Capítulo veintiuno
Nora
Duraba tres minutos y cuarenta segundos. Salía la voz de Pete, grabada con un micro de solapa en el cuarto del material tres días después de Riverbend, con más calma que la primera vez y con la muela de afilar apagada. Los últimos veinte segundos eran de Walt.
Esos veinte segundos los había grabado en el solario en febrero, con permiso de Beckett.
Solo para nosotros , me había dicho. Walt se reía con la historia de la pila de leña, con una mano enorme sobre los ojos y la otra agarrada al antebrazo de Beckett, y Beckett también se reía, a un lado, desenfocado.
Se los oía a los dos, la misma risa dos veces.
Lo había llamado NO_PUBLICAR para no publicarlo nunca sin querer a las dos de la mañana.
Lo había montado para que algún día Beckett decidiera qué hacer con él.
Publicarlo, quemarlo, verlo a solas en la camioneta.
Él elegía. Me había hecho prometer que nunca le preguntaría por el vídeo, y no le había preguntado.
Había dejado que otra persona me lo contara, y no se lo había impedido.
La parte de Walt la había montado sin pedirle permiso a nadie.
Beckett había dicho que sí a un móvil en mi regazo en un solario.
Nunca había dicho que sí a unas letras blancas sobre fondo negro ni a que su abuelo fuera el último plano de nada.
Si había esperado tanto, era por las dos últimas semanas.
En su sofá, con hielo en la pierna, me había hablado de su madre.
Todo, en unas diez frases, dirigidas a la bolsa de hielo: sesenta mil dólares, un bar en Reno, una cabina en Elko y lo que ella había dicho de mí al irse.
Se quedará mientras salgas en la tele. Después me dijo que mantenerse lejos de mí había sido un mal plan, y dejó de hacerlo.
Había vuelto a la portería tras tres partidos de traje y había ganado dos de tres.
Me dejaba quedarme a dormir. Me daba las buenas noches por mensaje desde hoteles de las giras, sin un solo signo de puntuación.
Yo me había sentado en el brazo de aquel sofá a escucharle repetir la frase de su madre y, mientras tanto, tenía en el portátil una carpeta que terminaba con su abuelo.
Aquel lunes, 30 de marzo, vi el archivo una vez más en mi mesa antes de las ocho de la mañana y decidí que se lo enseñaría esa noche.
* * *
Los Ravens anunciaron mi contratación a las ocho.
Publicaron una foto mía en la mesa, con el pósit de DISCO en el encuadre, y un texto que había pasado dos veces por los abogados: Bienvenida al equipo para siempre, @noraquinncooks.
Ni corazones ni etiquetas a nadie más. La cuenta del club nunca confirmó nada sobre Beckett y yo.
Le daba a me gusta a lo que publicábamos y dejaba que los comentarios hicieran el resto.
A las ocho y media tenía unos cuantos miles de me gusta, doscientos comentarios que decían ES SUYA de una forma u otra y una respuesta que leí dos veces.
felicidades Nor!! no saben lo que han contratado 😂🍑.
La cuenta personal de Tyler. Lo había bloqueado dos semanas antes.
Eso lo mantenía fuera de mis publicaciones.
No lo mantenía fuera de las del club. No contesté. Cerré la aplicación.
Intenté que lo demás solo me hiciera feliz.
* * *
A las diez Dana me mandó un mensaje: A mi despacho. Trae el portátil.
Jessa Lin ya ocupaba la segunda silla. Llevaba un mes viéndola por los pasillos: la showrunner de Ravens: All Access , la que mandaba en la serie, treinta y pocos, jersey negro de cuello alto, siempre con una libreta, una pluma estilográfica y un café que nunca parecía beberse.
De cerca tenía cara de cansada, de alguien que lleva colgada del teléfono con Los Ángeles desde las seis.
—Hola —dijo, y se levantó a darme la mano—. Perdona. Va a ser una reunión rara.
—Sentaos —nos dijo Dana a las dos, y nos sentamos. Me puse el portátil en las rodillas.
Dana se saltó los preámbulos.
