Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Beckett

Un minuto después Theo salió por la puerta de atrás con mi móvil en la mano. Estaba sonando. Nos miró a los dos contra la pared y no hizo ninguna broma. Nunca había visto a Theo dejar pasar una.

—Marcus —dijo—. Lleva diez minutos. Dice que es Denver.

Lo cogí. Me quedé en el callejón con el móvil en la oreja y el pelo de Nora todavía enganchado en el botón de mi puño.

—Denver ha hecho una oferta a las once y media —dijo Marcus—.

Tú a cambio de una elección de segunda ronda y un chaval que sabe patinar pero no sabe pensar.

De alquiler, solo hasta final de temporada.

Su director general le ha pedido permiso a Graham para hablar de una ampliación de contrato y Graham ha dicho que no, así que sería para los playoffs y en junio te dejan marchar.

Portland se lo está pensando. La fecha límite es a mediodía, hora del Pacífico. Haz la maleta.

Colgó.

Nora estaba bajo el toldo, abrazándose los codos.

—Denver —dijo.

—Puede. A mediodía.

Miró las letras al revés en el ladrillo.

—Vete a casa. Duerme.

*  *  *

Dormí unas tres horas. Hice una bolsa: cuatro camisas, dos vaqueros, las pastillas de la rodilla izquierda y la foto de la boda de Walt y June. Se le había perdido en la mudanza y la encontré un mes después en una caja de jerséis suyos.

El entrenador Halloran dirigió el entrenamiento como si no pasara nada. Lo hace cuando pasa algo. Anders pasó patinando a mi lado, dijo «En Denver el aire está enrarecido. Te sangrará la nariz», y siguió.

La mañana de la fecha límite saca a todo el que tiene acreditación de prensa. Kessler estaba en el cristal junto al banquillo. A su lado, Hazel Brooks, del Ledger , le preguntaba a Theo por el hueco de la puerta si había deshecho la maleta desde el año pasado.

—Nunca deshagas la maleta —dijo Theo.

Ella no se rio, y él se fue patinando con cara de satisfecho.

A las once y media yo estaba en la grada, sector 104, fila M, con la pista vacía debajo y mi portería al fondo. Lefty y Earl se veían pequeños desde allí arriba.

Nora se sentó a mi lado unos minutos después con dos vasos de Rosie’s, café para ella y agua templada con limón para mí.

Alguien había dejado en marcha el reloj del videomarcador, números rojos, la hora del día.

A las doce menos cuatro le vibró el móvil, lo miró y se puso blanca.

Le dio la vuelta para enseñármelo. Una notificación de una aplicación de deportes: Fuentes: los Peaks y los Ravens, en negociaciones avanzadas por el portero Beckett Shaw.

—Eso es viejo —dije. A lo mejor lo era. Pensé en la bolsa junto a mi puerta, y en lo lejos que está Denver de Riverbend. Diecinueve horas en camioneta. Lo había mirado a las cuatro de la madrugada.

Me cogió la mano sin mirarme.

Llegó el mediodía. Tenía el móvil sobre la rodilla, bocarriba y negro. Conté los segundos, porque no podía evitarlo, y había pasado de cuatro minutos cuando se iluminó el nombre de Marcus.

—Han dicho que no —dijo—. Portland le colgó a Denver a las once y cincuenta y uno. Eres un Raven hasta junio. Eso no significa que te vayan a renovar. Significa que quieren ver cómo acaba la historia.

Se lo dije a ella.

—Me quedo.

Soltó un suspiro largo, apoyó la frente en mi hombro y me apretó la mano hasta que me crujieron los nudillos.

—Dijiste que me llamarías a mí primero —dijo contra mi manga.

—Has llegado tú primero.

Se rio, entre lágrimas, y se secó los ojos con el puño del abrigo.

—Ven esta noche a casa —dije.

—¿Al loft de asesino en serie?

—Compraré una silla.

*  *  *

La compré. Un taburete de bar del IKEA de Northeast, cuarenta y nueve dólares, montado en el suelo de la cocina y con un tornillo sobrante que todavía me preocupa.

Llegó a las siete con dos bolsas de New Seasons y miró el taburete.

—¿Para mí?

—Para ti.

Fue sacando en mi encimera bucatini, pecorino, mantequilla y pimienta negra en grano.

—Hoy no es día de partido —dijo—. Te voy a dar de comer como a una persona.

Tostó la pimienta en una sartén sin aceite hasta que el loft olió a algo cálido y picante, y la machacó con el culo de un cazo porque no tengo mortero.

—Esto es lo que hice la noche que te conocí —dijo, removiendo—. Mantequilla y demasiada pimienta. Así que esto es el segundo asalto.

Comimos en la encimera, ella en el taburete y yo de pie enfrente, con la ciudad en las ventanas. Era lo mejor que había comido en mi vida, y se lo dije.

—Llevas trece años comiendo pollo —dijo ella—. Tienes el listón por los suelos.

—Sigue siendo verdad —dije yo, y ella dejó el tenedor y no volvió a cogerlo.

*  *  *

Ella fregó. Yo sequé. En el fregadero se paró con las manos en el agua y dijo, sin darse la vuelta:

—En el callejón dijiste si mañana me traspasan . No terminaste la frase.

—Si me traspasaban —dije—, no quería que el callejón fuera la última vez.

Cerró el grifo y se dio la vuelta, con las manos mojadas en alto entre los dos.

—No tiene por qué ser la última vez.

—No está en la servilleta.

—No te estoy preguntando por la servilleta.

Apoyé las manos en la encimera, una a cada lado de ella. Cerca, sin tocarla.

