Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

Beckett

Seis goles en veintinueve tiros.

El primero, un desvío en el slot . Nada que hacer. El segundo, a través de una pantalla. El tercero lo vi venir desde el principio y me moví tarde.

Halloran pidió tiempo muerto después del tercero, a los nueve minutos. No dibujó nada. Se inclinó sobre el banquillo y dijo:

—Borrón y cuenta nueva.

En el pabellón sonaba una canción sobre un tractor.

El cuarto no lo vi. Estaba mirando una cristalera de la tribuna de prensa donde ya no se sentaba nadie.

El quinto y el sexto, lado del guante, arriba. Me lo dijo Anders después. Mi lado del guante. El lado que se me da bien.

Perdiendo por cinco y con diez minutos por jugar, cualquier entrenador de la liga saca a su portero para guardarlo para el siguiente partido. Halloran se quedó de brazos cruzados y me dejó dentro. Anders tuvo la máscara en la rodilla todo el rato. Era lo justo. El desastre lo había montado yo.

—Aguanta conmigo —le dije a Earl en el tiempo muerto de la tele.

Earl aguantó. El sexto le dio a Lefty en el canto interior y entró, un tin limpio que oyó todo el pabellón, y el público hizo el ruido que hacen diecisiete mil personas cuando dejan de estar enfadadas y empiezan a tenerte lástima. Habría preferido el enfado.

*  *  *

El vestuario después de una derrota así suena como la sala de espera de un hospital. Patines que se quitan. Cinta que se arranca. El móvil de alguien vibrando en una balda y nadie que lo coja.

Theo, que una vez contó un chiste mientras el fisio le cosía el labio, se desató los patines sin decir palabra.

Jamie estaba sentado en su taquilla y no dejaba de mirarme de reojo, así que me quedé mirando el suelo hasta que paró.

Luke esperó a que casi todos estuvieran en las duchas. Se sentó a mi lado en el banco y me dejó estar callado. Eso se le da bien. Por eso lleva la C de capitán.

—Un partido —dijo—. Vamos uno a uno.

—Sé cómo va.

—¿Seguro? —Se puso a rascar la cinta del stick—. Porque has jugado como si estuvieras viendo otro.

No contesté.

—No te voy a preguntar —dijo Luke—. Te voy a decir que la cabaña está vacía. La llave está debajo de la nasa de cangrejos junto a los escalones de atrás, por si necesitas ir a algún sitio que no sea tu loft. Ese sitio tiene eco, Becks. Es como vivir en un aparcamiento subterráneo con un sofá.

—No necesito la cabaña.

—Yo pasé allí una semana cuando tenía veintidós años. Ruby, una chica de casa, de Astoria, me dijo que dejara de llamarla, así que me senté en el porche a ver bajar y subir la marea hasta que me aburrí. Tardé seis días. —Se levantó—. Muy recomendable. Llévate tu café. El mío es más viejo que Jamie.

Me puso la mano en la nuca un segundo, como hacía Walt en el estanque cuando yo tenía siete años y me había caído por cuadragésima vez, y se fue a duchar.

Después entraron los periodistas, cuando el vestuario se había vaciado lo bastante como para que no pudiera esconderme detrás de nadie. Siete. Una derrota de primera ronda en abril suele traer tres. Se plantaron delante de mi taquilla con los móviles por delante.

—¿Qué ha pasado esta noche, Beckett?

—Tengo que hacerlo mejor.

—¿Hay algo fuera de la pista que esté…?

—Próximo partido.

Uno de un blog se asomó desde atrás.

—Desde anoche circula un clip de Nora Quinn. «El amor en internet es contenido». ¿Lo has visto? ¿Era eso lo que había entre vosotros?

Lo había visto. Una vez, a las seis de esa mañana, en la camioneta, en el aparcamiento de los jugadores, sin sonido. No me hacía falta el sonido. Su boca hacía eso que hace cuando imita la voz de otro. La de Theo. La de Gary, el de patrocinios. La de cualquiera que le parezca idiota.

—Ese clip está cortado —dije—. No dijo lo que parece que dijo.

—¿Cómo lo sabes?

