Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo veintinueve
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Capítulo veintinueve

Nora

Cassie lo vio primero, porque Cassie lo ve todo primero. Estaba tirada en el suelo del salón con el portátil y un bol de palomitas, y pasadas las nueve hizo el ruido de un muñeco de goma cuando lo pisas.

—Nora. Nora. Ya está subido.

Yo estaba en el fregadero lavando una olla que ya había lavado. Cerré el grifo. Me sequé las manos con un trapo, dedo a dedo.

—No puedes estar secándote las manos toda la vida —dijo mamá desde el sillón reclinable. Se había cogido la noche libre. Decía que era casualidad.

Me senté en el sofá. Cassie me puso el portátil en las rodillas y se subió a mi lado, y mamá se levantó del sillón y se sentó al otro lado, así que me quedé encajada entre las dos como me había quedado encajada en ese sofá desde que yo tenía diez años y Cassie era un bebé que olía a leche de fórmula.

Me sabía cada fotograma. Lo había montado yo en mi sofá en febrero, una noche y luego otra una semana después, con las luces apagadas para que la pantalla se viera bien.

El color del clip de Hillsboro seguía demasiado cálido. Me di cuenta. Ya sabía que me iba a dar cuenta.

Entonces el último plano de Walt se fundió, y donde debería haber estado mi cara apareció un fondo negro con letras blancas, en Helvetica, porque cómo no iba a ser Helvetica.

Lo leí. Cassie lo leyó en voz alta, entre dientes, medio segundo detrás de mí, como leía los subtítulos cuando era pequeña. Mamá me puso la mano en la rodilla y la dejó ahí.

Se llama Nora Quinn. Me equivoqué con ella.

Nadie dijo nada. En el portátil, el vídeo volvió a empezar, porque estaba en bucle, y la voz de Pete regresó sobre la entrada vacía de los jugadores: El chaval no lo sabía. ¿Cómo iba a saberlo?

—Bueno —dijo mamá por fin. Me quitó la mano de la rodilla y se secó los ojos con la base de la palma—. Sabe escribir.

—Eso lo ha reescrito muchas veces —dije—. Habrá destrozado un bloc entero.

Lo veía en la barra de la cocina del loft, en su taburete, arrancando hojas y doblándolas por la mitad, porque él lo dobla todo.

—¿Le vas a escribir? —preguntó Cassie.

—No.

— Nora.

—Esta noche no. —Cerré el portátil. Me temblaban las manos—. Él ha dicho su parte. Yo todavía no sé cuál es la mía.

Cassie se dejó caer contra los cojines como si le hubiera pegado un tiro. Mamá se levantó, se fue a la cocina y se puso a hacerme un huevo.

Pasadas las dos de la madrugada, tumbada en la cama de mi infancia bajo el póster de una boy band que se había separado en 2016, abrí la cuenta que tenía una sola publicación y le di a Seguir .

No escribí nada. Vi cómo el botón se volvía gris.

Metí el móvil debajo de la almohada y dormí seis horas seguidas por primera vez en tres semanas.

*  *  *

A las ocho y veinte del viernes estaba sentada a la mesa de la cocina en pijama, con el archivo de Danny abierto y un café enfriándose junto al portátil.

No llamé a Dana. Dana me diría que esperara a los abogados, y tendría razón, y yo llevaba esperando desde el día siete.

No lo recorté. No le puse música. Lo subí a mi propia cuenta, los dos minutos y catorce segundos enteros, alarma de humo incluida, y escribí cuatro líneas debajo.

Este es el clip entero de aquella noche de julio. La versión que circula empieza dos palabras tarde y se corta a la mitad. Dije «Tyler cree». Después dije lo que creo yo, y lo sigo creyendo. Gracias a Danny Ochoa, que llevaba el sonido en Two Forks y guardó el archivo.

Sin hashtags. No etiqueté a Tyler. No lo llamé nada, y tenía unas cuantas cosas guardadas para llamarlo.

A las ocho y treinta y uno le di al botón, me fui al fogón y quemé una tostada, esta vez sin querer.

Cassie entró a las ocho y cuarenta, lo leyó en mi móvil por encima de mi hombro y abrió su portátil.

Se metió en sus borradores, encontró los cuarenta tuits y los borró delante de mí de un solo gesto, como un mago que te enseña que el sombrero está vacío.

Compartió mi publicación con cuatro palabras. mi hermana. qué esperabais.

Hearth & Brass sacó un comunicado de dos líneas antes de las diez sobre «poner fin a su colaboración con un creador».

A mediodía el clip sin cortar tenía más visualizaciones que el recortado, y unos cuantos hombres hechos y derechos, que ni conocían a Tyler, se habían puesto a escribirle a mi hermana de dieciséis años de todos modos, porque había puesto su nombre al lado del mío.

Me pasé la tarde a su lado en el suelo, poniéndole la cuenta en privado y bloqueándolos uno a uno mientras ella leía los peores en voz alta con voz de locutora de radio.

El vídeo llegó a nueve millones de visualizaciones en cuatro días.

Lo recogieron todos los programas de deportes de Norteamérica, y la mitad de los magacines matinales.

Una presentadora de Nueva York lloró en directo y luego hizo como que no.

El viernes por la tarde alguien había averiguado que Walt conducía quitanieves en las afueras de Birch Lake y había desenterrado una foto de periódico de 1987 en la que salía junto a una máquina con un cigarro detrás de la oreja.

