Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Beckett

Uno de abril. Theo no le gastó ninguna broma a nadie.

Así se enteró el vestuario. Todos los años desde que lo subieron al primer equipo, Theo había hecho algo el día de los inocentes, que allí cae el uno de abril: film transparente sobre la taquilla de Mason, el coche de Jamie lleno de bolitas de corcho blanco, una gallina viva en el despacho del entrenador Halloran de la que nadie habla.

Este año entró, se sentó, le puso cinta al stick y no le dijo nada a nadie durante una hora.

Jamie no paraba de mirarlo desde el otro lado del vestuario.

Me comí el pollo con arroz y brócoli a las cuatro. El mismo taburete. El mismo táper. Llegué a nueve bocados de pollo y dejé el tenedor. Me lo había comido entero antes de cada partido durante trece años, incluido el del día después de que Walt entrara en Riverbend.

El limón del agua era un gajo. Lo había cortado yo y lo había cortado mal. Me la bebí igual.

*  *  *

Pete me pilló en el cuarto del material a las 5:30. Había entrado a por los patines. Estaba junto a la afiladora con el delantal puesto y mis patines en el banco, y no me los dio.

—Hijo —dijo—. Sobre esa chica.

—No.

—Esto vas a querer oírlo.

—Esta noche no.

—¿Y cuándo? —Dejó el patín que tenía en la mano—. Llevas dos días aquí afilando cuchillas que ya había afilado yo. Te vas a cargar los cantos.

—Pete. Por favor.

Me miró por encima de las gafas de leer. Cogió mis patines y me los dio, cuchillas por delante, como siempre, para que los cogiera por la bota.

—Walt me dejaría terminar —dijo.

—Walt no sabe en qué año estamos.

Me salió más cruel de lo que quería. Pete se lo tragó sin moverse. Me había aguantado cosas peores en mi primera temporada, cuando tenía veintidós años y rompía cosas.

—Walt sabía que merecía la pena quedarse a tu lado —dijo Pete, y volvió a la muela.

Cogí los patines y me fui. No le di las gracias. Llevaba siete años dándole las gracias a Pete todos los días de partido.

*  *  *

El cámara se había colocado al final del banquillo durante el calentamiento.

Era uno de los de Jessa Lin, con un forro polar negro de All Access , un soporte de hombro y un objetivo largo apuntando a mi área. Cuando pasé patinando me levantó el pulgar. La luz roja de la cámara estaba encendida.

Me paré en la valla y la miré. No dije nada. No me hizo falta. Luke siguió mi mirada, patinó hasta la puerta del banquillo y se apoyó en ella.

—Eh, tío —le dijo al cámara, simpático como un camarero—. Estás en el sitio de Mason. Mason es muy maniático con eso. Al último que se puso ahí no lo hemos vuelto a encontrar.

El cámara se rio. Luke no. Al cabo de un segundo bajó el soporte, se apagó la luz roja y el tío se fue por el túnel. Luke se separó de la puerta y volvió con su línea como si hubiera estado ajustándose una correa.

Dana bajó cuatro minutos después. Miró el extremo vacío del banquillo y luego a mí.

—Que conste —dijo— que no lo he mandado yo.

—Lo sé.

—¿Ah, sí? —Me sostuvo la mirada un buen rato—. Porque no tengo claro que ahora mismo sepas gran cosa.

Volvió a subir. Patiné hasta el área y di un golpecito en el poste izquierdo y luego en el derecho.

—Lefty. Earl.

En cada partido desde enero les había hablado de ella. El pasillo. El cubo. Seattle, el suelo, las tres de la mañana. Esta noche, nada.

*  *  *

Ganamos a Vancouver 4-2. Paré treinta y uno de treinta y tres.

El primer gol en contra fue un desvío en el stick de Luke.

El segundo, un tiro de muñeca limpio, a la escuadra, lado del guante, y lo habría parado cualquier otra noche de la temporada.

Lo vi entrar y fui a por la botella de agua igual que después de un tiro de entrenamiento.