—Pregúntale al que lo cortó.

Me levanté. Todavía llevaba las protecciones, así que me costó un rato, y lo apuntaron todo. Me metí en la sala del fisio, cerré la puerta y me senté en la camilla con los patines colgando por el borde hasta que Raj me dijo que se habían ido.

Cuando volví a salir, vino Mikko Salo, con la libreta en el bolsillo del pantalón de chándal, y se quedó de pie delante de mí.

—Vídeo, a las diez —dijo—. Desde el segundo llevabas los pies tarde. —Me miró un poco más—. Primero duerme.

No dormí. Me quedé sentado en la taquilla con el equipo puesto hasta casi medianoche. Pete pasó dos veces con un carro de ropa sucia y las dos veces me dejó en paz.

*  *  *

Desmond me abrió la puerta lateral de Riverbend a las doce y media, con el crucigrama doblado en el bolsillo de la camisa y las gafas de leer subidas a la cabeza.

—Está despierto —dijo—. No se ha dormido. Ha visto el partido.

—¿Lo ha visto?

—El primer periodo, en la sala común, antes de acostarse.

Me lo ha contado Rosa en el cambio de turno.

No paraba de decirle al señor Delgado: «Ese es mi nieto».

—Desmond sujetaba la puerta con la espalda—.

Luego dijo: «Ese chaval está apoyado en los talones», y el señor Delgado le dijo que se callara.

Eso casi me sacó una risa. Casi.

Walt estaba en el sillón junto a la ventana, con el albornoz azul que tenía desde hacía veinte años.

La tele estaba apagada. Las farolas del aparcamiento entraban a rayas por las persianas, y tenía una baraja en la mesita, con un solitario puesto, rojo sobre negro, como en la mesa de la cocina de Birch Lake mientras la quitanieves se calentaba en el patio.

Levantó la vista. La mayoría de las noches veo cómo le pasa en la cara: el medio segundo en que busca quién soy y le sale otra persona. Un conductor de quitanieves con el que trabajó en 1979. Su hermano. Un médico.

Esta noche me miró y se le aclararon los ojos, como un cristal recién limpiado.

—Beck —dijo.

Me senté en el borde de su cama, porque las piernas no me sostenían.

—Hola, abuelo.

—Estabas sobre los talones.

—Ya.

—Siempre te pones sobre los talones cuando estás pensando en otra cosa. —Pasó un siete rojo sobre un ocho negro—. Tu abuela decía que yo conducía la quitanieves así. Pensando en la comida. La metí en una cuneta en el 82.

—Me acuerdo de la cuneta.

—No habías nacido.

—Me la contabas todos los inviernos.

Resopló. Dio la vuelta a otra carta, una jota, y se quedó mirándola demasiado rato. Me preparé para que me perdiera.

—¿Dónde está la chica? —preguntó.

No le pregunté qué chica. Solo había traído a una chica a esta habitación.

En febrero se había sentado a su lado en el solario y había dejado que la llamara June.

Después me había cogido la mano en la camioneta mientras le hablaba de mi madre.

En marzo, en mi sofá, con una bolsa de hielo, le conté el resto.

—Se ha ido —dije.

—¿Adónde?

—A Sacramento. Dana dice que dos semanas. —Miré las cartas—. Le dije cosas.

Walt dejó la jota. Ahora le temblaban un poco las manos. Treinta y un años en la Seis con una quitanieves de doce toneladas. Atándome los patines todos los sábados hasta que supe hacerlo solo. El teléfono, el día que cumplí nueve años, cuando mi madre llamó para decir que al final no podía venir.

—June se fue una vez a casa de su hermana —dijo Walt—. A Brandon. No. A Dauphin, su hermana vivía entonces en Dauphin. —Frunció el ceño mirando la jota—. Dije algo de su madre. En la cena. Se llevó el Ford.

Había oído lo del alce cien veces. Esta no la había oído nunca.

—Tres días —dijo Walt—. Me quedé sentado en la cocina. Hice tortitas. Me las comí todas. Me sentaron como un tiro. —Se rio de eso, una risa corta, y luego la perdió por algún sitio—. No sabía cómo arreglarlo. Solo sabía hacer tortitas.

