Capítulo treinta
Beckett
Mediodía. Pechuga de pollo, ciento setenta gramos, a la plancha. Una taza de arroz blanco. Brócoli al vapor cuatro minutos, no cinco, porque a los cinco se pone gris y sabe a calcetín mojado.
Me lo había cocinado yo cada día de partido durante trece años.
Después, casi todo febrero y marzo, lo hizo Nora, y le ponía ralladura de limón al brócoli y decía que era un ingrediente aprobado, y yo me comía hasta el último bocado.
Hoy volví a cocinármelo yo en el loft, lo metí en el táper de la tapa azul rajada y me tumbé en el sofá de las doce y cuarenta a las dos y diez sin dormir.
Me quedé sentado en la camioneta mirándolo.
Hacía tres días, el escalón de su madre. Cuarenta minutos, y luego ella salió, se agarró a un poste del porche y no dijo ni una palabra. Cuarenta paradas en Denver sin saberlo. En el avión de vuelta decidí que no saberlo era el precio.
Salí y entré. Séptimo partido. No iba a ponerme a dar golpecitos en la ventanilla de su Honda con el traje de partido puesto.
A las cuatro comí en la sala de jugadores. Sabía a algo correcto y vacío, como una habitación de hotel. Agua tibia con limón. Dos vasos.
* * *
Pete estaba en el pasillo, delante del vestuario, con su carro de la ropa. Me miró a la cara y asintió una vez.
—Está aquí —dije.
—Tengo setenta años —dijo Pete—. No estoy ciego.
—¿Dónde está?
—No es asunto tuyo hasta las diez. —Pasó con el carro por mi lado—. Tienes un partido de hockey. Ve a ponerte las protecciones en el orden correcto, que luego me echas la culpa a mí.
Me puse las protecciones en el orden correcto. Coquilla, pantalón, patín izquierdo, patín derecho, peto, pad izquierdo, pad derecho. Igual desde Brandon. Pensé en el Honda cada dos correas.
Halloran entró a las seis y media. No da discursos. Dio uno en una final de conferencia hace tres temporadas y perdimos por cuatro.
—Sesenta minutos —dijo—. Igual más. Salid a jugar.
Jamie tenía cara de querer llorar de todas formas.
* * *
Calentamiento. Salí del túnel patinando hacia el ruido, y el Foundry eran diecisiete mil personas de negro y verde agitando toallas, un sonido tan grande que lo notabas en los dientes. Di mis vueltas. Estiré en el área, primero los aductores, y fui a mis postes.
Guante en Lefty. Blocker en Earl. Igual que todas las noches.
En el calentamiento empezaron a llegar discos y los paré. En el calentamiento lo paro todo. Si dejas entrar unos cuantos, empiezas a creértelo. Me incorporé y miré a través del cristal de detrás de la portería, como se hace para revisar la valla, y allí estaba ella.
Segunda fila. Detrás de mi portería. Los asientos de Dana, los que el club da a patrocinadores que nunca aparecen.
Llevaba mi camiseta, un 31 que debía de haberse comprado esa tarde en la tienda del equipo, porque todavía le colgaba la etiqueta por detrás del cuello.
Tenía el pelo mojado de la lluvia. Sujetaba contra el pecho, con las dos manos, una cartulina blanca escrita con rotulador negro grueso.
SÉ QUE ES UN DISCO.
Un disco me dio en el pecho. No me moví para pararlo. Cayó al hielo delante de mis patines, y Theo, que lo había tirado, gritó:
—¿ Hola ? ¿Shawzy? ¿Quieres el siguiente en los dientes, o te va bien con el pecho?
Me quedé ahí plantado. La cara se me había ido a alguna parte sin mí.
Arriba, en el videomarcador, la cámara del pabellón la encontró.
Siempre busca carteles en el calentamiento, los que dicen CÁSATE CONMIGO THEO con purpurina.
Su cara apareció sobre el centro de la pista, de casi cinco metros de alto, y la gente que tenía cerca empezó a vitorear, porque media Norteamérica había visto aparecer su nombre en letras blancas hacía cinco días.
Ella se vio en la pantalla. Puso el cartel bocabajo sobre las rodillas, cruzó las manos encima y miró al hielo.
