Capítulo veinticinco #2
El clip era nuestra cocina de J Street, los azulejos blancos que había rejuntado yo misma, las cazuelas de cobre que nos regaló una marca que quebró seis meses después. Tenía veinticuatro años. Llevaba flequillo. Error garrafal. Tenía una copa de vino en la mano y miraba a cámara con media sonrisa.
—El amor en internet es contenido —decía yo, en el clip—. Lo emplatas, lo iluminas, lo publicas.
Texto: recordando cuando era sincera 🍑
Esa cuenta no la seguía nadie. A las once menos veinte, un agregador deportivo con nueve millones de seguidores lo recogió con el texto ay, no , y alguien lo montó al lado de Beckett en su taquilla en febrero, Es lo mejor que le ha pasado a este equipo , con un emoji de payaso.
Cassie fue bajando. #ShutoutScam era tendencia en Canadá.
El comentario más votado decía el pobre está ahí enamorándose y ella haciendo UN NÚMERO , y le cerré el portátil a mi hermana encima de los dedos.
—Ay.
—Perdón.
Me acordaba de la noche en que lo grabamos.
Podría haber señalado el punto exacto de la encimera.
Era julio. En la cena, con una botella de rosado que nos había mandado una marca, Tyler había dicho que el amor en internet era contenido, y lo había dicho dándoselas de listo.
Más tarde encendió la cámara para grabar recursos de mí aclarando copas, se rio y dijo: «Diles lo que he dicho, cuéntales mi filosofía», y yo me giré hacia el objetivo y dije: « Tyler cree que el amor en internet es contenido.
Lo emplatas, lo iluminas, lo publicas». Y luego: «Me parece lo más triste que he oído en mi vida.
Prefiero quemar tostadas con alguien donde no grabe nadie».
Había cortado las dos primeras palabras y toda la segunda mitad.
Yo no tenía el archivo en bruto. Todavía tengo el disco duro , me había escrito en marzo. 1100 h de bruto. Lo había bloqueado y había creído que ahí se acababa todo. Mil cien horas de mí, y había encontrado los cuatro segundos que sonaban a lo peor que nadie podía decir de mí esa semana.
* * *
Lo desbloqueé a las once y veinte y lo llamé desde el escalón de atrás, en calcetines, bajo el limonero.
Lo cogió al primer tono.
—¡Nor!
—Lo has cortado.
—Lo he editado . Es el trabajo. Tú me enseñaste a abrir con lo más fuerte, cariño. Empieza por el gancho.
—Dije Tyler cree . Dije que era lo más triste que había oído en mi vida.
—Ya, bueno. —Se oyó el hielo moverse en un vaso—. Nadie ve la segunda mitad de nada.
—Quítalo.
—Va por los dos millones. Hearth & Brass me ha escrito hace una hora.
Me quieren para primavera. —Le cambió la voz—.
Te ofrecí el reencuentro, Nora. A medias.
Me bloqueaste. Luego tu equipo de hockey te presenta como si fueras una primera ronda del draft , yo te felicito como un adulto, ¿y sabes qué me ponían en los comentarios?
¿Dónde está Tyler? Cuatro años. Me cortaste como una toma mala.
—Así que tú me has cortado a mí.
—He publicado algo que dijiste. —Pasó a la voz que usaba con los responsables de marca, cálida como un baño—. Ve a llorarle a tu portero. Ah, espera. ¿Ese habla?
Colgué. Me temblaban tanto las manos que se me cayó el móvil en la hierba, y cuando lo encontré había un limón al lado, abierto, con las hormigas ya trabajando en él.
Cuando volví a entrar, Cassie estaba en el sofá con el portátil abierto otra vez y la mandíbula apretada igual que mamá.
—He escrito un hilo —dijo—. Mientras estabas fuera. Cuarenta tuits. Tengo los correos de las contraseñas, los que le reenviaste a mamá. La sala de espera de la endocrina. La KitchenAid. Todo.
—No lo publiques.
—Nora, él…
—Sé lo que ha hecho. —Me senté a su lado—. Cass. Si publicas eso, luego van a por ti. Tu equipo, tu instituto, tu brazo. No pienso entregarte.
—¿Y vas a dejar que se salga con la suya?
—No. —No sabía que iba a decirlo hasta que lo dije—. Esto me toca a mí.
Me miró un buen rato, como mira a una defensa que está decidiendo hacia dónde tirar. Guardó el hilo en borradores, giró la pantalla para que la viera hacerlo y cerró la tapa.
—Vale —dijo—. Pero más te vale hacer algo de verdad. Si no, lo saco de borradores.
A la una de la mañana tenía cuatrocientas solicitudes de mensaje.
