Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo treinta y dos
97%

Capítulo treinta y dos

Beckett

Nora vio el mensaje primero. Volvió a la cama con el forro polar de Luke a las nueve menos cuarto, sujetando mi móvil con el brazo estirado, como si fuera a explotar, y me lo leyó con la voz de Marcus.

—« LA DIRECTIVA QUIERE REUNIRSE. HOY. A LAS DOS. DIME QUE ESTÁS VIVO. TRAE UN BOLI. » —Bajó el móvil—. Todo en mayúsculas. Y te ha llamado catorce veces.

—Siempre lo hace.

—Beckett. Trae un boli.

A las dos estaba en la sala de reuniones de la directiva, en el Foundry, con el traje que había llevado al séptimo partido, mientras Graham Whitlock, el director general, deslizaba la hoja de condiciones por la mesa y Marcus Feld respiraba por el altavoz desde una habitación de hotel en Toronto.

—Cinco años —dijo Graham—. Seis coma cuatro millones por temporada. Cláusula de no traspaso total los tres primeros. Nos damos la mano hoy, los abogados lo pasan a papel en julio y anunciamos el acuerdo antes del primer partido, el jueves.

—Di que sí —dijo Marcus desde el teléfono—. Beckett, te oigo pensar. Para.

—Dos cosas —dije.

Marcus hizo un ruido como una rueda perdiendo aire. Graham se echó hacia atrás.

—Adelante.

—Si me traspasáis después del tercer año, alguien de este club irá a ver a mi abuelo cada semana y se quedará con él a ver el tercer periodo. Lo pago yo.

Graham escribió en un bloc amarillo.

—La liga no me deja meter eso en un contrato. Va en una carta. Mía.

—Segunda. El trabajo de Nora Quinn. Le deis lo que le deis, que mi nombre no vaya en ello. Si me traspasan, si el jueves me como un disco en la garganta, ella lo conserva.

Dana, en la punta de la mesa, dejó el café.

—Beckett —dijo—. Firmó a mediodía.

La miré.

—Vino a las once. Primer día de vuelta del permiso.

No pidió que le devolviéramos el puesto de responsable de contenido.

Pidió el de encima y trajo los números. —Dana volvió a coger el café—.

Jefa de contenido. Su propia serie, Ravens in the Kitchen .

Una prima que salda la cuenta de la farmacia de su hermana.

Nada de lo que produzca el club sobre su vida privada.

Y su contrato es independiente del tuyo.

Dijo independiente cuatro veces. Después bajó a recursos humanos y presentó la declaración de relación.

A nadie en este edificio se le ocurrió eso en enero. A mí tampoco.

—Pues eso está hecho —dijo Graham, y me acercó la pluma estilográfica—. ¿Algo más?

Me metí la mano en el bolsillo de la americana y saqué un lápiz de golf con CABAÑA DE LUKE NO ROBAR escrito a lo largo.

—Usaré su pluma —dije—. Pero quería que esto estuviera encima de la mesa.

Graham miró el lápiz y luego a mí, y decidió no preguntar. Puse mis iniciales en la hoja de condiciones con su estilográfica y cerramos lo demás con un apretón de manos. Marcus se rio al teléfono, luego, estoy casi seguro, lloró, y colgó.

*  *  *

Ella me esperaba en el pasillo, sentada en el suelo debajo de una camiseta enmarcada de 2004, comiendo mango deshidratado de la bolsa.

—¿Y bien? —dijo.

—Cinco años.

Se levantó tan rápido que el mango salió volando por todas partes. Saltó y la cogí, y Dana salió de la sala detrás de mí y nos rodeó a los dos sin aflojar el paso.

—Que alguien recoja ese mango.

— Independiente —le dije a Nora contra el pelo—. Cuatro veces.

—Yo no vengo en el mismo paquete que tú. Regalo por la compra. —Se echó hacia atrás—. Lo quería por escrito.

La dejé en el suelo y recogí el mango, trozo a trozo, porque Dana había dicho que lo hiciera alguien y el alguien era yo.

*  *  *

Perdimos la final de conferencia contra Seattle en seis partidos.

Me dolió unos cuatro días. Dos goles del sexto partido que voy a ver en sueños hasta los sesenta, los dos por el lado del blocker .

Varga me escribió desde un campo de golf en Arizona.

El lado del guante me pareció bien. No sabía que tenía mi número.

Theo lloró en la ducha y dijo que era el champú.

Jamie ni se molestó en meterse en la ducha.

En mayo mi madre me mandó una foto del Silver Spur con un candado en la puerta. No le contesté. Se la enseñé a Nora.

*  *  *

El domingo después de volver de Seattle hice tortitas. Las siete de la mañana, el loft, Nora sentada en la encimera con mi sudadera, supervisando. En abril había comprado una mesa de roble, y cuatro sillas. Cuatro era un número grande para mí.

—Estás batiendo de más —dijo Nora.

—Estoy batiendo lo justo.

—Estás batiendo de más, y lo sabes, y no pasa nada. Las de Walt, con grumos, eran mejores. —Metió la mano en el armario de encima del fogón sin preguntar y me pasó el sirope de arce.

Una cucharada. La masa se oscureció un tono.

Hice catorce. Nos comimos cuatro, envolvimos diez en papel de aluminio y fuimos a Riverbend con las ventanillas bajadas. Veinte grados, la primera vez en todo el año.

Rosa nos recibió en recepción con un uniforme amarillo. Abrazó primero a Nora. Luego a mí.

—Está en el jardín —dijo—. De momento, buena mañana. Le ha ganado dos veces a las damas al señor Delgado y se ha regodeado. —Nos llevó por el pasillo—. Desde la semana pasada va con andador. Lo odia, así que lo llamo la quitanieves. Así le gusta más.

