Capítulo diecinueve
Nora
La mantequilla tostada tiene un margen de unos noventa segundos. Antes, tienes mantequilla derretida. Después, tienes una sartén que huele a incendio y un detector de humo pegando gritos a los vecinos.
El jueves por la noche aparté la mía del fuego en el segundo justo, eché la salvia y la escuché chisporrotear. Volví a leer su mensaje en el móvil, apoyado contra el aceite de oliva.
Esta noche no puedo. Estoy reventado. Enhorabuena. Te lo has ganado.
Me comí los ñoquis de pie junto a los fogones, directamente de la sartén, que es justo lo que les digo a mis seguidores que no hagan nunca.
Tres noches desde que su móvil iluminó el techo.
Desde entonces: una nota en mi taburete con sus mayúsculas de imprenta, huevos para una frittata, un pulgar arriba y, esta mañana, un té de menta con Orgulloso de ti en media hoja de papel, arrancada en línea recta por abajo, como quien se arrepiente del resto de la página.
La regla dos de la servilleta era A la familia no se le miente . Yo la había escrito pensando en mamá y en Cassie, y él la había firmado pensando en Walt. Nadie había escrito una sobre lo que le debes a la persona que duerme sobre tu pecho cuando tu pasado te escribe a la una de la madrugada.
Me quemé la lengua con el último ñoqui y me fui a la cama.
* * *
El viernes estuvo perfecto delante de la cámara.
Grabé el entrenamiento matinal para el equipo de All Access , dos minutos de ejercicios de portero. Beckett hizo todas las repeticiones. Cuando le pedí que explicara la mariposa, lo hizo en una sola toma, seco y con un punto de gracia.
—Te dejas caer de rodillas. Abres los pads . Rezas.
Miró directamente al objetivo. Al final dijo: «Gracias, Nora», cosa que no había dicho ni una sola vez en siete semanas de grabaciones.
—Hala —dijo Jamie desde el banquillo—. ¿Y a Shawzy quién le ha dado clases de tele?
—Cierra el pico, novato —dijo Theo. Me estaba mirando a mí.
Conocía esa cara. Yo la había puesto durante los dos últimos de nuestros cuatro años en la cocina de Tyler.
Le das al objetivo lo que quiere y guardas el resto en un cuarto del fondo.
Hacía siete semanas, Beckett no le habría dado a una cámara ni lo que quería desayunar.
Ahora podía entregarle una personalidad entera, porque había dejado una de cartón plantada en el área y se había ido a otra parte.
Lo pillé después, en nuestro pasillo, junto a un cartel amarillo nuevo de SUELO MOJADO. Llegué a decir «¿Esto es por el mensaje?». Él miró pasillo arriba y pasillo abajo, a dos fisios y un carro de toallas.
—Aquí no —dijo, y se metió en la sala del fisio, y el brazo hidráulico fue cerrando la puerta poco a poco.
* * *
El sábado hice sopa.
Sopa Sacramento, la llamaba mamá, porque la hacía cada vez que algo salía mal: contramuslos de pollo, una cabeza de ajos entera, jengibre, demasiado limón al final y la pasta de estrellitas que le gustaba a Cassie. Tres horas. Tiempo de sobra para decidir no ir, y no lo decidí.
La llevé en coche al Pearl en la Le Creuset que me compré con el primer cheque de patrocinio de Two Forks, envuelta en una toalla de playa y con el cinturón de seguridad puesto, y aparqué en la zona de carga y descarga de detrás de su edificio, que es ilegal.
Tardó mucho en bajar. Abrió la puerta del portal con unos pantalones de chándal grises y una camiseta vieja de los Birch Lake Bombers con un agujero en el cuello. No se había afeitado. Tenía los bordes de los ojos rojos.
—Te he traído sopa.
—No tengo hambre.
—Es sopa. No hace falta tener hambre. Para eso está la sopa.
Cogió la olla con toalla y todo, con las dos manos, y se quedó mirándola.
—Gracias —dijo. No se apartó de la puerta.
—¿Puedo subir?
—Necesito un par de días.
—¿Para qué?
La lluvia goteaba del toldo entre los dos. Pasó un hombre paseando a un corgi con un chubasquero amarillo, miró dos veces a Beckett y siguió andando.
—¿Ha venido? —pregunté—. Tu madre. ¿Está aquí?
Se le tensó el ángulo de la mandíbula bajo la barba.
—Nora —dijo—. Déjalo.
Me había dicho muchas cosas desde enero. No. Quítate de en medio. Lo has llamado cubo. Nunca me había dicho que dejara algo en paz. Lo dijo como una orden que ya había dado antes, a alguien con quien había funcionado.
—No —dije.
Levantó la vista de la olla.
—A mí no me puedes decir déjalo . No después de Seattle. No después de que durmieras en el suelo para que yo no perdiera el trabajo. —Me tembló la voz y dejé que temblara—. No lo voy a dejar. Te dejo la sopa. Cuando quieras contármelo, acuérdate de que fui yo la que preguntó primero.
Tenía los nudillos blancos sobre las asas.
—Cómetela —le dije—. Al segundo día está más buena.
Llegué hasta Basil antes de que pudiera verme llorar.
* * *
El domingo, Tyler me escribió por privado.
Estaba en el sofá con una almohadilla térmica y el calendario de grabaciones de la semana siguiente cuando llegó la notificación.
Las había desactivado hacía un año, pero por lo visto las suyas no.