—La productora nos tiene firmados para ocho episodios. Los jefes de Jessa quieren una segunda temporada y quieren que esta tenga un final. Los episodios cinco y seis caen en la primera ronda.
—La gente os sigue a los dos desde enero —dijo Jessa—. Van a querer saber cómo acaba. Prefiero que lo decidamos nosotros a que lo decidan los comentarios.
—¿Cómo acaba el qué?
Dana no buscó ninguna pantalla. Me miró.
—El lunes después de Rosie’s os sentasteis en esas sillas y me contasteis vuestras reglas —dijo—.
Os pregunté cómo acababa. Tú dijiste una ruptura amistosa en abril y él asintió.
Los abogados me lo dejaron claro en enero: nada de esto por escrito, así que no está escrito en ningún sitio.
Está aquí. —Se dio un golpecito en la sien—.
La fecha del final la elegisteis vosotros.
No me invento nada. Pongo en el calendario algo que ya acordasteis.
—Nada preparado —dijo Jessa—. Quiero que eso quede claro.
No le voy a pedir a nadie que llore cuando se lo diga.
Si de todas formas termina en abril, nos gustaría estar cerca cuando pase.
El camino hasta los coches después de un partido.
Una conversación en el aparcamiento. Diríais lo que fuerais a decir de todos modos.
Nosotros lo veríamos. —Hizo girar la pluma entre los dedos—.
Episodio seis. Ahí termina la relación, delante de la cámara o casi.
—¿Y si no termina?
Jessa miró a Dana. Dana me miró a mí.
—Pues, sinceramente, sería un episodio mejor —dijo Jessa—.
Pero tengo que planificar la versión que le disteis a Dana.
Craig, el de arriba, ya tiene el arco entero en una pizarra, lo cual, perdón, es muy de Craig.
Graham dio el visto bueno al concepto. Da el visto bueno a cualquier cosa que lleve una segunda temporada dentro.
Craig era vicepresidente de algo, con mocasines y sin calcetines. Graham Whitlock era el director general. Ninguno de los dos me había dirigido nunca la palabra.
—Una cosa más —dijo Jessa—. Lo familiar arrasa en las pruebas de audiencia. Tu hermana, con una autorización que firme tu madre, porque es menor. De la familia de él, si hay algo. Fotos antiguas. Cualquier cosa personal que hayas grabado, aunque esté en bruto.
—Mi hermana no —dije—. Su abuelo no.
Me salió antes de que Dana pudiera abrir la boca. La pluma de Jessa se detuvo sobre la página.
—No he dicho que…
—Ya sé que no. Lo digo yo antes de que lo diga nadie.
Dana me miró un segundo más de lo que suele mirar a nadie.
—Ya la has oído —le dijo a Jessa—. El abuelo no. Su hermana no.
Jessa lo apuntó y lo subrayó.
—Me parece justo. Entonces eres tú. —Le dio la vuelta a la pluma—. Tu contrato nuevo incluye días de promoción. Los de todos. El episodio seis es mejor contigo dentro, salga como salga. No tendrías que decir ni una palabra que no sientas.
—Esa parte me la pensaré.
—¿El jueves?
—Lo del jueves no lo sé.
—El jueves —dijo Jessa, con amabilidad, y también lo apuntó—. Esta noche te mando el borrador del arco para que veas exactamente a qué me refiero. Sin sorpresas.
El portátil seguía en mis rodillas con la tapa cerrada. Debajo de la tapa, en una carpeta, Walt se reía durante veinte segundos con la mano sobre los ojos. Acababa de decir su abuelo no con una voz de la que estaba orgullosa, con su abuelo en el regazo.
Jessa me dio las gracias, cogió el café y la libreta y me tocó el hombro al salir. Cerró la puerta al irse.
—No hace falta que me lo expliques —dije—. Tienes razón. Lo escribimos nosotros.
—Te lo voy a explicar de todos modos, porque me caes bien, y él también, y me gustaría que me siguierais cayendo bien los dos.
Si le damos una historia, ella nos da ocho episodios de mi portero pareciendo un ser humano en vez de un tío que les grita a críos de diez años.
Ese es mi trabajo. Tú conocías la fecha del final. La dijiste en voz alta en esa silla.