—¿Sabe que es domingo?

—Cree que estamos en 1974. —Rosa miró a Nora, amable y con cuidado—. No se va a acordar de ti, cariño. Ya lo sabes.

—Lo sé —dijo Nora—. No pasa nada. Se me dan bien las primeras impresiones.

*  *  *

Walt estaba sentado en un banco bajo un cerezo que ya había soltado las flores. Llevaba su albornoz azul encima de un polo y una gorra de los Ravens que le había regalado yo en Navidad. Nos miró bajar por el camino con la cara educada y curiosa que les pone ahora a todos.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días, Walt. —Me senté a un lado—. Soy Beckett. Esta es Nora.

—Beckett. —Lo probó—. Tenía un nieto que se llamaba Beckett.

—¿Sí?

—Portero. Bueno. Está en Canadá, por ahí. —Walt miró a Nora—. Y tú eres la Nora.

Se me olvidó respirar. Delante de nosotros, a Nora también.

—Soy una Nora —dijo—. Lo de la Nora no lo sé.

—Bueno, eres la que está aquí de pie. —Walt dio unas palmaditas en el banco, a su otro lado—. Siéntate. El banco está limpio. Lo he limpiado yo.

Se sentó. Abrí la nevera portátil y saqué el paquete de papel de aluminio, y el olor salió con él, mantequilla y arce y algo tostado, y vi cómo a Walt se le movía la nariz antes de que el resto de la cara se pusiera al día.

—Te he traído el desayuno —dije.

Cogió una tortita del montón con los dedos. No usó el tenedor que había mandado Rosa. Arrancó un trozo y se lo comió con los ojos medio cerrados.

—Arce —dijo—. En la masa.

—Sí.

—Ese es el truco de June. De mi mujer. —Me miró con los ojos entornados, desconfiado, como quien pilla a un carterista—. ¿Quién te lo ha enseñado?

—Tú.

Resopló.

—Yo no le enseño nada a nadie. Mi nieto tuvo que aprender a patinar solo, casi, yo me ponía en el estanque y le gritaba. —Se comió otro trozo—. Se cayó de culo unas cuatrocientas veces.

—Ella también se cayó —dije, y señalé a Nora—. El primer día. De espaldas, en el hielo, delante de una cámara.

Walt se volvió hacia Nora, encantado.

—¿De verdad?

—De verdad —dijo Nora—. Las piernas por un lado, los brazos por otro. Como una estrella de mar. No me había puesto unos patines en la vida.

—¿Nunca?

—Soy de Sacramento.

—Sacramento —dijo Walt, como si le hubiera dicho que era de la luna, y se rio.

La cabeza hacia atrás, el pecho entero. La grande, la de todos los inviernos de mi vida.

Nora se rio con él, con la mano en su brazo y la de él encima de la suya, y yo también me reí.

No pude evitarlo. Me salió de dentro igual que a él.

Su móvil se quedó en el bolsillo de atrás de los vaqueros. La otra mano no se movió hacia él ni una vez.

Más tarde, en la camioneta, se lo pregunté.

—Hay cosas que no son para nadie —dijo. Abrió una carpeta que se llamaba Pruebas y me puso once segundos de vídeo con el sonido alto. Una pista. Una chica de espaldas. Un tío con sudadera inclinándose sobre ella, riéndose.

En enero le había preguntado si lo había guardado. No me lo contestó nunca. Lo vi cuatro veces.

—Nunca lo publicaste —dije.

—No.

—Deberías. A la gente le gustaría.

—Ya sé que le gustaría —dijo Nora, y se guardó el móvil—. Por eso es mío.

*  *  *

Rosa me pilló en la puerta lateral mientras Nora traía la camioneta.

Tenía en la mano una cajita cuadrada, de terciopelo viejo pelado en las esquinas, con una etiqueta de inventario de cartulina atada con un cordel. Debajo, un sobre. BECK , en bolígrafo azul, con pulso firme. Las mayúsculas de Walt, las mismas de las notas de HE SALIDO A QUITAR NIEVE de la nevera.

—El joyero de June vino con él —dijo Rosa—.

En la caja fuerte de la oficina, a tu nombre.

Me lo dijo uno de los últimos días buenos.

Dijo que esto lo escribió en la mesa de la cocina en Birch Lake, el invierno antes de los médicos.

Dijo que cuando Beck trajera a alguien un domingo, le dijera que estaba ahí.

—Me lo puso en la mano—. Theresa lo firmó para sacarlo esta mañana.

Yo lo supe la primera vez que ella se sentó con él en el solario.

—Miró por detrás de mí hacia el jardín—.

Y, cariño, lo de la Nora. Lleva desde febrero llamando la Nora a todas las pelirrojas de este edificio.

A la doctora Pak también, y tiene sesenta y un años.

Una hoja del bloc de la ferretería Pruitt’s que colgaba junto a nuestro teléfono.

Tu abuela dijo que sí en el hielo antes de que yo terminara de arrodillarme. La tuya también lo dirá. No te pongas estupendo.

El anillo de June. Un aro fino de oro, una piedra pequeña. Antes destellaba cuando ella servía el café.

Al bolsillo interior de la chaqueta. Luego, las cuentas. Casi todos los años el estanque está bien a finales de noviembre. Siete meses para subirla a unos patines.

Fuera, Nora pitó dos veces y se asomó por la ventanilla del conductor.

—¡Shaw! ¡Estoy en doble fila en un carril de bomberos, y Rosa va a pensar que soy una delincuente!

—Ya le caes mejor que yo —dije, y salí a la camioneta.