Epílogo
Nora
Cuatro días antes de Navidad, The Drop estaba tan lleno de Ravens que Gwen había colgado en la puerta un cartel que decía FIESTA PRIVADA. LARGO. OS QUEREMOS .
Era la fiesta de Navidad del equipo y también, según Jamie, una fiesta para mí, porque esa mañana habían renovado Ravens in the Kitchen para una segunda temporada. Había colgado encima de la barra una pancarta que decía FELCIDADES NORA , sin una I. Nadie se lo dijo.
Cassie había venido en avión a pasar el fin de semana y le estaba sacando el dinero a Mason a los dardos.
UC Davis la había vuelto a invitar a una visita en primavera, y ella se lo había contado al bar entero, a Gwen dos veces.
Jamie tenía que jugar contra la ganadora y no paraba de saltarse el turno.
Lila, la hermana pequeña de Luke, había venido en coche desde Astoria y estaba sentada en el borde de la mesa de billar, y Luke miraba cómo Jamie la miraba.
Dana se quedó veinticinco minutos exactos, me dio dos besos, me dijo que más me valía que en la segunda temporada saliera más Anders, y se fue.
Al final de la barra, Hazel Brooks, del Ledger , tenía un portátil abierto y un whisky que no había tocado.
Yo leo pantallas como otra gente parpadea: notas, no enviar , y arriba del todo, Marchetti: rápido, ruidoso, desaparecido en el tercer periodo.
Theo, subido a una silla en la otra punta del local, le dedicó su sonrisa de cámara.
Ella borró una línea y escribió otra más cruel.
Me llevé un taco de servilletas a nuestra mesa. Beckett me había guardado la silla con el abrigo y estaba sentado muy recto, como se sienta cuando esconde algo en el cajón de los calcetines.
Había encontrado la caja de terciopelo en noviembre, buscando unos calcetines de lana suyos para robárselos.
Había cerrado el cajón y no lo había vuelto a abrir, y no se lo había contado a nadie salvo a Cassie, que se pasó tanto rato gritando que los vecinos de Sacramento llamaron a mi madre.
Él ya había hecho una sola maleta para los dos de cara a Manitoba, con tres días de antelación, y no me dejaba mirar dentro.
—¿Qué? —dijo.
—Nada —dije, y le robé una patata del plato.
* * *
Birch Lake, Manitoba, el veinticinco de diciembre, estaba a diecinueve bajo cero, y se me pusieron las pestañas blancas en el trayecto desde la camioneta.
—Dijiste que haría un frío seco —le dije a Beckett, a través de tres capas de bufanda.
—Es un frío seco.
—Seco es un vino, Beckett. Esto es la escena de un crimen.
Se rio. Ahora se ríe mucho, tanto que Theo ha empezado a decir que es un problema médico. Todavía la tiene oxidada, pero las bisagras funcionan.
La liga les da a los jugadores tres días libres en Navidad, y Beckett se había pasado el primero arrastrándome a un vuelo de las seis de la mañana a Winnipeg, y luego tres horas hacia el norte en una Silverado de alquiler con unos asientos calefactables con los que preferiría casarme, entre campos tan planos y tan blancos que perdí de vista dónde se acababa el suelo.
Birch Lake resultó ser un cruce con cuatro señales de stop, una Co-op con dos surtidores, una iglesia, una ferretería que todavía tenía PRUITT’S pintado en un lateral, aunque hacía años que la llevaban los Dueck, y una pista de hockey con un cartel delante que decía AQUÍ EMPEZÓ BECKETT SHAW #31 en letras que alguien había pintado a mano.
—Lo pusieron después del vídeo —dijo cuando pasamos por delante—. Les pedí que lo quitaran.
—¿Y lo quitaron?
—La señora Dueck me dijo que no y me vendió una pala.
Ahora llevaba la pala al hombro, mientras bajábamos desde la carretera entre los abedules, por detrás de una casita gris con el porche hundido.
La antigua casa de Walt. Allí vivía ahora una familia que se llamaba Thiessen y nos había dicho que podíamos usar el estanque, siempre que Beckett le firmara una camiseta a su hijo, que llevaba esperando en la ventana desde el desayuno con la cara pegada al cristal.
El estanque era más pequeño de lo que me había imaginado.
Más pequeño que una cancha de baloncesto, rodeado de abedules con la corteza blanca contra la nieve blanca, así que todo parecía un boceto a lápiz que alguien hubiera dejado a medias.
Donde el viento lo había barrido, el hielo era blanco y granulado, con aguanieve vieja congelada dentro, como la superficie de una crème brûlée a la que nadie le hubiera pasado el soplete.
—Walt lo limpiaba todos los años —dijo Beckett—.
El primer sábado que aguantaba la camioneta.
Dos pasadas con la pala de la quitanieves y luego el resto a mano.
—Se puso a palear, una línea larga y recta por el centro—.
Yo patinaba hasta que dejaba de sentir los pies.
Él se ponía justo ahí. —Señaló con la pala un tocón en la orilla—. Y gritaba.
—¿Qué gritaba?
—«Levántate». Casi siempre.
Me senté en el tocón de Walt y me até los patines.
Ahora eran míos. Blancos, del treinta y ocho, comprados en septiembre en la tienda del Westside Ice Center, donde me había pasado diez sábados por la mañana ese otoño aprendiendo a patinar con un portero de once años que se llamaba Owen Pratt y que era un entrenador estricto y despiadado.
