Capítulo treinta y uno #2
Así que la que contó fui yo. Alguien tenía que hacerlo.
Lo empujé para tumbarlo bocarriba y le conté en voz alta las cicatrices de los hombros y del pecho, con la boca sobre cada una: la costura blanca de la cuchilla de un patín, la media luna del stick de alguien, el moratón nuevo.
Me dejó. Se quedó tumbado con los ojos cerrados y los puños apretados en la manta de cuadros, y llegué a nueve antes de que no pudiera más.
—Ven aquí —dijo—. Necesito tocarte.
Nos hizo rodar debajo de la manta, porque la habitación estaba helada y ninguno quería aire entre los dos. Bajó la mano entre mis piernas, sus dedos me encontraron mojada, y soltó el aire contra mi cuello como si llevara aguantándolo desde febrero.
—Mira eso —dijo, en voz baja.
—No puedes mirar nada, esa es la gracia de… —Me rodeó el clítoris con dos dedos y perdí el final de la frase en algún sitio de la manta.
—Dime dónde.
—Ahí. Un poco… sí. Ahí.
No hizo falta decírselo dos veces. Nunca hacía falta.
Siguió, paciente, el mismo círculo pequeño una y otra vez, hasta que tuve los dos puños clavados en la manta y no podía tener las caderas quietas.
Me metió dos dedos, poco a poco, los curvó hacia él y dijo: «Déjame oírlo», y le dejé oírlo.
Seguramente lo oyeron los vecinos de Luke.
Me dio igual. Me corrí fuerte y rápido contra su mano con la cara hundida en su hombro, y él me sostuvo mientras tanto, con la mano quieta, hasta que pude volver a respirar.
—Vale —dije, cuando pude—. Vale. Ahora. Te quiero dentro. Ya, Beckett.
—Sí —dijo.
Metí la mano entre los dos y lo guie, porque él no veía, y de eso se trataba. Entró despacio, tan despacio que lo sentí todo, y cuando estuvo dentro del todo se quedó quieto y me apretó la boca contra la sien, los dos temblando.
—Puedes moverte —susurré—. No me voy a ir a ninguna parte.
—Ya lo sé. —Seguía con los ojos cerrados—. Voy despacio para no perderme nada.
Eso casi acabó conmigo por sí solo.
Se movió. Embestidas largas y profundas, y la cama vieja crujía debajo de nosotros, y fuera las olas seguían, ajenas a todo.
Me pasó un brazo por debajo de la rodilla y me la subió, y el ángulo cambió y dije algo que no era una palabra.
Cada vez que empezaban a levantársele los párpados yo decía «No», y él se reía, bajito, contra mi oreja, y los volvía a cerrar y me daba más fuerte en vez de mirar.
—¿Así? —dijo.
—Así. Sigue… Luke se va a enterar de lo de esta cama, Luke me va a mirar en Acción de Gracias y…
Me apretó el clítoris con el pulgar, justo donde habían estado sus dedos, y Luke desapareció de mi cabeza por completo.
Tyler miraba el monitor mientras me besaba, para ver cómo quedaba. Beckett no comprobaba nada. Me sujetaba y mantenía los ojos cerrados porque se lo había pedido, y me dejó ser la única que le veía la cara: el ceño de concentración, la boca que se le abría cuando yo me apretaba alrededor de él.
Cuando volví a estar cerca se lo dije, y le dije que ya podía mirar, y abrió los ojos.
Era la cara de la mantequilla tostada. La había leído bien en enero y no me lo había creído.
—Ahí estás —dijo.
Me corrí con su nombre atascado en algún punto de la garganta y el puño en la manta de cuadros, en el cuarto de invitados de Luke Harlan, cosa por la que nunca iba a poder mirar a Luke a los ojos.
Él me siguió unas cuantas embestidas después, hundido hasta el fondo, con la cara en mi pelo.
Dijo «Quédate» dos veces, con la voz rota, y yo dije que sí las dos.
Nos quedamos así tumbados mientras el océano seguía a lo suyo. No se apartó. Se tapó con la manta y me tapó a mí, por encima de las cabezas, como dos críos en una cabaña de mantas.
—Ciento cuatro días —me dijo contra el cuello.
—Son más de las doce. Cuenta.
* * *
A las tres de la mañana estábamos sentados a la mesa de la cocina de Luke, en ropa interior y con un forro polar prestado, comiendo crema de cacahuete a cucharadas, cuando Beckett se levantó, salió descalzo a la camioneta y volvió con una servilleta de papel blanca.
Y un disco, con una tira de cinta blanca en la cara y las mayúsculas cuadradas de Pete: 25 ENE. 2-0 VAN. 34 PARADAS.
—Intenté darte esto en enero —dijo—. Tú no me quitabas los ojos de la cara.
La servilleta ponía Rosie’s en letra verde de caligrafía, en una esquina. Tenía los bordes arrugados.
—He ido todas las mañanas —dijo—. Me siento en nuestra mesa. Theo cree que necesito ayuda profesional.
—La necesitas.
—Probablemente. —Sacó un lápiz del cajón de los trastos, uno pequeñito de golf con CABAÑA DE LUKE NO ROBAR escrito a lo largo con rotulador, y alisó la servilleta entre los dos. Escribió 1. y se paró—. Te toca. Tú siempre ibas primero.
Cogí el lápiz. Escribí 1. Besos en público cuando sea. Avisar, opcional.
Él me lo quitó. 2. A la familia no se le miente. Lo subrayó.
—Esta se queda.
3. Sin fecha de fin. Mi letra. Me temblaba tanto la mano que el tres parecía un ocho.
4. (Beckett) Pregúntame lo que quieras. Te contestaré. Su letra. Apretó tanto que el lápiz rasgó un poco el papel en lo alto de la P.
Cogí el lápiz por última vez.
5. (Nora) Tortitas los domingos. Sirope de arce en la masa.
Lo leyó. Se rio, con la risa de mi móvil. Se tapó los ojos con la mano.
Firmamos abajo, los dos, B. Shaw y Nora Quinn , como en enero, solo que esta vez yo escribí la fecha debajo de mi nombre y dejé vacío el espacio de después.