Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

Nora

Beckett Shaw cascaba los huevos como si cada uno de ellos hubiera insultado a su abuelo en persona.

—Más suave —le dije desde detrás de la cámara—. No intentas partirle el cuello.

—Es un huevo. No tiene cuello.

—Tiene sentimientos. Dale un golpecito contra la encimera, no contra el bol. El bol mete la cáscara en la yema.

Le dio el golpecito. La cáscara se abrió en una línea limpia y él separó las mitades con los pulgares, con mucho tiento. La yema cayó entera en el bol. Se quedó mirándola y después me miró a mí, con la cara de un tío que acaba de parar un mano a mano en la prórroga y espera un desfile.

—Ni se te ocurra —le dije—. Un huevo no es una carrera profesional.

—Ha sido perfecto.

—Ha sido correcto. Haz once más y lo llamaré perfecto.

Era un lunes por la mañana a principios de marzo y el loft olía a café y a la vela de cedro que le había comprado yo.

La lluvia caía a chorros por los ventanales.

Sobre la encimera estaban mi aro de luz, el móvil en su tripodito, una docena de huevos y un segundo taburete, el mío, que había subido desde Sellwood en el montacargas el fin de semana para que el de IKEA fuera el suyo y nadie tuviera que comer de pie como un caballo.

Él lo había llamado trasto. También había empezado a sentarse en el suyo.

El vídeo era El portero aprende a desayunar , tercera parte.

En la segunda había prendido fuego a un trapo de cocina y lo había apagado con una tabla de cortar y un «No pasa nada», y había funcionado mejor que cualquier cosa que yo hubiera subido con Tyler.

Cada vídeo salía como colaboración con la cuenta del club y cada uno pasaba antes por Dana.

Con Tyler, cada vídeo había sido una pelea por las miniaturas.

Aquí estaba yo, descalza en la cocina de un portero, grabando a un hombre que usaba el cuerpo entero para batir.

—Cámara —le dije—. Mírala y cuéntales por qué haces esto.

Miró a la cámara.

—Me obliga ella.

—Dilo más bonito.

—Me obliga ella —repitió exactamente al mismo volumen, y la comisura izquierda de la boca se le levantó, y supe que el clip iba a petarlo antes de comer.

Paré la grabación. La lucecita roja del móvil se apagó.

Beckett dejó las varillas y comprobó la luz. Ahora lo hacía siempre: echaba un vistazo al móvil antes de rodear la encimera. Cruzó la cocina en dos pasos y me puso las manos en las caderas.

—¿Apagada? —preguntó, aunque ya lo había mirado.

—Apagada.

Primero me besó debajo de la oreja, luego en la boca, sin prisa, y me subió a la encimera, al lado de los huevos.

El granito estaba frío a través de las mallas.

Él estaba caliente en todas partes adonde yo llegaba.

Sabía al café que fingía que no le gustaba, y cuando le metí las manos por debajo de la camiseta y encontré el músculo largo que le recorría la columna, soltó un sonido grave contra mi cuello y se metió más entre mis rodillas.

Estiré la mano hacia atrás sin mirar y toqué el móvil. Se encendió la luz roja.

Él se detuvo. La miró por encima de mi hombro y me miró a mí.

—Uy —dije.

Alargó el brazo por detrás de mí y la apagó sin quitarme los ojos de la cara. Después enganchó los dedos en la cinturilla de mis mallas.

—Entrenamiento —dije, sin creerme ni una palabra.

—Cuarenta minutos.

—Tienes que estar allí en treinta.

—Pues levanta.

Levanté el culo. Me bajó las mallas y las bragas a la vez y me las sacó por los pies descalzos, y el granito estaba tan frío contra la parte de atrás de los muslos que solté un gritito. Se rio, la risa de verdad, grave, pegado a mi rodilla. Me besó la cara interna. Luego más arriba.

—Beckett. Los huevos están justo ahí .

—Sobrevivirán.

Me apoyó una mano abierta en el vientre y puso la boca sobre mí, de pie junto a la encimera de su propia cocina, a las ocho menos diez de un lunes, con la lluvia chorreando por los cristales.

Me agarré al borde de la encimera. Le agarré el pelo.

Tiré las varillas al fregadero. Había aprendido mi cuerpo en una sola noche y lo usó todo, despacio y después no tan despacio, dos dedos dentro de mí y la lengua exactamente donde yo le había dicho el viernes, hasta que acabé diciendo su nombre al techo con el talón aporreando la puerta del armario.

Cuando volví a ver, estaba de pie entre mis rodillas, respirando fuerte, con la boca mojada y unos vaqueros que no disimulaban en absoluto lo que quería. Fui a por su cinturón.

