él con la misma mezcla de admiración y rencor con la que se habla de alguien que se ha ido de la fiesta demasiado pronto y demasiado bien vestido.
En persona no parece ridículamente nada.
Camisa azul remangada hasta el codo, pantalón oscuro, barba de dos días que probablemente no es una decisión estética sino la consecuencia natural de dormir poco.
Camina mirando una presentación en el móvil mientras escucha a un copy que habla a su lado, gesticulando con las manos como si estuviera defendiendo una tesis doctoral sobre la tipografía de un logo.
No sonríe. Asiente una vez. Dice algo que no oigo y el copy borra inmediatamente una diapositiva, con la cara de alguien que acaba de recibir una mala noticia médica.
—Da miedo —susurro.
—No muerde. Creo. Bueno, muerde un poco, pero solo si le llevas una idea mediocre. Entonces te hace desear que directamente te hubiera mordido, porque sería menos doloroso que su silencio.
—¿Su silencio?
—Es peor que cualquier grito. Espera y verás.
Álex levanta la vista.
Nuestros ojos se cruzan.
Solo un segundo.
Yo aparto los míos primero, enfadada conmigo misma por hacerlo, como si mirar hacia otro lado fuera admitir haber perdido algo que ni siquiera sabía que estábamos jugando.
—Además es guapo —añade Nora, con el tono neutro de quien está enunciando un dato meteorológico.
—No me había fijado.
—Claro.
—En serio. Estoy aquí para trabajar.
—Ya. Yo también estoy aquí para trabajar y aun así sé perfectamente lo guapo que es. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, Clara. Bienvenida al mundo adulto.
He pasado demasiados años oyendo comentarios sobre mi aspecto como para contribuir voluntariamente a los de otra persona.
Desde los quince sé que tengo una combinación física que internet, con su infinita capacidad para convertir a las mujeres en categorías de catálogo, denomina slim and busty .
En la universidad alguien me lo explicó como si estuviera comunicándome mi grupo sanguíneo, con la misma indiferencia clínica, como si el hecho biológico de mi cuerpo fuera información de dominio público que cualquiera tenía derecho a comentar en voz alta.
Nunca me ha gustado.
No mi cuerpo. Mi cuerpo está bien, hace lo que tiene que hacer, me lleva de un sitio a otro y me permite bailar mal en las bodas de mis primos sin que nadie se dé cuenta demasiado.
Me molesta que a veces entre en una habitación cinco segundos antes que yo.
Que la gente decida quién soy antes de que abra la boca.
Que en las entrevistas de trabajo alguna vez haya notado —no lo he imaginado, lo he notado, con esa certeza física que tienen las mujeres para detectar ciertas miradas— que el entrevistador tarda más de lo normal en subir los ojos hasta mi cara.
Mi parte favorita de mi cuerpo es mi cerebro.
La mayoría de los hombres que he conocido habría elegido mis tetas, y me lo habrían dicho, además, como si fuera un cumplido y no una reducción.
A las once y cuarto, Javi me manda a imprimir unos layouts para una reunión con la aseguradora.
La impresora, quizá consciente de mi posición jerárquica en la cadena alimenticia de la oficina, decide humillarme delante de todo el mundo.
Parpadea. Emite un pitido agudo. Escupe un papel A4 en blanco con gesto de superioridad moral.
Estoy peleándome con una bandeja, agachada, con medio cuerpo metido dentro de la máquina como si fuera a extraerle un órgano, cuando una mano aparece junto a la mía, apoyada sobre el panel de control con una calma que a mí me falta por completo.
—La tres.
Levanto la cabeza, todavía agachada, en una postura que no es en absoluto la que hubiera elegido para conocer formalmente a nadie.
Álex Vidal señala un botón sin mirarme, con la atención puesta en la pantalla táctil de la impresora como si fuera un tablero de mandos que conociera de memoria.
—¿Perdón?
—Bandeja tres. Está configurada en A3 desde que alguien de Cuentas imprimió un cartel de cumpleaños y nadie se molestó en devolverla al formato normal. Lleva así tres meses. He mandado dos correos.
Pulso. La impresora, avergonzada quizá, cobra vida.
—Gracias.
Él mira mi acreditación, colgada del cuello con un cordón azul que aún huele a plástico nuevo.
—Clara.
—Sí.
—Nueva.
No sé si es una pregunta o una constatación forense, como si mi condición de recién llegada fuera evidente en algún dato que yo desconozco tener escrito en la frente.
—Se nota, ¿no?
Por un instante creo que va a sonreír. No lo hace. Se queda a medio camino de la sonrisa, como quien empieza una frase y decide no terminarla.
—Solo porque estás intentando imprimir. Los que llevamos aquí más de un mes hemos aprendido a evitarla y a mandarlo todo a la de la segunda planta.
—Nadie me lo ha dicho.
—Ahora ya lo sabes.
Recoge unas hojas del otro lado de la máquina —las suyas, que sí habían salido a la primera, con una eficiencia que casi resulta ofensiva— y se marcha sin más ceremonia, sin despedirse, con el paso de alguien que tiene una reunión dentro de cuatro minutos y lo sabe con precisión de segundero.
Me quedo mirándolo dos segundos de más, siguiendo la línea de su espalda entre las mesas, hasta que Nora me da un codazo suave que casi me tira el café que sigo sin haberme bebido.
—Arrogante —murmuro, en parte para mí misma y en parte para que Nora sepa que estoy indignada y no, de ningún modo, interesada.
—Sí, mucho —dice Nora, sin ningún tono de indignación en la voz, más bien todo lo contrario—. A ver si aprendes rápido.
La impresora escupe mi campaña de comida para gatos, veinte copias perfectamente grapadas.
Mi primera gran victoria profesional.
La guardo en la carpeta como si fuera un diploma.