En el primer periodo no levanté la vista hacia la tribuna de prensa. En el segundo tampoco. En el tercero, a falta de seis minutos y con el partido ganado, miré.

Tercera ventana por la izquierda. Su silla, vacía. Alguien había dejado un abrigo encima.

El del Ledger estaba sentado al lado comiendo palomitas de una barquita de papel.

*  *  *

El aparcamiento de jugadores del Foundry está medio bajo tierra, una planta de hormigón con el río a un lado y una fila de luces amarillas que zumban.

A las 10:40 olía a cemento mojado y a tubo de escape, y la lluvia entraba de lado bajo el voladizo del fondo.

Aparqué en el mismo sitio en el que había aparcado el 14 de febrero.

Había aparcado allí en todos los partidos desde entonces.

No me había dado cuenta hasta esa noche.

Basil estaba al otro lado de la separación, en la fila del personal, donde había estado en febrero. Nora estaba de pie a su lado con un chubasquero verde, la cremallera subida hasta la barbilla y las manos en los bolsillos.

Me bajé de la camioneta. Me quedé junto a la trasera de la camioneta.

Ella se quedó junto a su parachoques. Unos seis metros de hormigón mojado entre los dos, más o menos.

En febrero habíamos estado en este mismo sitio con el beso todavía en la boca de los dos y nos habíamos dicho buen partido y conduce con cuidado y nos habíamos metido cada uno en su coche.

—Buen partido —dijo.

—Gracias.

—Lo he visto desde la escalera. Jessa quería una cámara cerca de nosotros. No quería estar en la tribuna para eso. —Miró la rampa—. En el segundo has tenido mala suerte.

—No ha sido mala suerte. Lo he fallado.

—Tú nunca fallas por el lado del guante.

—Esta noche lo he fallado.

Miró al suelo. Bajó un coche por la rampa, uno de los fisios, y los faros le barrieron la cara, y desapareció y nos quedamos solos con el zumbido de las luces.

—Anoche vi lo de la kiss cam —dije—. Doce veces.

Levantó la vista.

—En el móvil. En la cocina. —Metí las manos en los bolsillos del abrigo—. Cierras los ojos a los tres segundos. Nadie cierra los ojos para una cámara. Y después no la buscaste. Me miraste a mí.

Algo le cruzó la cara, rápido. Apartó la mirada hacia el río.

—¿Entonces por qué lo dijiste? —preguntó—. Lo del dinero. A la cara. Sabías lo que iba a provocar. Dijiste justo lo único que me haría irme.

—Lo sé.

—¿Por qué?

—Me enseñaste a Walt en un portátil —dije—. Luego Dana. Jessa. Les dijiste que a él no con él en el regazo. Yo solo podía pensar en qué harías con él después. A quién se lo darías. —Me paré. No era todo—. Y mi madre.

—Sé lo que dijo tu madre. Me lo contaste en tu sofá.

—Te conté lo que dijo. No te conté que llevaba tiempo esperándolo. —Miré el río en vez de mirarla a ella—. Cuando cerraste mi puerta, durante una hora más o menos casi me alegré.

La lluvia golpeaba el hormigón más allá del voladizo. Nora seguía con las manos en los bolsillos.

—Te alegraste —dijo.

—Por lo menos sabría cómo acababa.

Se rio. No fue una buena risa. Se apretó la base de la mano debajo de un ojo.

—No debería haber ido a ver a Pete —dijo—.

Me pediste una cosa y encontré la manera de darle la vuelta, y me dije que no pasaba nada porque era por ti.

Eso es lo que decía Tyler. Es por nosotros, Nor.

—Cogió aire—. Siento haberlo hecho a tus espaldas.

Y lo de Walt. —Tuvo que parar—. Dijiste solo para nosotros, y aun así lo metí en una línea de tiempo.

No lo vio nadie, pero eso no lo arregla. Es lo que más siento.

—No debería haberte dicho eso. Lo del dinero. A la cara.

—No. —Miró el río—. Pero en parte lo decías en serio.

