Capítulo dieciséis #2
—Nadie está grabando —dijo—. No hay segunda toma.
Estaba tumbada en mi cama, con la lámpara encendida, sin maquillaje y con el pelo por todas partes, esperando a ver qué hacía yo con eso.
—Entonces dime si te duele —dije—. La primera vez que digas que pare, paro.
—Ya sé que pararás —dijo—. Por eso estoy aquí.
Tiró de mí hacia abajo.
Entré en ella centímetro a centímetro, mirándole la cara. Estaba mojada y estrecha a mi alrededor, y a medio camino tuve que pararme y quedarme quieto. Abrió mucho los ojos y luego los cerró. Me clavó las uñas en la espalda.
—¿Te duele?
—No. Es mucho. —Soltó el aire—. Mucho, pero del bueno. Sigue.
Me rodeó con las piernas y tiró ella misma de mí hasta el fondo, y los dos nos quedamos quietos, respirando, con mi frente contra la suya, entero dentro de ella.
—¿Bien? —pregunté.
—Muévete —dijo—. Por favor.
Me moví. Primero despacio y hondo, y ella se movió conmigo, buscándolo, subiendo las caderas para encontrarse con las mías.
No podía dejar de besarla. Y seguía escuchando.
Despacio la hacía suspirar. Hondo la hacía jadear.
Cuando giré las caderas al final de una embestida dijo «Madre mía, hazlo otra vez», sorprendida de sí misma, y se rio contra mi cuello, y lo volví a hacer para que lo volviera a decir. Lo dijo.
Me subió la mano a la cara y la dejó allí, con el pulgar en mi cicatriz, y mantuvo los ojos abiertos. Eso me desarmó más que nada: que me mirara, en una habitación con la luz encendida, alguien que no apartaba la vista y no tenía un móvil en la mano.
—Más fuerte —susurró—. No me voy a romper.
—Mírame.
No dejó de mirarme. Le di más fuerte, y el cabecero golpeó contra el ladrillo, y ella se rio y luego ya no.
Arqueó la espalda. Metí la mano entre los dos y le encontré el clítoris con el pulgar, el mismo círculo, la misma velocidad que le había gustado con la boca, y dijo «Sí.
Eso. Otra vez», y yo dije «Otra vez», y se corrió por segunda vez a mi alrededor, apretándome, temblando, clavándome los dedos en los hombros.
Aguanté cuatro embestidas más. Lo sé porque contar es lo que hago cuando intento no correrme, y no funcionó. Me corrí con la cara en su cuello y su nombre en la boca, y no sabría decir qué más dije. Algo sobre el suelo de Seattle.
Después se quedó con la cabeza en mi pecho, pasándome los dedos por el vello, en círculos lentos. La lámpara seguía encendida. La lluvia golpeaba la ventana.
—Has hablado —dijo—. Al final.
—¿Sí?
—Has dicho que tendrías que habérmelo pedido en Seattle.
Miré al techo.
—Tendría que haberlo hecho —dije.
Levantó la cabeza y me besó la barbilla, la mandíbula, la boca.
—Ahora me lo estás pidiendo —dijo, y volvió a apoyar la cabeza y se quedó dormida encima de mí casi al instante, y yo estuve una hora despierto oyéndola respirar.
* * *
Me desperté pasadas las siete. Dormía boca abajo, con la espalda llena de pecas bajo la luz gris, y me quedé un rato en la puerta antes de ir a la cocina.
Walt hizo tortitas todos los domingos hasta que me fui a Brandon.
Cuando murió June, comimos mucha sopa de lata y muchas tortitas.
Llevo la receta en la cartera, en una ficha escrita con su letra, y la ficha está ya tan blanda que parece tela.
Harina, levadura química, sal, un huevo, leche, mantequilla derretida.
Una cucharada de sirope de arce en la masa, que según él era la parte de Birch Lake.
No tengo cucharas medidoras. Usé una cuchara sopera. Walt también.
La primera estaba en la sartén cuando oí sus pies descalzos sobre el cemento. Me rodeó la cintura con los brazos y apoyó la mejilla en mi espalda. Llevaba mi camiseta de los Ravens, que le llegaba a las rodillas.
—Cocinas —dijo contra mi columna.
—Las tortitas de Walt. —Le di la vuelta a la primera. Salió dorada, con los bordes de encaje y tostados, y el olor a mantequilla y a arce subió entre los dos.
—Sirope de arce en la masa —dijo—. Me lo contaste en el food truck . Dijiste que se lo había inventado él.
—Una cucharada. Decía que eso es lo que las hace nuestras.
—Nuestras —repitió, bajito, saboreándolo, y me apretó más fuerte.
Me di la vuelta entre sus brazos y le di la tortita en un plato. Se la comió de pie, con mi camiseta, con los dedos, y cerró los ojos en el primer bocado.
—Trece años de pollo —dijo— pudiendo hacer esto . —Me señaló con media tortita—. Se lo voy a contar a internet.
—No lo vas a hacer.
—No —dijo—. No lo voy a hacer. —Le dio otro bocado.
Le vibró el móvil en la encimera, al lado de los bucatini que habían sobrado. Se inclinó a leerlo con la boca llena, se rio, y dejó de reírse.
—Dana —dijo—. Quiere verme en su despacho esta semana. —Leyó el resto en voz alta—. Noticia gorda. Te voy a alegrar el año. La historia funciona, Nora. Que siga funcionando.
La sartén chisporroteó a mi espalda. Me volví hacia los fogones, eché la siguiente y miré cómo subían las burbujas por la masa, y la palabra se quedó en la encimera entre los dos, junto al móvil. Historia.
Le di la vuelta a la tortita. Se había quemado por debajo mientras no miraba.