Su foto seguía siendo la que le hice yo: Tyler con una camisa de lino junto al río Sacramento, sujetando un melocotón en alto como si hubiera inventado la fruta.
¡¡¡Nor!!! mírate. la chica del hockey. orgulloso de ti en serio
sé que lo nuestro acabó raro. ya nadie se ríe en mis vídeos, no como tú. bueno. REENCUENTRO DE TWO FORKS. un vídeo. tú, yo, la cocina de siempre. tus fans del hockey + mi gente de la comida. el algoritmo se volvería loco
Hearth & Brass quiere patrocinarlo. 15.000. a medias como en los viejos tiempos
No habíamos ido a medias en nada, ni siquiera en la factura de la luz. Dijera lo que dijera, haría una captura y la publicaría con un emoji llorando. Escribí: No, gracias. Suerte con el canal.
Contestó en menos de un minuto. Tyler siempre era rápido cuando quería algo.
venga ya. 7.500 por una tarde. eso son como 3 meses de la insulina de tu hermana
Se me enfriaron las manos. Su insulina costaba treinta y cinco dólares.
Lo que nos comía eran los sensores, que el seguro no cubría, y yo se lo había explicado todo una vez, llorando en el suelo del baño de J Street.
Él me abrazó y me dijo que ya lo arreglaríamos, y tres semanas después cambió la contraseña.
Se había quedado con la palabra insulina porque sonaba mejor.
No hables de mi hermana.
vale vale. perdona. solo digo. tú lo necesitas más que yo
Unos minutos después:
piénsalo. por cierto, sigo teniendo el disco duro. 1100 h de bruto. todas las tomas falsas. eras tan graciosa entonces, decías de todo. sería una pena que nadie viera nunca a la verdadera tú
La verdadera tú. Cuatro años delante de su cámara, diciendo cosas entre toma y toma, convencida de que lo que quedaba fuera de plano era nuestro.
Tyler no había hecho una copia de seguridad en su vida. Aquel verano fue Danny Ochoa, el chaval de la pértiga del micro, quien lo guardó todo en un disco duro suyo antes de volverse a casa. Tyler perdía archivos como otros pierden las gafas de sol.
Lo bloqueé. Me quedé con el pulgar encima del nombre de Beckett y no lo pulsé, porque necesitaba un par de días y yo ya le había dado dos.
Le escribí a Cassie. Tyler quiere hacer un vídeo de reencuentro.
NO
ni de coña. dile que se atragante con un melocotón. con hueso y todo. voy en coche a su casa. tengo el permiso de conducir de prácticas
Lo he bloqueado.
bien. BIEN. ¿qué tal el portero?
Miré el radiador con su gorro. Necesita un par de días.
Los puntitos aparecieron y desaparecieron tres veces. Luego: eso es lo que dijo papá.
Lo dijo por teléfono desde un motel en Chico, a medio camino de Redding, la primavera en que Cassie cumplió diez años, con sus cosas ya en el coche. Un par de días. Mamá dejó de ponerle el plato al cabo del primer mes.
Dejé el móvil en el cojín del sofá y no volví a cogerlo hasta la mañana siguiente.
* * *
El lunes por la noche jugábamos contra Seattle.
Los Ironclads. El hotel, la única cama, el suelo, las tres de la madrugada. Me senté en la tribuna de prensa con el portátil abierto, montando resúmenes en directo, y lo que no dejaba de vigilar era si levantaría la vista. Contra Minnesota no lo había hecho.
En el primer periodo tampoco. Seattle jugaba rápido y con mala leche, y su centro grandullón se plantó encima del área y se apoyó en Beckett como un borracho en una farola. Luke le dio dos veces con el stick cruzado y le pitaron la segunda.
A falta de ocho minutos para el final del segundo periodo, Seattle salió en un dos contra uno.
Para entonces yo ya sabía bastante de hockey.
Dos atacantes, un defensa y un portero que tiene que adivinar.
Beckett se deslizó a la izquierda, hacia el que iba a tirar.
El que iba a tirar pasó cruzando el área, fuerte, al segundo, con todo el lado derecho libre, y yo me puse de pie antes de darme cuenta.
Beckett se impulsó con la pierna izquierda y lanzó el pad derecho hacia el otro lado. Cayó haciendo un spagat completo, las piernas en línea como un bailarín, y el disco le dio en la punta del pad y salió rebotado hacia la esquina.
El pabellón estalló. El tío del Ledger que tenía al lado dijo: «Hostia puta ».
Beckett no se levantó.
Sonó el silbato y el ruido del pabellón cambió. Estaba tumbado de lado, con la pierna derecha todavía estirada y el guante en la cara interna del muslo. Luke se agachó a su lado. Raj, el fisio, cruzó el hielo en zapatillas con una mano en la valla.
Puse la palma en el cristal. El del Ledger me miró y apartó la vista.
Anders se levantó en el banquillo y empezó a ponerse la máscara.
Entonces Beckett se puso boca arriba. Raj y Luke lo levantaron entre los dos. No podía apoyar la pierna derecha, y salió sobre la izquierda con un brazo por encima de los hombros de cada uno, la cabeza gacha, con todo el pabellón aplaudiendo como aplaude la gente cuando tiene miedo.
En la puerta del banquillo se paró. Levantó la cabeza y la giró, despacio, y miró hacia la tribuna de prensa.
La tercera ventana por la izquierda. Directo a mí, por primera vez en dos partidos.