—Dilo —dije—. Contigo no voy a ir adivinando.

No apartó la mirada.

—Seattle —dijo—. Tú en aquel suelo. Me pasé media noche tumbada esperando que te levantaras y… —Le tembló la voz. Se rio de sí misma, una risa corta, llorosa—. Se me da fatal esto. Sí. Eso es lo que te estoy diciendo. Sí.

La besé. Me puso las manos mojadas en la cara y me dio igual.

*  *  *

En el dormitorio hay una cama, una lámpara y una ventana. Se rio al verlo, contra mi boca, y dijo «Cómo no», y entonces le saqué el jersey por la cabeza y dejó de reírse.

Lo había pensado. En el suelo de Seattle, un metro por debajo de ella, oyéndola respirar.

En la camioneta, delante de su edificio, con su boca en mis nudillos.

Ninguna de esas versiones tenía los detalles: las pecas de los hombros, cientos, la piel de gallina que se le puso cuando le metí el pulgar bajo el tirante del sujetador y el suspiro pequeño que soltó cuando se lo desabroché.

—Te tiemblan las manos —susurró.

—Lo sé.

—Bien. —Me tiró del bajo de la camiseta—. A mí también.

Dejé que me la quitara. Me puso las palmas en el pecho y las bajó por encima del moratón que tenía en las costillas de un tiro de golpeo de la semana anterior, lo tocó con dos dedos, se inclinó y lo besó.

Tuve que cerrar los ojos. Sus manos siguieron bajando.

Me desabrochó el cinturón recreándose, mirándome a la cara, y me apretó la palma por encima de los vaqueros. La tenía dura desde el fregadero.

—Vaya —dijo—. Hola.

—Nora.

—Es por educación. Te saludo.

La tumbé en la cama y le quité los vaqueros, y me quité los míos. Llevaba unas bragas negras de algodón con un agujerito cerca de la cadera. Vio que lo había visto.

—En mi defensa —dijo—, yo creía que esta noche tocaba pasta.

Le puse la boca en el agujero. Se olvidó del resto de su defensa.

Tenía los pechos pequeños, también con pecas, y los pezones se le habían endurecido con el aire frío del loft antes de que se los tocara. Se los toqué, con los pulgares y después con la boca, y soltó un gemido y se tapó los labios con la mano de golpe.

Le cogí la muñeca y se la llevé a la almohada.

—No —dije—. Quiero oírlo.

—Eso es… —Tragó saliva—. Vale. Eso es mucha frase, viniendo de ti.

Me tomé mi tiempo. Tampoco fui adivinando.

Escuché. Se le cortaba la respiración cuando le ponía la boca bajo la oreja.

Se le paró un segundo cuando le mordí la curva de la cadera.

Cuando le subí la mano por la cara interna del muslo, poco a poco, empujó las caderas hacia ella y dijo mi nombre, grave e impaciente.

—Dímelo —dije.

—¿Que te diga qué?

—Lo que quieres. Se me dan bien las instrucciones.

Se rio, y me miró y dejó de reírse.

—Tu boca —dijo—. En mí. Por favor.

Metí los dedos en el elástico.

—¿Vale?

—Como pares, te mato.

Le bajé las bragas por las piernas y las dejé caer por un lado de la cama. Ya estaba mojada. Lo veía, y ella vio que yo lo veía y se puso roja hasta la clavícula. Me acomodé entre sus muslos y le puse la boca encima, y ella agarró la sábana con un puño y mi pelo con el otro.

Sabía a sal y, por debajo, a algo más dulce.

Empecé sin prisa, con la lengua ancha, y presté atención, como cuando leo en vídeo el hombro de un tirador, porque su cuerpo me lo contaba todo antes que ella.

Cuando le rodeé el clítoris, se le acortó la respiración.

Cuando lo succioné, con cuidado, dijo «Dios, eso, eso», y lo hice, y seguí haciéndolo, y le metí un dedo, luego dos, y los curvé, y me clavó los talones en la espalda.

—Más despacio —dijo—. No… ahí. Justo ahí. No te muevas, Beckett. Ni se te ocurra moverte.

No me moví. Me quedé exactamente donde me había puesto, con la misma presión, el mismo ritmo, mientras sus muslos se me cerraban alrededor de la cabeza y el vientre se le tensaba bajo mi mano libre.

Cuando se corrió, arqueó la espalda despegándola del colchón y mi nombre se le partió en dos en la boca, e intentó tragarse el ruido.

Le dije «No» contra la piel y lo soltó, alto, hacia las vigas.

Me quedé con ella, suave, hasta que me apartó la cabeza porque ya era demasiado.

Tiró de mí hacia arriba por el pelo. Tenía todo el pecho encendido, rosa bajo las pecas, y volvía a reírse, sin aliento.

—Vale —dijo—. Vale. ¿Dónde has…? Vale.

—¿Vale?

—Calla. Ven aquí.

Fui a por el cajón de la mesilla. Había comprado la caja esa tarde, en el Walgreens de al lado del IKEA, y me había quedado demasiado rato en el pasillo, como un adolescente.

Me vio rasgar el envoltorio, y antes de que pudiera ponérmelo bajó la mano y me rodeó la polla con los dedos, y tuve que apoyar la frente en su hombro y respirar por la nariz.

—La tienes grande —dijo, como un dato que archivaba para más tarde—. Me va a hacer falta un minuto con eso.

—Tómate diez.

—No quiero diez. —Me soltó—. Póntelo.

Me lo puse. Cuando volví a colocarme encima de ella, me puso la mano en el pecho y me paró.

—Mírame —dijo.

La miré.