Su corrección principal había sido Deja de mirarte los pies .
La segunda, Tu novio te está mirando otra vez. Es raro.
Beckett sí que miraba. Venía a todas las clases y se sentaba en lo alto de las gradas con su gorra de la Co-op. La madre de Owen empezó a llevarle café.
Terminó de despejar un rectángulo en unos veinte minutos, sudando debajo de la parka, y se sentó en la orilla y se puso sus patines, a la antigua, rápido, sin mirar.
—¿Lista? —dijo.
—Define «lista».
Me tendió la mano. Se la cogí, tiró de mí para levantarme y pisamos el hielo juntos.
No me caí. Apúntalo en algún sitio. Me di impulso como me había enseñado Owen, rodillas flexionadas, peso hacia delante, la vista arriba, y me deslicé.
Despacio, y en una línea que no era del todo recta, pero me deslicé por el estanque de Walt Shaw la mañana de Navidad, con el aliento haciendo nubes y los abedules crujiendo con el viento, y Beckett patinó de espaldas delante de mí todo el rato, con las manos extendidas, listo para cogerme, sonriendo como un crío.
—Mírate —dijo.
—No me estoy mirando a mí. Te estoy mirando a ti. Owen me dijo que no me mirara los pies.
—Owen es buen entrenador.
—Owen me contó que le preguntaste si yo estaba preparada para el hielo al aire libre. En octubre.
Dejó de patinar. Yo no paré, porque todavía no había aprendido a hacerlo, no con seguridad, y me fui rodando derecha contra su pecho y él me cogió por los codos.
—Eso no tenía que contártelo —dijo Beckett.
—Tiene once años. Me lo cuenta todo. Me contó que lloraste en el partido de los Tides en noviembre.
—Fue un disco en la cara.
—Fue una chica cantando el himno con un ukelele.
Volvió a reírse, y el aliento le salió blanco entre los dos, y me miró desde arriba con esa cara, el acantilado con la grieta que lo atraviesa, y vi cómo la grieta se ensanchaba.
Entonces me soltó los codos y empezó a hincar una rodilla.
Lo sabía desde noviembre. Lo sabía desde el cajón de los calcetines, y desde la maleta única, y desde que el hijo de los Thiessen había señalado el estanque desde su ventana y le había levantado a Beckett los dos pulgares a través del cristal. Y aun así no tenía ni idea de qué hacer con mi cara.
Su rodilla ni siquiera había llegado al hielo cuando lo dije.
—Sí.
Se paró a medio camino, una rodilla doblada, un guante quitado, la mano en el bolsillo de la parka.
—Todavía no te he preguntado nada.
—Me vas a preguntar algo. —Ya estaba llorando. Las lágrimas se notaban calientes durante un segundo y luego se me congelaban en las mejillas—. Sí.
—Nora. Déjame hacerlo bien.
—Lo estás haciendo bien. Sí.
Me miró desde abajo, y se estaba riendo, y tenía los ojos húmedos y escarcha en las pestañas.
—Me dijo que harías esto —dijo Beckett—. Walt. Me dijo que June dijo que sí antes de que él terminara de arrodillarse. Lo escribió en una nota. «No te pongas estupendo», me dijo.
—Pues no te pongas.
No se puso. Sacó la caja del bolsillo y la abrió, y dentro había un aro fino de oro con un diamante pequeño, gastado por detrás, donde otra mujer lo había llevado cuarenta y cuatro años, sirviendo café en aquella casa gris de la cuesta. Me lo tendió con la mano desnuda temblando de frío.
—Cásate conmigo —dijo.
—Ya te he dicho que sí tres veces.
—Esta la cuento aparte.
Me quité la manopla. Me puso el anillo en el dedo, y me quedaba un poco grande, y dijo que lo arreglaríamos, y yo le dije que no, todavía no, que lo quería exactamente así durante un tiempo.
Se puso de pie y me levantó del hielo, con patines y todo, y me dio vueltas en círculo en el estanque de Walt, y yo grité, y en algún sitio allá arriba, en la casa gris, un niño de diez años aporreaba una ventana y aplaudía.
Cuando me dejó en el suelo, me caí. De espaldas. Las piernas en dos direcciones, como una estrella de mar.
Se quedó de pie encima de mí sin que se le moviera un músculo de la cara.
Entonces se rio, la grande, doblado con las manos en las rodillas, la risa de la carpeta de mi móvil. Me quedé allí tumbada en el hielo riéndome con él, y no fui a por el móvil. Tenía las manos ocupadas. Levanté la izquierda hacia el cielo y miré el anillo contra todo aquel blanco.
Llamamos a Walt desde su tocón, por videollamada, con Desmond sujetando la tableta, porque Rosa estaba en casa con sus nietos y Desmond se había cambiado al turno de día para esto.
Walt estaba en su sillón con el andador aparcado al lado.
No sabía quiénes éramos. Beckett le dijo nuestros nombres, y que estábamos en Birch Lake, y Walt nos saludó con la cabeza a los dos, educado, con el mismo gesto que le hace a Desmond todas las noches.
Miró por detrás de nosotros, a los abedules y al estanque, y le cambió la cara entera.
—Eso es Manitoba —dijo—. Se nota. La luz es distinta. —Se acercó a la pantalla, tanto que solo le veíamos los ojos y la visera de la gorra—. Dile a ese estanque que le mando saludos.