Esa también corrió, con el nombre completo de Walt debajo, y a mí se me revolvió el estómago al verla y todavía no habría sabido decirte por qué.

La madre de Owen Pratt publicó una foto. Era un programa del partido, arrugado por la mitad, con algo escrito a mano en la portada. Espera y luego déjate caer. No etiquetó a nadie. Escribió: Vino. Sin cámaras. Es todo lo que vamos a decir.

Yo no publiqué nada más. Debajo de mi último vídeo antes del clip, el de Beckett comiéndose un huevo relleno que le había hecho yo con la concentración que reserva para los mano a mano, todos los comentarios nuevos decían alguna versión de vuelve.

Tyler me escribió a las once y dos, una hora después que Hearth & Brass.

¡Hola, desaparecida! ¡¡Qué semanita llevas!! Me encantaría tomar un café y hablar de una colaboración, creo que nuestras audiencias conectarían un montón ahora mismo. Sin presión.

Lo leí en la mesa de la cocina. Se lo enseñé a Cassie, que soltó una palabra por la que mamá la habría castigado.

Lo bloqueé, borré la conversación y me comí un bol entero de fresas por primera vez en una semana, de pie junto a la encimera, mientras Cassie escribía BLOQUEAR A TYLER: 10/10 en la pizarra blanca y lo subrayaba cuatro veces.

SmileCrest Family Dental me mandó un correo esa tarde para decirme que Chompy había decidido tomar otro rumbo. Lo imprimí y lo pegué en la nevera, al lado de la pizarra de notas.

*  *  *

Denver ganó el quinto partido esa noche, 4-2, dos goles en superioridad y uno que rebotó en el stick de Theo. Cassie lo vio sin los auriculares por primera vez.

—Han perdido —dijo—. Pero míralo. Está esperando. Ya no adivina.

Yo lo vi desde la puerta de la cocina con una sartén que llevaba seca dos periodos.

*  *  *

El sábado por la mañana, a las nueve y media, Cassie bajó por el pasillo con las botas de tacos puestas y la bolsa al hombro, abrió la puerta para irse al entrenamiento y se paró en seco.

—Eh —dijo—. ¿Nora? Hay un portero en nuestro porche.

Yo estaba en el fogón. Mamá estaba a la mesa con el uniforme del hospital, a dos horas de haber salido de un turno de noche, sujetando un café que no se había bebido. Ninguna de las dos se movió. Apagué el fuego y fui a la puerta, y Cassie se pegó a la pared para dejarme pasar.

Beckett estaba sentado en el escalón de arriba, de espaldas a la casa.

Sudadera gris, la gorra de la Co-op de Birch Lake, los codos en las rodillas.

Al limonero se le habían caído dos limones junto a sus zapatillas y él los había puesto en fila, uno al lado del otro.

No se dio la vuelta enseguida. Cuando lo hizo, se levantó, y el porche se quedó pequeño.

—Estás en Sacramento —dije, que era la frase más estúpida posible.

—Vuelo de las seis y cuarenta. —Siguió con las manos en el bolsillo de la sudadera—. Anoche fui a ver a Halloran. Me preguntó adónde. Se lo dije. Me miró unos cinco segundos y me dijo: «A las cuatro, en el avión».

—¿Cuánto llevas aquí fuera?

—Cuarenta minutos.

—Podrías haber llamado.

—Ya. —Miró los limones y luego a mí—. No quería que tuvieras que abrir la puerta. Quería que pudieras no abrirla.

Detrás de mí, la casa estaba tan en silencio que oía la nevera.

—No he venido a pedirte que vuelvas —dijo—.

Lo digo primero, para que lo demás no sea una trampa.

He venido a pedirte perdón. A la cara. Por lo del dinero.

Te comparé con ella. Con mi madre. Sabías lo que había dicho de las cámaras, porque te lo había contado yo, y aun así lo usé contra ti.

Fue lo peor que dije esa noche. Lo supe mientras me salía.

—Miró los limones—. Las doce veces. Quedarme mirando cómo te ibas cuando me pediste que no lo hiciera.

—Se le tensó la mandíbula como en enero—.

Y Riverbend. Ayer apareció uno con el móvil en la mano preguntando por el abuelo del portero.

Rosa lo paró en recepción. Theresa me llamó.

Eso también es mío. Saqué la cara de Walt ahí fuera y alguien vino a buscarlo.

Se acabó guardarme lo malo en la camioneta.

Me agarré al poste del porche. La pintura se me quedó en la palma.

—Tres semanas en esa camioneta —dijo—. Delante de Rosie’s.

Delante del Foundry. Delante de tu edificio en Sellwood el martes por la noche, que no hace falta que lo sepas.

No hice nada. Walt me contó una historia.

A lo mejor se la inventó. Fue en coche hasta Dauphin, se plantó en el escalón y estuvo hablando hasta que June salió.

—Soltó el aire—. Ya no voy a esperar en la camioneta.

Puedes venir el martes o no venir. Tenías que oírmelo a mí, aquí. No a través de una pantalla.

No dije nada. No encontraba la primera palabra. Todo lo que tenía estaba atascado detrás de la que quería decir, y no se la iba a dar en un porche con mi madre escuchando.

Él asintió como si le hubiera contestado algo. Cogió uno de los limones, lo miró y lo dejó en la barandilla.

—Tengo un avión —dijo.