—Treinta minutos —dijo.

—Dijiste que conducías rápido.

—¿Yo dije eso?

—Llevas un Ford de 2014 como si transportaras huevos.

—Es que transporto huevos. —Señaló la caja con la cabeza—. Me obligas a llevarle el resto a Pete.

Le abrí el cinturón de todos modos, le bajé los vaqueros lo justo y lo rodeé con la mano.

Copié lo que él me había hecho a mí: lento al principio, los ojos clavados en su cara.

Apoyó las dos manos en la encimera, una a cada lado de mis caderas, y pegó la frente a la mía.

Dijo «Nora» una vez como una advertencia y otra como una súplica, y se corrió en mi puño y en el trapo que agarré de la puerta del horno, el que había sobrevivido a la segunda parte.

Llegó once minutos tarde al entrenamiento. A las 8:41 Theo me mandó una foto suya atándose los patines con el pelo todavía mojado: ¿q le has hecho? le ha SONREÍDO a la zamboni.

*  *  *

La fecha límite de traspasos había pasado el viernes y él seguía siendo un Raven.

Theo se había subido a una silla en la sala de prensa y había gritado «NOS QUEDAMOS AL GRUÑÓN» hasta que Dana salió del despacho, vio quién era y volvió a entrar.

Yo había pasado el fin de semana en el loft, menos el domingo por la noche, que me fui a casa a por ropa limpia y aguanté hasta las once antes de volver en coche.

El mensaje de Dana estuvo todo ese tiempo en mi móvil.

Que siga funcionando. Él se había comido la tortita quemada y me había hecho una nueva, y en todo el fin de semana ninguno de los dos pronunció la palabra historia .

*  *  *

Dos horas después de los huevos, Dana me llamó a su despacho. Tenía puesta la cara de las buenas noticias, que era la misma que ponía para despedir a alguien, pero con los hombros relajados. Me deslizó una carpeta por la mesa y mantuvo dos dedos encima.

—Antes de que la abras —dijo—. Aquí dentro no se le menciona a él. Es la norma de los abogados desde enero: nada sobre vosotros dos va en papel, nunca. Esto es una oferta de trabajo para una responsable de contenido que hace bien su trabajo. ¿Entendido?

—Entendido.

Soltó la carpeta. Dentro había un contrato con mi nombre a máquina y, debajo, Responsable de contenido digital y redes .

Indefinido. Todas las prestaciones. Ninguna fecha de fin por ningún lado.

El sueldo cubría los sensores de Cassie, la deuda de la farmacia y todo lo que el seguro de mamá no pagaba, y aún sobraba. Lo leí dos veces.

—Tu periodo de prueba acaba el jueves —dijo Dana—. No voy a esperar al jueves. La opinión positiva sobre él se ha triplicado desde enero y los patrocinadores han dejado de preguntarme si da patadas a los cachorros. Hagáis lo que hagáis vosotros dos, no lo cambiéis antes de los playoffs.

Nada de eso iba sobre mí. Sonreí de todos modos.

—Firmaré el jueves —dije—. Mi madre lo lee todo antes. Me leyó el contrato del piso y encontró una cláusula sobre ratas como mascota.

—El jueves está bien. —Dana ya se estaba volviendo hacia el monitor. Me miró por encima—. Has hecho un buen trabajo. No lo digo mucho. Preferiría que no le contaras a nadie que lo he dicho.

El móvil se le iluminó encima de la mesa. PAPÁ , con la foto de un anciano con una gorra de los Seahawks, y se le ablandó la boca.

—Esta mañana ha ido andando hasta el buzón con la rodilla nueva —dijo—. Quiere un desfile.

*  *  *

Bajé hasta Basil, en el aparcamiento del personal, puse la calefacción a tope y llamé a mi hermana.

Cassie contestó al quinto tono, desde un baño del instituto, a juzgar por el eco.

—¿Se ha muerto alguien? ¿Es mamá? Es mamá.

—No se ha muerto nadie. Me han dado el trabajo.

—Espera. ¿El de verdad? ¿El de para siempre?

—El de verdad. Responsable de contenido. Sueldo de verdad. Los sensores, la farmacia, lo que no paga el seguro de mamá, todo. —Apoyé la frente en el volante—. Está todo cubierto, Cass. Se acabó saltarte una dosis para que te dure la caja.

—Yo no me salto dosis.

—Te la saltaste en noviembre.

—¡Una vez! Qué fuerte, tía, me lo vas a sacar en mi boda. —Una pausa—. Fue la semana que llamaron de la farmacia. Estabas al teléfono en la cocina de mamá diciendo ya me apañaré como nueve veces. Pensé que un pinchazo menos era una cosa menos. Estuve vigilando mis niveles todo el rato.