No las abrí. Una era de Danny Ochoa. La vista previa decía hola, era el de la pértiga de sonido en Two Forks aquel verano, creo que igual todavía tengo y ahí se cortaba, y no la toqué.
Esa semana todo el mundo igual todavía tenía algo.
Dana me escribió a las seis y dos. Jurídico dice que es una tergiversación denunciable. La carta sale hoy. No publiques, no contestes, no grabes un vídeo llorando en el coche. Estás de permiso. Compórtate como tal.
* * *
La séptima noche, mamá estaba trabajando y Cassie entró en la cocina a las diez con el pelo envuelto en una toalla.
—Haz tortitas —dijo.
—Son las diez de la noche.
—Tengo dieciséis años. Mi cuerpo es un templo. Haz tortitas.
Así que hice tortitas. Saqué la harina, la levadura y los huevos, y medí sin pensar, como cuando vuelves a casa conduciendo y no recuerdas ninguna curva.
Batí. Metí la mano en el armario de encima de los fogones, bajé la botella de sirope de arce y eché una cucharada en la masa antes de darme cuenta de lo que hacía.
Me quedé ahí con la cuchara en la mano.
La receta de Walt. Una cucharada de sirope en la masa, para que los bordes se doraran y quedaran crujientes antes de que cuajara el centro.
Beckett las había hecho en su loft una mañana de marzo, con una cuchara sopera porque no tenía cuchara medidora, y dijo que esa cucharada era lo que las hacía nuestras.
No lo grabé. Le dije con la boca llena que pensaba contárselo a internet, y luego no lo hice.
—Nora —dijo Cassie—. La sartén está echando humo.
Apagué el fuego. Dejé la cuchara en la encimera y rodó, y ninguna de las dos la cogió.
—Estoy enamorada de él —dije.
Cassie se quitó la toalla de la cabeza y empezó a secarse el pelo con ella sin ninguna prisa, con toda la noche por delante.
—Ya.
—Lo digo en serio.
—Lo sé. Mamá y yo teníamos una apuesta. Yo dije el catorce de febrero. Ella dijo marzo.
—¿Habéis apostado sobre mí?
—Veinte dólares. Técnicamente gana ella, porque no lo has admitido hasta ahora, pero voy a defender que la kiss cam cuenta. —Colgó la toalla en una silla—. ¿Él lo sabe?
—No sé qué sabe. —Me limpié la cara con el dorso de la muñeca y me manché la mejilla de harina—. Creía que iba a usar a su abuelo. Me lo dijo. A la cara. Y me enfadé tanto que le devolví la servilleta.
—¿La servilleta del contrato?
—Se la di sin más, Cass. En un aparcamiento. Como un tique.
Cassie rodeó la encimera, cogió la cuchara, la limpió en su camiseta, qué asco, y echó la primera tortita en la sartén. Chisporroteó.
—¿Ibas a usar a su abuelo?
—No.
—¿Se lo dijiste?
—Se lo grité.
—Gritarlo no es decirlo. El entrenador Pham lo dice en todos los entrenamientos. —Le dio la vuelta a la tortita. Le había salido perfecta, dorada por los bordes, crujiente—. ¿Te dijo que te quería?
—No.
—¿Y tú a él?
—No.
—Tía, en serio. ¿O sea que los dos dejasteis de hablaros sin más? —Pasó la tortita a un plato y me lo empujó—. Qué tontería. Es literalmente lo más tonto que he oído en mi vida, y eso que voy al instituto. Come.
Comí. Sabía a su cocina. Cassie hizo cuatro más y se comió tres de pie junto a la encimera.
—Del uno al diez, le pongo un seis —le dijo a nadie, y se pinchó la insulina a través de la camiseta, y no dijo ni una palabra más sobre sus niveles. La quise muchísimo por eso.
Se fue al salón y encendió la tele.
—Cass.
—Es el segundo partido —dijo—. Primera ronda, Minnesota. El lunes ganaron. No tienes por qué verlo.
Mi intención era quedarme en la cocina. En lugar de eso, me quedé en el marco de la puerta con el plato en la mano.
El Foundry parecía enorme en una pantalla de cincuenta pulgadas del Costco, negro y verde, con el público agitando toallas.
El marcador estaba en una esquina. Minnesota 3, Portland 0, a los nueve minutos del primer periodo.
La cámara encontró a Beckett en el área.
Se había subido la máscara a lo alto de la cabeza y se había echado un chorro de agua en la boca, y bajo los focos tenía la cara gris.
Echó la cabeza hacia atrás y miró hacia la tribuna de prensa, hacia la cristalera alargada del otro lado, donde estaba mi silla. Se quedó mirando un buen rato.
En el siguiente cambio, un extremo de Minnesota entró solo desde la línea azul, y Beckett todavía iba medio paso tarde para volver al poste cuando el disco entró.