Capítulo veintitrés
Nora
Volví a casa desde el Pearl en calcetines, con los zapatos en el asiento del copiloto y la calefacción apuntándome a los pies. En casa me senté en el sofá con el abrigo puesto hasta las dos. Después me tumbé en la cama con el abrigo puesto hasta las cinco, y luego me rendí.
Lo que no dejaba de oír no era te equivocaste de tío . Era Ella por lo menos me pidió el dinero a la cara . Dos semanas antes me había contado lo que su madre había dicho de mí. Anoche él mismo me había sentado al lado de su madre, en su propia cocina.
A las seis y media me puse unos vaqueros limpios y el chubasquero verde y me fui al trabajo, porque tenía un contrato indefinido con la tinta seca desde hacía diecinueve días y un rodaje el martes en el calendario, y porque si me quedaba en el estudio, el radiador y yo íbamos a acabar teniendo una conversación.
Le escribí a Jamie desde el aparcamiento del personal. ¿Dejamos los pierogi de hoy para otro día? Perdona. Me ha surgido algo.
tranqui!! mi madre dice que te mejores. lo nota por el mensaje. es así
* * *
Dana vino a mi mesa a las 8:20. Dana no va a las mesas. Las mesas van a Dana.
Traía un café en cada mano y dejó uno junto a mi teclado. Con leche de avena, sin azúcar. Nunca le había dicho cómo lo tomaba.
No llevaba pendientes. En tres meses no la había visto nunca sin un par: sticks de hockey dorados y pequeñitos los días de partido, tréboles esmaltados por San Patricio, unas calabazas diminutas que siguió llevando hasta marzo porque nadie era capaz de impedírselo.
Hoy, nada. Los lóbulos se le veían desnudos y jóvenes.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí.
—Llevas el chubasquero puesto en la oficina.
Me miré. Era verdad. Cerrado hasta la barbilla.
—Héctor dice que Beckett estaba en el hielo a las seis menos diez —dijo Dana, más bajo—.
Sin tiradores. Estuvo hora y media con la máquina de lanzar discos y no le dijo ni una palabra a Mikko cuando llegó Mikko.
Mikko no le dice nada a nadie, así que si Mikko se ha dado cuenta, es que era grave.
—Acercó la silla vacía de la mesa de al lado y se sentó.
Ahora estaba a mi altura—. No te pido contenido. Te pregunto si ha pasado algo.
—Nos hemos peleado.
—Anoche.
—Sí.
Asintió sin prisa, como quien ve confirmada la previsión del tiempo.
—¿Te ha hecho daño?
—No. —Y luego, porque seguía mirándome—: No de esa manera.
Soltó el aire.
—Llevo diecinueve años haciendo esto. Los jugadores rompen con gente.
La gente rompe con jugadores. No he visto ni una sola vez que eso ayude al porcentaje de paradas, y tampoco he visto que ayude a la persona que no está en el hielo.
Por esa nadie pregunta. —Dio un golpecito en la tapa de mi café—. Así que pregunto yo.
—Gracias.
—No me des las gracias. Me he despertado a las cuatro y me he quedado ahí tumbada pensando en vosotros dos, y eso no entra en mis funciones. —Se levantó y devolvió la silla exactamente a donde estaba—. Jessa te va a escribir. Hoy no le vas a contestar.
—No pensaba hacerlo.
—Bien. Bébete eso. Tienes pinta de haber dormido con ese abrigo.
Había dormido con él.
* * *
El correo de Jessa llegó a las 10:05.
Nora, el borrador del arco que te mandé anoche es un borrador, léelo así, por favor.
También tengo que preguntarte, porque la cadena me lo va a preguntar a mí: ¿podemos tener una cámara en algún sitio cerca de vosotros dos en el partido de mañana?
A distancia vale. Un no también vale, solo lo necesito tuyo y por escrito. J.
No había abierto el arco. Estaba encima de su correo con un clip al lado, Ep6_DRAFT_v2.pdf , y sabía perfectamente lo que significaba una v2, porque yo había hecho una v3.
No contesté. Lo marqué como no leído para que siguiera en negrita y siguiera molestándome, que por lo visto era lo que necesitaba.
Pasé el resto de la mañana con todo lo del Foundry que no tenía nada que ver con él.
Era una lista corta. Volví a montar por tercera vez la cuña del patrocinador de Mason, porque Poppy había cruzado el fondo del plano con un gato agarrado por la barriga y el patrocinador era un banco.
Contesté once correos sobre el vídeo de los abonos de temporada.
Renombré todos los archivos de la carpeta 31 brUTO por fecha en vez de por su número, lo que me llevó cuarenta minutos y no le sirvió a nadie.