—¿Y qué hiciste?

—Conduje hasta allí. Las carreteras estaban cortadas pasado Gilbert Plains, fui igual.

Llamé a la puerta. —Me dio dos golpecitos en la rodilla con dos dedos, como los que daba en el salpicadero antes de un recorrido largo—.

Su hermana dijo que no estaba en casa. June gritó desde la cocina que sí estaba, solo que no pensaba hablar conmigo.

Así que hablé yo. Me quedé en el escalón hablando, se enteró toda la calle.

June no me lo habría perdonado nunca si me hubiera quedado esperando en la camioneta.

—Volvió a coger la jota, le dio la vuelta y se la volvió a dar—.

O ese era Harvey. La que se marchó a Dauphin fue la mujer de Harvey.

No. —Negó con la cabeza mirando la carta, como si le hubiera mentido—.

Hacía frío, de todos modos. Me acuerdo de que hacía frío.

Bajó la vista al solitario. Cuando volvió a levantarla, el cristal se había empañado. Me sonrió, educado, con la sonrisa que le pones a un desconocido en el autobús.

—¿Eres el nuevo del turno de noche? —preguntó—. Rosa dijo que vendría uno nuevo de noche.

—Sí —dije—. Soy el nuevo del turno de noche.

—Bien. El anterior hacía trampas al cribbage .

Me quedé hasta que se durmió en el sillón, poco después de la una. Desmond trajo una manta, se la puse sobre las rodillas, salí a la camioneta, me senté al volante y no arranqué.

A la una y veinte se iluminó el móvil en el asiento del copiloto. Nora.

Sonó tres veces antes de que consiguiera que la mano me obedeciera.

—No te llamo para volver —dijo. Sin hola. Hablaba bajito, para no despertar a la casa que tenía detrás.

—Lo sé.

—Cassie ha encontrado lo del vestuario. Lo del bloguero. Me lo ha puesto dos veces. —Algo crujió al otro lado, una mosquitera o un escalón—. Quería darte las gracias. Por esa parte.

—Era verdad.

—Ya sé que era verdad. La gente no dice las cosas por eso.

No tenía nada que contestar a eso. Sobre la puerta lateral de Riverbend había una luz, con polillas, en abril.

—Has encajado seis —dijo.

—Sí.

—Cassie dice que el cuarto fue culpa mía. Dice que estabas mirando la tribuna de prensa.

—El cuarto fue mío.

Soltó el aire. Podría haber sido una risa. Detrás de ella había un aspersor en marcha, tic, tic, tic, dando la vuelta larga.

—¿Dónde estás?

—En Riverbend. En el aparcamiento. Está dormido.

Estuvo tanto rato sin decir nada que miré la pantalla.

—¿Te ha…? —Se calló.

—Me ha reconocido. Diez minutos, quizá.

—Qué bien —dijo, y se le quebró la voz—. Qué bien, Beckett.

Todo lo que tenía estaba conmigo en la camioneta. Nada de eso era para un teléfono a la una de la mañana, con ella diciendo, lo primero de todo, que no iba a volver. La había oído. No pensaba hacer que lo dijera dos veces.

—Debería dejarte dormir —dijo.

—No estoy durmiendo.

—Yo tampoco. —Una pausa—. Buenas noches.

—Buenas noches.

Colgó ella primero.

Había tenido dos años de días buenos para preguntarle cosas a Walt. Si mi madre llamó de verdad desde Elko. Si él le colgó. No le había preguntado ninguna, y ahora me tocaba lo que él me diera, en el orden en que le viniera.

Puede que June nunca fuera a Dauphin. Puede que Harvey nunca tuviera mujer.

Daba igual. El hombre que me crio se había plantado en un escalón, con frío, y había hablado hasta que alguien salió.

O eso creía él. Esta noche se me había abierto una puerta sola, y yo había dicho Era verdad y Buenas noches .

Las farolas del aparcamiento se apagaron a las dos. Me fui a casa.