En marzo le había contado lo que dijo mi madre. Se quedará mientras salgas en la tele. Cinco metros de ella en la tele, y se quedó sentada con las manos cruzadas hasta que la cámara se rindió y se fue a un crío con una cabeza de cuervo de gomaespuma.
Entonces le dio la vuelta al cartel y volvió a levantarlo. Para mí.
* * *
Los Denver Peaks tenían la mejor superioridad de la conferencia y un centro llamado Kristof Varga, el número 91, que llevaba nueve goles en los playoffs y al que le gustaba decir a los periodistas que veía dónde flojeaban los porteros.
Me había marcado dos en el quinto partido, los dos arriba, por el lado del blocker .
Me miró durante el saque neutral inicial y sonrió con el protector bucal puesto.
Primer periodo: doce tiros, doce paradas. Tres de Varga. Los esperé todos. Cuenta uno y luego muévete. Como le había dicho a un niño de diez años en Beaverton.
En el primer intermedio, Mikko Salo se agachó delante de mi taquilla, me miró los pies y dijo:
—Lo mismo otra vez.
Apuntó algo en su libreta y se fue a por café.
En el segundo periodo, a Theo le cayeron dos minutos por darle con el stick a uno que le había dado primero, y la superioridad de Denver saltó la valla, la mejor de la conferencia, con todo el pabellón en pie.
En inferioridad no se piensa. No se puede.
Cinco tíos moviendo el disco por los bordes de tu zona, cuatro de los tuyos persiguiéndolos, y tú deslizándote, de poste a poste, de Lefty a Earl, y el disco va más rápido de lo que giras la cabeza, así que lees los sticks.
Adónde apunta la pala. Adónde van las caderas.
Varga lo recibió en lo alto del círculo izquierdo, amagó el tiro y lo cruzó.
Un extremo de Denver tenía la portería vacía.
La mitad. Me impulsé desde Lefty con todo lo que me daban las piernas y tendí la pala del stick sobre el hielo, y el disco dio en la pala, salió disparado hacia arriba y cayó encima de mi portería y se quedó allí.
Oí el pabellón antes de ver nada. Luke lo despejó fuera de la zona. Theo salió del banquillo de castigo. Yo seguía tumbado de lado con la pala estirada y el corazón a golpes, mirando las luces del techo del Foundry. Si entrecierras los ojos, parecen las estrellas sobre el estanque de Birch Lake.
No miré a la segunda fila. Tenía ganas.
Final del segundo: cero a cero.
* * *
En el tercer periodo, el ruido se volvió fino y agudo, como cuando todo el mundo aguanta la respiración a la vez. Los dos equipos jugaban con miedo al disco. Nadie quería ser el que la liara.
En el 13:48, Luke Harlan fue el que la lio.
Theo lo subió por la derecha y se comió un golpe contra la valla que habría mandado al banquillo a casi cualquiera.
Conservó el disco. Lo tocó hacia atrás entre sus propios patines para Luke, que venía detrás de la jugada, y Luke no armó el brazo, no miró.
Disparó seco, bajo y al palo largo, y el portero de Denver ni se movió.
Uno a cero.
El pabellón se vino abajo. Jamie se subió a la espalda de Luke.
Theo seguía en el hielo donde le habían dado, tumbado bocarriba con los brazos estirados hacia el techo.
Desde la otra punta de la pista levanté el stick, y luego lo volví a bajar.
Quedaban seis minutos. He visto a muchos equipos perder un partido con seis minutos por delante.
Denver se nos echó encima. En el 15:20, Varga le dio a Earl con un tiro de muñeca entre un bosque de piernas que no vi hasta que sonó contra el poste y salió girando. Lo oí más que lo vi, ese tin limpio y agudo, y todo el pabellón ahogó un grito.
—Gracias —le dije a Earl. En voz alta. Mason, delante de mí, se giró y me miró como si se me hubiera ido la cabeza.
A dos minutos del final, Denver sacó al portero para meter un jugador más.
Seis de ellos, cinco de nosotros. Se instalaron en nuestra zona.
El disco recorría la valla y volvía a la línea azul y cruzaba y volvía.
