Capítulo treinta y uno
Nora
Dana me había dicho al oído «Cuarenta minutos, vestuario, después de prensa», con la voz que usaba para convocar ruedas de prensa, y había añadido:
—Nora, si sales de este edificio antes de que él llegue hasta ti, le digo a Luis que te plaque. Lleva tiempo practicando.
Tardó más de una hora. Los jugadores tenían que hacer entrevistas, y después Halloran le dijo al equipo cuatro palabras que Jamie me recitó más tarde igual que un versículo de la Biblia.
Bien. Mañana, día libre. Después los chicos se marcharon en una manada ruidosa y húmeda hacia The Drop, donde Gwen había prometido alitas gratis a todo el que hubiera bloqueado un tiro.
Pete me dejó entrar a las once y veinte. Sujetó la puerta con un pie y no entró.
—Estaré en el cuarto del material —dijo—. Queda muy lejos. Además, estoy sordo. Selectivamente.
El vestuario de los Ravens olía como huele un vestuario de hockey después de un séptimo partido: a sudor, a goma caliente y a una pila de cajas de pizza que alguien había pedido para todos y que nadie había tocado.
La moqueta del centro tenía tejido el escudo del equipo, un cuervo negro con los ojos verdes, y yo sabía después de cuatro meses mirando que nadie lo pisaba nunca. Lo rodeé.
Beckett estaba sentado en su taquilla con una camiseta gris y pantalón de chándal, el pelo mojado de la ducha y la máscara en el regazo. Alguien, Pete seguramente, la había recogido del hielo. Le daba vueltas entre las manos y miraba un arañazo en la barbilla.
Se levantó al verme. Pareció no saber qué hacer después, así que se quedó ahí de pie con la máscara, muy alto y muy quieto, como si esperara a que le dijeran dónde ponerse.
—Hola —dije.
—Te ha dejado entrar Pete.
—Me ha dejado entrar Pete. Buen partido.
—Gracias. —Dejó la máscara en el estante de encima de su taquilla con las dos manos, con el cuidado de quien deja una bomba—. ¿Viste la parada del guante?
—Estaba justo detrás. La vi desde atrás. Daba pánico.
—Sí que lo daba. —Dio un paso hacia mí y se paró—. Nora, en tu escalón dije una parte. Hay más. Lo escribí, pero no tengo el papel, así que me va a salir desordenado.
—No pasa nada. En el porche lo hablaste todo tú. Yo me he hecho nueve horas de coche y sigo sin tener un orden para lo mío.
Soltó el aire por la nariz. Casi fue una risa.
—Cuando Tyler colgó ese clip —dijo—, les dije a siete periodistas que estaba cortado.
Esa parte fue fácil. Era verdad. —Miró al suelo, al cuervo—.
Luego me llamaste tú. A la una de la mañana.
Y yo te dije Era verdad y Buenas noches .
Tenía frases enteras para siete desconocidos y cuatro palabras para ti. Eso es lo que no puedo deshacer.
—Cassie me puso lo del vestuario tantas veces que ya sé imitarte la voz —dije—. Pregúntale al que lo cortó. Y luego te levantaste con las protecciones puestas como un edificio poniéndose de pie.
—Me costó un poco.
—Fue lo mejor que nadie hizo por mí en todo el mes. Y te llamé para decírtelo, y lo primero que me salió fue que no iba a volver. —Me sequé los ojos—. No te dejé mucho margen.
No me lo discutió.
—Tendría que haberte hablado del vídeo —dije—. El de Walt. No paraba de decir que esperaba el momento adecuado. Me daba miedo que me miraras como aquella noche en el loft.
—Te hice firmar una servilleta prometiendo no sacar el tema.
—Eso es verdad. Era una regla estúpida.
—Era mi regla.
—Ya lo sé. Por eso era estúpida. —Me limpié la nariz con la manga, con su camiseta, con la etiqueta todavía rascándome la nuca—. Siento no habértelo preguntado. Siento habérmelo guardado.
—Siento haber dicho que lo ibas a usar. —La voz se le puso áspera en la última palabra—.
Te sentaste con él. Dejaste que te llamara June.
Sabía cómo eras y lo dije igual. —Se paró y volvió a empezar—.
Y lo otro. Pues te equivocaste de tío. Quería que me dieras la razón, para poder dejar de esperarlo.
Nos quedamos de pie con el cuervo entre los dos. A lo lejos se oía una Zamboni.
—¿Qué dijiste? —me preguntó—. En el cristal. La primera vez. No lo pillé.
—Lo pillaste la segunda.
—Quiero estar seguro.
Rodeé el borde de la moqueta, por el camino largo, pasando por la taquilla de Theo y la pirámide de rollos de cinta de Jamie. Me paré delante de él. Tuve que echar la cabeza hacia atrás del todo.
—Que te quiero —dije—. Lo dije una segunda vez para que no pudieras hacer como que no lo habías visto.
Me puso las manos a los lados de la cara. Tenía los pulgares ásperos, y le temblaban.
—Te quiero —dijo Beckett—. Te quiero desde que lo llamaste cubo.
—Eso no es verdad.
—Lo es. Llevabas la cinta de la acreditación retorcida y del revés. —Bajó la cabeza hasta apoyar la frente en la mía—. Lo he contado. Te quiero desde hace ciento tres días.
Lo besé. No sé quién empezó. El beso sabía a Gatorade y a sal. En algún momento se me despegaron los pies del suelo y no me di cuenta hasta que me volvió a dejar en el borde del banco, y su máscara se cayó del estante, y ninguno de los dos la recogió.
