Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo veintinueve #2
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Capítulo veintinueve #2

Bajó los escalones, siguió la valla metálica hasta un coche de alquiler aparcado junto a la acera y no volvió a mirar la casa. Yo sabía por qué. Me había contado lo del Pontiac.

Dentro, Cassie tenía la nariz pegada a la ventana, con las botas de tacos en la mano.

—Nos ha puesto los limones en fila —dijo—. Nunca nadie nos había puesto los limones en fila.

Mamá se le acercó por detrás con el café y miró cómo el coche giraba al final de la manzana.

—Bueno —dijo—. Se ha sentado en el escalón. Tu padre no se sentó en un escalón en su vida.

*  *  *

El sexto partido era el domingo en Denver: ganar o a casa.

Estrangulé un cojín durante dos periodos.

Beckett hizo cuarenta paradas, y Cassie las contó con los dedos, se quedó sin dedos y volvió a empezar.

A cuatro minutos del final, Jamie Kowalski marcó con un tiro desde la línea azul que tocó a tres personas por el camino, se cayó al celebrarlo y se quedó tumbado en el hielo muerto de risa mientras todo el pabellón le pitaba. Ravens 3-2.

Cassie puso la rueda de prensa en la tele, y yo no me fui del salón.

Beckett estaba sentado a la mesa con el pelo todavía mojado y Luke a su lado. Doug Kessler, el de la chaqueta de pana, le preguntó si la publicación había sido una estrategia antes de negociar su contrato. Beckett dijo:

—No.

Kessler le preguntó si la relación había sido real.

—La mía sí —dijo Beckett.

Kessler empezó con una repregunta y Beckett levantó una mano, sin malos modos, y el otro se calló.

—Una cosa —dijo Beckett. Miró directamente a la cámara del centro.

En ocho semanas de suplicárselo había conseguido que lo hiciera una vez, la semana en que se escondía de mí—.

Alguien me dijo que el color de uno de los clips es demasiado cálido.

Me han dicho que a ella le gustaría que dijera que lo sé.

Todos los periodistas de la sala se miraron entre ellos. En primera fila, Hazel Brooks, del Ledger , la del pelo corto que nunca le preguntaba nada a Beckett, apuntó algo y lo tachó.

—Eso es todo —dijo Beckett—. Siguiente pregunta.

Yo estaba de pie. No me acordaba de haberme levantado.

—Eso era un código —dijo Cassie, de rodillas en el sofá—. Eso era un código , Nora.

No sabía explicarlo. Una llamada al lado de un camión de tamales, la tontería más grande que se me ocurrió porque lo de verdad no cabía, y él se lo había llevado a Denver y lo había dicho a una cámara para que nadie en el mundo lo entendiera salvo yo.

El resto ya lo había dicho en nuestro porche.

Esta era la parte que podía decir en público.

—El séptimo partido es el martes —dije—. En Portland.

Mamá apareció en la puerta de la cocina con un trapo al hombro. Me miró a la cara y no me preguntó nada.

—Son nueve horas —dijo—. Si sales el martes a las cuatro de la mañana, a la una estás allí. Te preparo bocadillos.

*  *  *

Salí antes de las cuatro. Mamá estaba levantada en bata, haciendo bocadillos con los ojos medio cerrados, de pavo y cheddar con demasiada mostaza, los mismos de todos los viajes en coche desde que yo era pequeña.

Los metió en una bolsa con dos plátanos y un termo de café, y un sobre con doscientos dólares que intenté devolverle y no quiso coger.

Cassie salió en pijama con una cartulina enrollada bajo el brazo y un rotulador Sharpie negro y gordo entre los dientes.

—Te hace falta un cartel —dijo con el rotulador en la boca—. En los playoffs todo el mundo lleva cartel.

—No pienso hacer un cartel. Eso es para la cámara. Es justo lo contrario de lo que quiero.

—Pues haz uno que no sea para la cámara. —Me plantó la cartulina en las manos—. Haz uno que solo entienda él.

Me quedé en la cocina a las cuatro de la mañana con el rotulador. Lo pensé mucho rato, tanto que a mamá le dio tiempo a terminar los bocadillos y Cassie empezó a dar golpecitos con el pie.

Al final escribí cinco palabras, en mayúsculas de imprenta, tan grandes como cabían en la cartulina.

Cassie lo leyó del revés. Arrugó la cara.

—No lo pillo.

—Mejor —dije, y la enrollé.

*  *  *

Basil tardó menos de nueve horas. Paré una vez en Roseburg para hacer pis y otra en el arcén a las afueras de Eugene porque necesitaba llorar un minuto y no veía las líneas del carril.

Me comí los dos bocadillos antes de Medford.

Escuché un pódcast sobre la historia de la salsa picante y no podría decirte ni una sola cosa de lo que contaba.

Llegué a Portland un poco antes de la una. Aparqué en el aparcamiento del personal, detrás del Foundry, en mi plaza. Nadie la había ocupado en cuatro semanas.

Llovía, cómo no. Llevaba la cartulina enrollada debajo de la chaqueta e iba hacia la entrada del personal con la cabeza gacha, pensando tanto en qué diría si alguien me preguntaba quién era que me di de frente contra la puerta de cristal.

Sonó un bong grave y tembloroso. Di un paso atrás sujetándome la nariz.

Al otro lado, Luis levantó la vista del termo. Se rio tanto que tuvo que dejar el termo en la mesa. Empujó la puerta, se metió la mano en el bolsillo de la camisa y me tendió mi acreditación.

—¿Está aquí? —pregunté, con la mano en la cara.

—A las tres y media. Todos los días de partido. —Luis me miró la nariz—. Te da tiempo a buscar un poco de hielo para eso.