—Tú no eres una factura, Cassie. Si alguna vez es o tú o mi coche, Basil se vende por Craigslist.

—Tú quieres a Basil.

—Prométemelo.

—Vale. Prometido. —Sorbió por la nariz—. Y tú deja de contarme las plumas cuando crees que no te veo. Te veo hacerlo. Mueves los labios.

—Trato hecho.

Hizo un ruido que no le oía desde que tenía unos nueve años, un chillido con el volumen bajado.

—Vale. Vale vale vale. Qué pasada. ¿Da para botas? El torneo de exhibición es dentro de dos semanas, viene el entrenador de Davis y la izquierda tiene un agujero en la puntera. No llores en el coche.

—No estoy llorando en el coche.

—Estás llorando en el coche. Oigo los limpiaparabrisas de Basil. Solo los pones cuando lloras, para que parezca que llueve.

—Es que está lloviendo. Esto es Portland.

—Ya. —Bajó la voz—. ¿Tú crees que le seguirías gustando si no tuvieras una cámara? Perdona. Me ha salido fatal. Pero ¿lo crees?

—Comprueba la luz —le dije—. Antes de tocarme. Se asegura de que está apagada.

Cassie estuvo callada tanto rato que pensé que se había cortado la llamada.

—Puaj —dijo—. Pero también es un poco sexi. Tengo que colgar, el señor Fenwick cree que tengo colon irritable.

*  *  *

Se lo conté a Beckett a las nueve de la noche, sentada en mi taburete, mientras él hacía la cena. Tortitas, porque las tortitas eran lo que sabía hacer.

—Tortitas para cenar es delito —dije.

—Walt las hacía para cenar todos los viernes.

Echó sirope de arce en la masa con una cuchara, una cucharada sopera, rasa, como Walt. Nunca había medido nada más en su vida, y esa cuchara la medía siempre.

Le pasé la carpeta por la encimera. Se secó las manos en el trapo superviviente y se lo leyó entero. En la línea del sueldo se le movió la mandíbula. Cerró la carpeta y dejó la mano encima.

—Bien —dijo.

—¿Ya está? ¿Bien?

—Muy bien. —Le dio la vuelta a la primera tortita. Aguantó entera—. Lo habrías conseguido sin mí.

—Dana dice que la historia funciona.

La espátula se paró a medio camino de la sartén. Me pasó la tortita al plato.

—Dana dice muchas cosas.

—Sin ti soy una chica que grababa barritas de proteínas.

—Sin mí eres una chica que ha sacado un canal de cocina de la nada en siete semanas. —No se dio la vuelta—. Yo miro números. Soy portero.

—¿Mirabas mis números?

—Todas las mañanas. Desde el de la sopa y la señora del mercado que te llamó «flacucha» y te regaló una cebolla.

Ese apenas había tenido visitas. Antes de Seattle, antes de la kiss cam , antes de Walt, él había estado sentado solo en este loft vacío a las seis de la mañana comprobando si a la gente le gustaba mi cebolla.

Rodeé la encimera y le abracé la cintura por detrás. Bajó la mano y me cubrió las dos.

—La luz está apagada —dije contra su omóplato.

—Ya lo sé —dijo—. Lo he comprobado.

*  *  *

Me dormí en su cama un poco después de medianoche, con la mejilla en su pecho. Tenía el pulso en reposo a cuarenta y ocho. Le había dicho que eso sonaba a urgencia médica. Él me había dicho que sonaba a portero.

El móvil le vibró a la 1:14 de la madrugada. Iluminó el techo de blanco. No quería leerlo. Estaba justo al lado de mi cara, y yo me había pasado seis años leyendo pantallas para ganarme la vida.

El número empezaba por 204. Manitoba. Lo había buscado en enero, la noche en que el expediente de Dana decía Birch Lake, Manitoba .

Te he visto en las noticias con esa chica, cariño. Estoy en Portland. Pensé que ya era hora. Mamá

El pecho de Beckett dejó de moverse bajo mi mejilla.

Estaba despierto. Alargó la mano por encima de mí, cogió el móvil y lo leyó, y la pantalla le iluminó la cara desde abajo: la cicatriz de la ceja, los ojos recorriendo aquellas palabras una vez y luego otra.

Puso el móvil boca abajo. El techo se quedó a oscuras.

—Beckett —susurré.

—Vuelve a dormirte —dijo, con la voz del pasillo de mi primer día, cuando yo era una acreditación que le estorbaba el paso.

Me quedé con la mejilla en su pecho. Debajo, el corazón no estaba ni de lejos a cuarenta y ocho. Fuera, en la calle, pasó un autobús sin nadie dentro, iluminado hasta el fondo.