* * *
Luke había dejado la llave debajo de la nasa de cangrejos, como había prometido en un mensaje que le mandó a Beckett desde el vestuario después del saludo y que decía Cabaña.
Id. Eran noventa minutos hasta Cannon Beach en la F-150, a oscuras por la carretera 26, con la calefacción a tope y mi mano en la suya sobre el asiento corrido, y Basil abandonado en el aparcamiento del personal para que se las apañara solo.
La cabaña estaba en un acantilado sobre la playa, con tejas de cedro que la sal había vuelto plateadas y una luz en el porche que se encendía sola. Cuando Beckett abrió la puerta, toda la casa olía a humo de leña y a libros de bolsillo viejos.
Encendió una lámpara. Se dio la vuelta.
—No tenemos que hacer nada —dijo—. Podemos dormir. Yo me quedo con el sofá.
—Beckett.
—Lo digo en serio. Te has hecho nueve horas de coche.
—Me he hecho nueve horas de coche —dije— y no me las he hecho para verte dormir en el sofá de Luke Harlan. —Le cogí la mano y se la puse en mi cintura, por debajo de la camiseta—. Te deseo. Esta noche. Ahora mismo. ¿Te parece bien?
Le subió y le bajó la nuez.
—Sí.
—Pues dilo en versión larga.
—Te deseo —dijo—. Te he deseado todas las noches durante cuatro semanas. Sí. Por favor.
Me besó, y no se pareció en nada al beso del vestuario.
Aquel había sido alivio. Este se tomaba su tiempo y pedía cosas, con la mano abierta en la parte baja de mi espalda para atraerme hacia él y la boca abriendo la mía.
Hice un ruido que me habría dado vergüenza en cualquier otro edificio.
Me sacó la camiseta por la cabeza y la dobló en un cuadrado, con las esquinas alineadas, y la dejó en el brazo del sofá, y me reí dentro de su boca.
—Es mi número —dijo—. Va a acabar en mi pared.
El cuarto de invitados de Luke tenía una manta de lana de cuadros rojos, una foto enmarcada de un barco de pesca y una ventana que alguien se había dejado abierta, así que toda la habitación estaba fría y llena del ruido de las olas. Beckett alargó la mano para cerrarla. Lo cogí del brazo.
—Déjala.
—Te vas a congelar.
—Pues no lo permitas.
Le quité la camiseta. Tenía un moratón reciente en la clavícula, morado en el centro, y cuando se lo apreté siseó, me cogió la muñeca y me besó la cara interna.
Me desabroché el sujetador y lo dejé caer.
Los pezones se me endurecieron con el aire frío, y él miró, y siguió mirando, con la luz de la lámpara que llegaba de la otra habitación.
Sus ojos volvieron a subir a mi cara y se quedaron ahí.
Yo sabía lo que estaba haciendo. Me había leído la cara desde la otra punta de la sala de jugadores, del aparcamiento y del cristal de la tribuna de prensa, comprobándola, esperando el momento en que resultara que todo era para una cámara.
Yo conocía esa mirada desde el otro lado.
Había vivido cuatro años con una lucecita roja, y en su cocina habíamos convertido en broma lo de comprobar la mía.
Esta noche no quería que comprobara nada.
Le tapé los ojos con la mano.
—Ciérralos —dije.
—Nora.
—Solo esta vez. No compruebes nada. Fíate sin mirar.
Sus pestañas se movieron contra mi palma y luego se quedaron quietas. Aparté la mano y él siguió con los ojos cerrados. Tenía la mandíbula tensa. Respiraba por la nariz.
—Vale —dijo—. ¿Y ahora qué?
—Ahora no puedes ver nada. —Le puse las manos en mis caderas—. Solo tienes que saberlo.
—Mandona.
—Te encanta.
—Sí —dijo, como si le hubiera preguntado la hora.
Antes de que ninguno de los dos pudiera ir más lejos, dije:
—Vale, cosa práctica: tomo la píldora, y me hice pruebas después de Tyler, que fue una tarde divertidísima, lloré en el aparcamiento de la clínica y una señora me dio una barrita de cereales…
—En enero —dijo, con los ojos cerrados—. Reconocimiento médico del equipo. No ha habido nadie desde que una chica llamó cubo a un disco. —Me movió los pulgares sobre los huesos de la cadera—. Por mí bien, si por ti también.
—Por mí bien.
—Entonces deja de hablar de barritas de cereales.
Me reí, y él encontró mi boca a la primera, cosa que yo habría atribuido a la suerte si no fuera porque lo volvió a hacer, y otra vez, bajando por la mandíbula y por el cuello, sin prisa, aprendiendo dónde estaba todo a base de tacto.
Cuando llegó a mi pecho se tomó su tiempo.
Me lamió el pezón y chupó, tan fuerte que lo agarré del pelo, y luego hizo lo mismo con el otro, y dejé de ser capaz de tenerme derecha.
Conseguí llevarnos a la cama. Le quité el pantalón de chándal, y los calzoncillos con él, y la tenía dura contra mi vientre, y cuando le rodeé la polla con la mano dijo mi nombre como si le hubiera pegado.
—Ojos cerrados —le recordé.
—Están cerrados. —La voz se le había vuelto grave y áspera—. Sigue haciendo eso y esto se acaba antes de tiempo.
—Te he visto jugar tres prórrogas. Tienes aguante.
—Para esto no. Para ti no.