Capítulo dieciocho
Beckett
Estuve despierto hasta casi las cinco escuchando respirar a Nora, porque la otra opción era pensar en mi madre.
Ella también tardó mucho en dormirse. Respiraba con demasiado cuidado para estar dormida. Hacia las tres se rindió y se durmió, y empezó el chasquido, un ruidito al soltar el aire, como un fogón que no termina de prender. Nunca le había contado lo del chasquido. Habría dejado de hacerlo.
Me levanté a oscuras, me vestí y le dejé una nota en su taburete, al lado del móvil. Entrenamiento temprano. Huevos en la nevera. No quemes el trapo. Pelo rojo por toda mi almohada, un pie fuera del colchón. Me fui antes de que me diera por despertarla y contárselo.
* * *
El Foundry antes de las seis está tan callado como Birch Lake. Héctor en la Zamboni, nadie más. Me cambié en un vestuario vacío, salí a patinar sin disco y di un toque al poste izquierdo y luego al derecho.
—Buenos días, Lefty. Earl.
El compresor zumbaba bajo el hielo.
—Mi madre está en Portland —le dije a Earl. A Earl le tocan las cosas malas. Lefty es sensible.
Di una vuelta.
La primera vez que volvió yo tenía veinte años y acababa de firmar. Preguntó cuánto. Dos años después, la semana que firmé en Portland, volvió a por quince mil dólares y una peluquería en Reno. Yo tenía veintidós. Lloró en el momento justo. La peluquería no abrió nunca. En junio dejó de contestar.
Le di a Earl con el stick tan fuerte que me dolió la muñeca.
—Perdona, Earl.
* * *
Le contesté después del entrenamiento, en la F-150, en el aparcamiento de los jugadores.
¿Dónde?
Blue Plate, en Sandy. A las 2. Seré la que se parece a ti, ja, ja.
* * *
Se parecía a mí. Eso era lo peor.
Carla Shaw tenía cincuenta y dos años, pelo decolorado cortado a la altura de la barbilla y mis ojos grises.
Colonia de vainilla por encima del tabaco.
Cuatro anillos en la mano derecha, ninguno en la izquierda.
Tenía un reservado junto a la ventana y un trozo de tarta de limón con merengue, y cuando entré se levantó y abrió los brazos. Me senté enfrente.
Bajó los brazos.
—Tan cariñoso como siempre, ya veo.
—¿Qué quieres? —Me salió seco, como una orden.
—¿Puedo mirarte primero? Dios. Qué grande te has puesto. Tienes la mandíbula de papá. —Se acercó la tarta—. ¿Cómo está?
Diecinueve segundos. Los conté.
—No sabe en qué año vive.
—Ay, cielo. Qué pena. Siempre dije que acabaría así. Se le olvidaba dónde había aparcado la quitanieves.
La había aparcado en el mismo sitio detrás del garaje municipal durante treinta y un años. No se lo dije. Llevaba perdiendo discusiones con ella sobre Walt desde segundo de primaria.
—Te vi en la tele —dijo—. Con la pelirroja. Te mira como si le hubieras bajado la luna. Lloré. Denny me preguntó quién se había muerto y le dije que nadie, que mi niño está enamorado.
—¿Quién es Denny?
—Mi pareja. Tenemos un bar en Reno. El Silver Spur. —Cortó otro trozo con el canto del tenedor—. Hay un problema con impuestos atrasados. El gestor era un sinvergüenza. Si no pagamos antes del uno de abril, el estado se queda el local.
No se había terminado la tarta.
—¿Cuánto?
—Es un préstamo.
—¿Cuánto?
—Sesenta. —Se lo dijo a la tarta—. Sesenta mil. Te lo devolvería antes de Navidad. Denny conoce a un tío que quiere entrar en la parte de la cocina…
—No.
Los ojos le hicieron lo que le hacían cuando yo tenía ocho años y le preguntaba cuándo iba a volver. Húmedos, muy abiertos y un poco enfadados conmigo por ponerlos así.