*  *  *

El cuarto del material de Pete está debajo de la grada norte del Foundry, pasado el garaje de la Zamboni, y huele a chispas de afilar patines, a Lysol y al café que lleva haciendo en la misma Mr. Coffee desde 1998. Fui allí a las siete de la mañana siguiente porque allí no me iba a mirar nadie.

Pete estaba afilando las cuchillas de Jamie. No paró.

—Seis —dijo.

—Lo sé.

—Lado del guante, los dos últimos.

—Lo sé, Pete.

Terminó la cuchilla, la levantó a contraluz y miró a lo largo del filo. La dejó en la mesa y apagó la muela, y el cuarto se quedó en silencio salvo por la Mr. Coffee.

—Eres idiota —dijo.

Pete les ha dicho idiotas a miembros del Salón de la Fama. Una vez le dijo a Halloran, delante de todo el vestuario, que su corbata parecía un accidente de tráfico.

No le discutí.

—Siéntate. —Señaló un taburete y me senté—. Ese vídeo. Crees que fue ella a buscarlo.

No contesté, y eso ya era contestar.

—No fue. En febrero estaba aquí abajo grabándome las manos y hablé yo. Yo estuve aquella noche. Se lo conté. —Se limpió las palmas en el delantal—. Lloró en ese taburete. Dijo que tenías que ser tú quien decidiera. Dijo que era como tener un extintor en la cocina.

—No me lo contó.

—Le hiciste firmar una servilleta.

Me miré las manos. Tenía un corte en dos nudillos que no recordaba haberme hecho. Seguramente con el sexto gol. Seguramente le había pegado al larguero después.

Pete me tiró un tubo de pomada a la rodilla.

—Échate eso. Se te va a infectar y le vas a echar la culpa al guante.

Metió la mano debajo de la mesa y volvió a sacarla con un pendrive gris en un llavero con forma de sartén diminuta.

—Vino la mañana que se marchó —dijo—. Dijo que había borrado su copia delante de ti. Esta la llevaba en la bolsa todo el tiempo. Dijo que no fue capaz de sacarla. La noche antes de irse le puso algo al final. Solo si lo pedías. —Me lo tendió—. No lo pediste. Me cansé de esperar.

Lo cogí. La sartén estaba caliente de su bolsillo.

Después abrió el cajón de arriba del armario y me puso en la otra mano una hoja de papel doblada en cuatro, blanda por los pliegues. Un portero dibujado con palitos con un 31 en el pecho. GRACIAS POR EL STICK. ESPERO QUE TU ABUELO ESTÉ BIEN. OWEN.

—Tendría que habértelo dado en enero —dijo Pete.

*  *  *

No fui a la taquilla. Subí a las oficinas de medios, en la tercera planta, donde todavía no había llegado nadie, y encontré su mesa por la taza robada de Rosie’s que ya no estaba y el cerco de polvo donde solía estar.

El monitor estaba apagado. Pegado al borde de abajo, con una esquina curvada, había un pósit amarillo.

DISCO.

Se lo había llevado todo. Esto lo había dejado.

Me senté en su silla. Era demasiado baja para mí y las rodillas me sobresalían por encima de la mesa. Encendí el monitor, enchufé la sartén en el lateral del ordenador y se abrió una carpeta con un único archivo.

VERDAD_v4_PARA_B.mov

La versión cuatro. La tres la había visto una vez, en un taburete a su lado, y luego había dicho las peores cosas que le he dicho nunca a nadie. Me sabía cada fotograma. El final era nuevo.

Me puse los auriculares que colgaban del monitor.

Le di al play. Lo vi todo otra vez de todos modos: el aparcamiento, la voz de Pete sobre la entrada vacía de los jugadores, el campus infantil de Hillsboro con el color tan cálido que todos los críos de la pista parecían quemados por el sol, y al final los veinte segundos de Walt riéndose de lo de la leñera, el mejor sonido que conozco.

La pantalla se puso en blanco y apareció ella, en su estudio, sin maquillar, con el pelo recogido en un moño atravesado por un lápiz.

—Hola —dijo Nora a la cámara—. Si estás viendo esto, o lo has pedido o Pete ha cedido. Así que, para empezar, siento no haberte preguntado.