—Lo sé.
—Entonces, ¿es de verdad?
Miré la ventana que tenía detrás, el río, marrón y crecido después de una semana de lluvia.
—No sé si para él es de verdad —dije.
Dana asintió, como si fuera la respuesta que esperaba.
—Averígualo —dijo—. Antes de la primera ronda. Un episodio lo puedo retrasar. El calendario de los playoffs, no. —Se acercó el teclado—. Y cuando te llegue esta noche el borrador de Jessa, no le contestes hasta que hayas hablado con él.
* * *
A las once bajé a Rosie’s, pedí un London Fog, un Earl Grey con leche y vainilla, y me senté en el rincón junto a la ventana donde me había sentado en enero frente a un portero que había firmado un contrato conmigo en una servilleta.
Saqué un boli y una servilleta nueva y escribí una lista, con tinta de verdad.
Cosas que le voy a decir esta noche:
1. Dana. Jessa. El episodio seis.
2. Pete, y el vídeo, y por qué. Todo.
3. No quiero abril.
Miré el número tres. Lo subrayé. Escribí una cuarta línea debajo y la taché con tanta fuerza que el boli atravesó la servilleta y dejó una marca azul en la mesa.
Después de comer le escribí. ¿Puedo ir esta noche? Tengo que hablar contigo de una cosa. No es contenido. Es de verdad.
Me contestó diez minutos más tarde. Fisio hasta las 6:30. El código es el mismo. Ven cuando quieras.
Me había dado el código de la puerta la semana que se lesionó para no tener que bajar con las muletas a abrirme. 3-1-1-9. Su número y el de Theo, porque Theo lo había elegido de broma y a Beckett nunca le había dado la gana cambiarlo.
* * *
Llegué al Pearl poco después de las seis con una bolsa de la compra. La zona de carga y descarga de detrás de su edificio estaba vacía, así que la ocupé. Siempre la ocupaba. En dos semanas nadie me había multado allí.
Arriba dejé la compra en la encimera: una botella del pinot barato de Oregón que él fingía odiar, y pecorino, pimienta y espaguetis para hacer cacio e pepe .
Me quité los zapatos de una patada junto a la puerta.
Puse el portátil en la encimera, al lado de la tabla de cortar, desconecté el wifi para que no saltara nada en medio y abrí el archivo.
Lo paré en el primer fotograma: la entrada de los jugadores, el niño con el programa, Beckett con la sudadera negra a medio darse la vuelta.
No necesitaba volver a verlo. Esta vez quería verle la cara a él.
Se lo enseñaría y luego se lo contaría. Le diría puedes borrarlo ahora mismo, delante de mí, y no volveré a mencionarlo nunca .
Le diría siento haber ido a hablar con Pete .
Le diría siento lo de Walt, lo puse en un sitio al que nunca dijiste que pudiera ir .
Le diría esta mañana una productora me ha pedido a tu familia y le he dicho que no, y me quieren en el episodio seis, y necesito que lo oigas de mí y no de ella .
Le diría la regla tres la escribí yo, y quiero retirarla .
Lo ensayé en el taburete. Lo ensayé con el pecorino, al que le daba igual. Rallé el queso para tener algo que hacer con las manos y lo metí en la nevera porque era pronto para cocinar, y luego volví a sacarlo.
Poco antes de las siete sonó la cerradura.
Entró con lluvia en los hombros y la bolsa de deporte colgada de un brazo. Miró la encimera, la compra y el portátil vuelto hacia el otro lado, y a mí en el taburete con las manos apretadas entre las rodillas.
—Es de verdad —dijo.
—Es de verdad. —Me salió una voz finita. Giré el portátil—. Tengo que enseñarte una cosa antes de que me falte valor. ¿Te sientas? Míralo entero. Después tengo que contarte unas cosas, y puedes decirme lo que quieras, y te contestaré a todo lo que me preguntes.
Miró el fotograma congelado. Me miró a mí. Soltó la bolsa y se sentó en su taburete, el alto, con la pierna mala estirada, y yo me estiré por delante de él y pulsé la barra espaciadora antes de que se me ocurriera una razón para no hacerlo.