—Ni siquiera me has dejado terminar.
—La última vez te dejé terminar. Quince mil. Peluquería. Reno.
—Aquello era distinto.
—Misma ciudad.
Pasó la camarera con la cafetera. Carla le dedicó la sonrisa entera, «Me salvas la vida, bonita», y se le cayó de la cara en cuanto la camarera se dio la vuelta. A Nora la sonrisa se le queda puesta cuando se van.
—Ganas once millones de dólares al año —dijo mi madre.
—Seis coma dos. —Un error. La vi hacer la cuenta.
—Entonces sesenta no es nada. No te estoy pidiendo un Ferrari. Le pido a mi hijo que ayude a su madre.
—Veintiún años —le dije—. Me has pedido dinero dos veces. Ni una sola vez llamaste para preguntar cómo estaba él.
—Me estaba recuperando. No sabes cómo fue.
—No. Tenía ocho años.
Dejó el tenedor. Los anillos tintinearon contra el plato. Bajó la voz.
—Llamé —dijo—. El año que cumpliste doce.
Cuando murió mamá. Llamé desde una cabina en Elko y lo cogió papá, y le dije soy yo, y me dijo se ha ido, Carla , y colgó.
Eso es todo lo que tuve. —Picoteó el merengue—.
No sabía que estaba enferma. Lo leí en el periódico de Winnipeg dos semanas tarde, en una biblioteca.
Yo no lo sabía. No sabía si era verdad. Walt nunca lo contó, y ahora no se lo podía preguntar.
Durante un segundo pareció otra persona a la que habían dejado en un porche. Parpadeó y se le pasó.
—Muy bien —dijo—. Si quieres ponerte en plan Walt, ponte en plan Walt. Él tampoco perdonó nunca a nadie. —Cogió el bolso del asiento—. Una cosa y me voy.
La dejé. Una parte de mí había ido en coche hasta Sandy Boulevard para oírla.
—Esa chica. La mona del móvil. ¿Tú crees que está ahí por tu personalidad?
Cielo, yo tuve ocho años de tu personalidad.
Eras un niño callado que se quedaba mirando las paredes.
—Se levantó y se puso el abrigo, de pelo sintético, apelmazado en los puños—.
Está ahí porque sales en la tele. Se quedará mientras salgas en la tele.
Cuando dejen de grabar, o cuando dejes de merecer que te graben, se irá.
No te lo digo por hacer daño. Yo también me habría ido, a su edad. Me fui.
—No se parece en nada a ti.
—Ojalá, cariño. De verdad. —Se inclinó hacia mí. Vainilla y humo—. ¿Sabe lo mío?
No contesté.
—Trabaja en tu pabellón, ¿no? A lo mejor me paso a saludarla.
—No te acerques a ella.
Lo dije tan alto que el hombre del reservado de al lado dejó de masticar. Carla se enderezó y sonrió. Había encontrado el punto débil. Sabía dónde estaba antes de sentarse.
—Motel Starlite, en la 82, hasta el domingo —dijo—. La oferta sigue en pie.
Quedaban dos bocados de tarta. Dejé un billete de veinte encima de la cuenta y me quedé allí sentado hasta que la camarera me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Ella tampoco me creyó.
* * *
Nora me escribió cuando todavía estaba en el aparcamiento.
¿¿Qué tal el entreno?? Pete dice que te has ido al amanecer como un granjero. Te he hecho una frittata, está en tu nevera, soy la mejor novia de internet 🍳
novia falsa. perdón. novia por contrato de servilleta.
Diez minutos después: ¿estás bien?
Tenía dos respuestas. Mi madre quiere sesenta mil. ¿Puedes venir?
Cuando dejen de grabar. Dana decía que la historia funcionaba. La historia era yo. La historia le había conseguido el trabajo y los sensores de su hermana.