No contesté a eso. Tenía razón, y no le iba a mentir en un aparcamiento.

—Doce veces —dijo.

—¿Qué?

—Lo viste doce veces. Para ver si estaba fingiendo.

—Para ver si no.

—¿Y eso es distinto? —Le subió la voz y se le quebró—. ¿Lo es? Porque desde aquí parece lo mismo.

—Nora.

—Tyler lo comprobaba. Cada vídeo. Si sonreía bien, si parecía lo bastante feliz, repítelo. —Se secó la cara con la manga—. No voy a volver a pasar por eso. No puedo. No pienso hacer un casting para ti.

—No te pido que hagas ningún casting.

—No te fías de mí cuando la cámara está apagada. No te fías. Tu madre dijo que me iría cuando dejaran de grabar y tú pensaste: sí. Seguramente. —Esperó—. Dime que no.

Abrí la boca. No había nada verdadero dentro que pudiera ayudar, y ella me miró mientras me daba cuenta.

—Ya —dijo.

Abrió la cremallera del bolsillo del chubasquero. Sacó un cuadrado de papel doblado en cuatro, blando y gris en los pliegues, cruzó los seis metros de hormigón y me lo tendió.

Supe lo que era antes de que llegara. Lo habría sabido a oscuras.

—Regla tres —dijo—. Ruptura amistosa en abril. —Lo mantuvo tendido hasta que lo cogí. Tenía los dedos fríos—. Estamos en abril.

—Nora.

—Esta es la parte amistosa. —Sonrió. La sonrisa le tembló—. Qué amistosos somos. Míranos.

—Yo no quiero…

—Lo sé. Yo tampoco. —Dio un paso atrás—. No basta. No sé por qué no basta.

Se dio la vuelta, fue hasta Basil y abrió la puerta. Se paró con una mano en el techo y me miró por encima.

—No me mires mientras me voy —dijo—. ¿Vale? Me contaste lo del Pontiac. No tienes por qué volver a hacerlo.

Se metió dentro. Se encendieron los faros y el testigo del motor, naranja a través del parabrisas. Dio marcha atrás y giró hacia la rampa.

La miré mientras se iba.

Miré a Basil subir la rampa, con un piloto trasero un poco más apagado que el otro porque nunca había cambiado la bombilla.

La miré girar arriba. La miré todo el rato hasta que la rampa se la tragó y ya no la veía, y después seguí mirando la rampa vacía.

Lo mismo había hecho a los ocho años, desde un porche de Birch Lake, todo un invierno.

*  *  *

Me quedé en la camioneta con el motor en marcha, la calefacción a tope y la servilleta en la rodilla. Tardé mucho en abrirla. Luego la abrí.

El logo de Rosie’s en la esquina, una tacita de café echando vapor.

La mancha de grasa. Su letra, redonda y demasiado grande.

1. Nada de besos en público sin avisar. 2.

A la familia no se le miente. 3. Ruptura amistosa en abril.

La mía abajo, en mayúsculas de imprenta.

4. NUNCA PREGUNTES POR EL VÍDEO. Mi firma debajo de la suya, y el 31.

Debajo de mi línea había una quinta. Tinta azul reciente, más oscura que el morado desteñido, con su letra apretada tan fuerte que había hundido el papel.

5. (Nora) Iba a preguntártelo yo primero.

La leí a la luz amarilla hasta que las palabras dejaron de parecer palabras.

Me lo había dicho en mi cocina, con los zapatos apretados contra el pecho. Iba a preguntarte si. Y yo le había dicho no . Llevaba dos días parando todo lo que me lanzaba, y esa única frase no la había dejado pasar.

Doblé la servilleta por sus pliegues y la guardé en el bolsillo interior del abrigo. Arriba, en la rampa, el coche del fisio volvió a bajar a por algo que alguien se había olvidado y subió otra vez.

Iba a preguntarte si. Si podía publicarlo. Si quería verlo. Si quería borrarlo con ella. Si podía quedarse después de abril.

No era capaz de quedarme con una.