Varga lo tenía otra vez en lo alto del círculo, el mismo sitio, la misma sonrisa.
No me moví. Conté uno. Tiró y lo paré con el pecho y lo atrapé, y sonó el silbato, y respiré por primera vez en lo que me pareció un minuto entero.
Cincuenta y un segundos.
Saque neutral en nuestra zona. Luke lo perdió. El disco volvió al defensa de Denver, que lo reventó entre tres cuerpos, y pegó en la espinilla de alguien y cambió de dirección, y lo perdí. Lo perdí del todo. Durante un segundo no estaba en ninguna parte.
Entonces lo vi en el área, a treinta centímetros de la línea de gol, entre mi patín izquierdo y Lefty, girando a cámara lenta sobre el canto, y un stick de Denver bajaba hacia él.
Me tiré. Barrí la línea con el stick, y Mason se lanzó delante de mí y se tumbó en el hielo como un hombre tirándose encima de una granada, y el stick de Denver le dio en el guante a Mason en vez de al disco.
El disco salió escupido. Alguien volvió a tirar.
No sé quién. Fui a por él con el guante, a ciegas, bocarriba, y noté cómo caía en la cesta, un peso pequeño y duro, y cerré la mano y no lo solté.
El silbato. Quedaban tres segundos. Saque neutral en nuestra zona. Esta vez Luke lo ganó y lo sacó contra el cristal hacia el centro.
Tres segundos no son nada, como mucho un tiro de golpeo desde el centro. Varga lo alcanzó en la línea roja y tiró igualmente, un disparo a lo loco con el disco botando, y lo vi venir de principio a fin y lo atrapé arriba, lado del guante. Por donde habían entrado los dos últimos contra Minnesota.
Sonó la bocina.
* * *
No me acuerdo de los diez primeros segundos de después.
Mason me contó más tarde que me arrodillé en el área y apoyé la frente en el hielo, y que me quedé así hasta que Jamie me cayó encima, y Theo, y todos, hasta que hubo diecinueve tíos amontonados encima de mí y no podía respirar y me daba igual.
Treinta y tres paradas. Portería a cero. En un séptimo partido.
Cuando me dejaron levantarme, no fui patinando al centro de la pista para la celebración. Me quité la máscara y la dejé caer al hielo detrás de mí, y no miré adónde iba. Cuatro mil dólares, pintada a mano. Pete ya me echaría la bronca después.
Patiné hasta el cristal de detrás de mi portería. Segunda fila.
Ella ya estaba de pie. Había bajado a la primera fila, pasando junto a un viejo con gorro de lana que se había apartado para dejarla pasar, y tenía las dos manos contra el cristal y la cartulina en el suelo a sus pies, y estaba llorando y riéndose, las dos cosas, como se había reído en el hielo en enero cuando se cayó.
Puse la mano en el cristal, sobre la suya. El cristal estaba frío y tenía casi tres centímetros de grosor, y notaba a través de él el ruido del pabellón.
La cámara nos encontró. Lo vi por el rabillo del ojo, mi propia cara en la pantalla sobre el centro de la pista, sudada y roja y con pinta de tonto, con el pelo pegado a la cabeza. No la miré. La miré a ella.
Walt se lo había dicho a una chica en el solario, y le estaba hablando a alguien que ya no estaba. La mía estaba aquí. Tres centímetros de cristal.
No me oía a través de él. Lo dije de todos modos, vocalizando mucho, para que pudiera leerme los labios.
—Has vuelto.
Se le descompuso la cara. Asintió. Me contestó algo, y no lo pillé, y lo repitió, más despacio, y esa vez sí.
Detrás de ella, Dana Okafor bajaba los escalones con una americana negra, hablando por una radio. Se le acercó al oído a Nora. Nora asintió dos veces.
Entonces Halloran me estaba gritando desde el banquillo, y Luke me tenía cogido por la espalda de la camiseta, porque tocaba el saludo, y había veinte jugadores de Denver esperando en el centro de la pista para darme la mano, y el saludo no te lo saltas, ni siquiera por esto.
Les di la mano a todos. Varga me abrazó y me dijo algo al oído sobre la parada del guante. Después de cada mano miraba por encima del hombro hacia el cristal, y al final de la fila ella ya no estaba.