No era justo. También lo sabía. Y sabía que si Carla se sentaba frente a Nora en Rosie’s con la cara de tarta y lágrimas, Nora la invitaría a un café y la escucharía una hora. Carla haría algo con esa hora.
Mantener a Carla lejos de Nora. Y luego mantenerme yo también lejos de Nora. Lo tenía resuelto cuando salí del aparcamiento. El resto no lo revisé.
Bien. Cansado. Me acuesto pronto.
El miércoles me mandó una foto de su radiador con un gorro de invierno. Intento amortiguarlo, está muy sensible. Le mandé un pulgar arriba. Su respuesta tardó una hora.
¡vale!
* * *
El jueves 12 de marzo era el último día de su periodo de prueba. Minnesota en casa.
Llegué a Rosie’s cuando Dev todavía estaba bajando las sillas. Té de menta, el grande, y un bollo de cardamomo. Los subí a la tercera planta antes de que llegara nadie de comunicación. El DISCO seguía pegado a su monitor.
Arranqué una hoja de su libreta y escribí Gran día. Orgulloso de ti. B. Debajo escribí Mi madre está en Portland. Quiere dinero. Yo y me paré. La frase todavía no tenía final.
Arranqué la mitad de abajo y me la guardé en el bolsillo. La de arriba la dejé debajo del té.
A las nueve y media: QUIÉN HA SIDO. has sido tú. has sido tú. ¿¿¿el bollo sigue caliente??? y una fila de corazones. Durante una hora pensé que se lo contaría después del partido. Tenía la media hoja en el bolsillo. Había empezado.
A las 4:10, en la sala de jugadores, con pollo, arroz y brócoli en mi sitio de la barra, me mandó una foto. El contrato, firmado, su nombre con grandes bucles redondos. Detrás, en el portátil, su madre por FaceTime con el pijama del hospital, los dos pulgares arriba, llorando.
¡¡¡FIRMADO!!! ¡¡¡Soy una empleada de verdad con un seguro dental de verdad!!! Mamá no ha encontrado nada de ratas. ¿Cenamos en mi casa después del partido? ñoquis con mantequilla tostada. Quiero celebrarlo contigo. Solo contigo. Sin aro de luz.
Escondí el móvil detrás del vaso de agua. Cuando dejen de grabar. La misma voz que la mitad de abajo de la nota.
Ganamos a Minnesota 3-1. El gol que encajé fue un desvío en el slot que no vi venir. Después del segundo periodo casi levanté la vista hacia la tribuna de prensa. La había mirado en todos los partidos en casa desde enero. Miré al túnel.
Después, en la camioneta, escribí Esta noche no puedo. Estoy reventado. Enhorabuena. Te lo has ganado. y apagué el móvil antes de que me dijera que lo había leído.
* * *
En vez de ir a casa conduje hasta Riverbend. Desmond estaba en recepción de noche, las gafas subidas a la cabeza, el crucigrama del Oregonian a boli. Me miró la cara y me abrió.
—Está despierto —dijo—. Cuando llueve no duerme bien.
Ha preguntado dos veces por June y luego me ha preguntado quién ganó el partido de los Jets.
Le he dicho que los Jets. No sé si jugaban.
Se ha puesto contento. —Volvió a su crucigrama—.
Rosa ha dejado una nota. Nada de natillas, que ya se ha tomado unas.
Walt estaba en el sillón junto a la ventana, con el albornoz azul, mirando cómo la lluvia daba contra las farolas del aparcamiento. El mismo albornoz desde hacía veinte años. Le había comprado tres nuevos.
Acerqué la otra silla. Miramos la lluvia, con sus manazas en los reposabrazos.
—Hola, Walt.
Giró la cabeza y me estudió la cara como estudiaba el cielo antes de sacar la quitanieves. Algo se movió detrás de sus ojos. Me incliné hacia él.
—Te conozco —dijo.
—¿Sí?
—Claro. —Asintió, despacio—. Eres el chico de Carla.