* * *
Theo me encontró a mediodía y me dejó en el teclado un sándwich de pavo de Rosie’s.
—Cómete eso.
—No tengo hambre.
—Nadie te ha preguntado. —Se sentó en el borde de mi mesa.
Theo no se ha sentado jamás en una silla como se supone que hay que sentarse—.
No sé qué ha pasado. No me hace falta saberlo.
Pero esta mañana ha llegado con cara de que le hubieran robado la camioneta, y en el entrenamiento ha dejado que Jamie le metiera cuatro seguidos y ni siquiera le ha gritado al poste.
Así que en el vestuario le he dicho: «Shawzy, eres una nevera de cuidado», y Luke ha dicho: «Theo, déjalo», y yo he dicho: «No, es una nevera, una caja grande y fría con una luz que se apaga cuando cierras la puerta».
—¿Y Beckett qué ha dicho?
—Nada. Se ha puesto cinta en el stick. Ahora está en el cuarto de Pete afilando patines que Pete ya ha afilado. —Theo miraba mi pósit de DISCO en vez de mirarme a mí—. Pete no está contento. Pete es muy suyo con los cantos.
—No es todo culpa suya —dije—. Yo también hice algo.
Theo se lo pensó.
—Vale —dijo—. Pues cómete la mitad.
Me reí, y me salió una risa entre lágrimas, y él se puso a estudiar las placas del techo hasta que terminé.
* * *
Pete subió pasadas las dos.
Pete no subía a la tercera planta. Decía que la tercera planta tenía moqueta y que él de la moqueta no se fiaba. Se quedó de pie junto a mi mesa con su delantal de lona, oliendo a cera de patines y al polvillo metálico que suelta la muela, y no se sentó.
—Lleva en mi cuarto desde las siete repasando cuchillas que ya había hecho yo —dijo—. Así que lo ha visto.
Asentí mirando la moqueta.
—Ay, joder. —Se frotó la mandíbula—. Es culpa mía. El que habló fui yo.
—La que volvió con un micro fui yo.
—El que dijo que sí al micro fui yo. —Miró mi monitor. La publicación de bienvenida de ayer seguía abierta en una pestaña, mi propia cara sonriendo con el pósit de DISCO en la esquina—. ¿Qué te dijo?
No podía darle a Pete la frase del dinero. No podía meterle a la madre de Beckett en los oídos.
—Dijo que había metido a Walt en una tipografía.
Pete frunció el ceño.
—¿Qué es una tipografía?
—Letras. Las letras blancas de la pantalla.
—Vaya. —Le dio vueltas como le da vueltas a una cuchilla a contraluz—. Walt odiaría una tipografía. Lo demás le daría igual. —Me puso en el hombro una mano enorme, pesada y caliente, y la dejó ahí—. Hablaré con él.
—No te va a escuchar.
—Seguramente no. A veces entra igual.
Volvió a bajar por las escaleras. El ascensor también tenía moqueta.
* * *
Me fui a las cinco, cuando se iba todo el mundo, para que nadie se fijara en que me iba.
En casa no encendí la luz del techo. Me senté en el sofá y abrí la conversación con Beckett por primera vez desde lo de es de verdad . El último mensaje era mío. Debajo, nada.
Escribí: Mañana después del partido. Aparcamiento de jugadores.
Aparecieron los puntitos. Se fueron. Volvieron.
OK.
En mayúsculas. Lo primero que me escribió en la vida también fue en mayúsculas, en una servilleta.
El sándwich de Theo seguía en mi bolso, aplastado por un lado. Me comí la mitad de pie junto al fregadero, porque me lo había pedido.
Le quité la funda al móvil y saqué la servilleta de detrás de la tira de fotos de Cassie, donde vivía desde enero.
Se había ablandado de estar doblada en cuatro.
La mancha de grasa de la esquina se había desteñido hasta quedar del color de un té flojo.
La tinta morada seguía nítida: mi letra en las tres primeras, redonda y demasiado grande, y la suya abajo, en mayúsculas de imprenta.
4. NUNCA PREGUNTES POR EL VÍDEO. Su firma debajo de la mía, con un 31.
Lo del dinero se lo podía discutir: me había comparado con su madre, y por eso sí podía plantarme en un aparcamiento y pelearme con él una hora. Lo de Pete, no.
Cogí un boli del bote de la encimera y escribí una línea más en la servilleta, debajo de la suya. El boli era azul. Apreté tanto que noté la veta de la mesa a través del papel. La doblé por los pliegues de siempre y la guardé en el bolsillo del chubasquero verde, con la cremallera cerrada.
Mañana era abril. Esa regla la había escrito yo.