Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo quince
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Capítulo quince

Nora

La noche antes de la fecha límite de traspasos, todos los Ravens que quizá no fueran Ravens al mediodía siguiente iban a The Drop y escribían su nombre en la pizarra de detrás de la barra.

La tradición la empezó Gwen hacía nueve años, la temporada en que compró el local.

Había jugado once años al hockey femenino profesional y decía que la noche antes de una fecha límite era como la noche antes de una operación: ya puestos, comes, bebes y dices lo que te arrepentirías de no haber dicho.

A los que traspasaban al día siguiente no los borraba nunca.

Había veintitrés nombres en la pizarra, desvaídos, algunos de tíos cuyas camisetas había visto enmarcadas en el pasillo del Foundry.

—Es macabro —dije, cuando Theo me lo explicó en la puerta.

—Es precioso —dijo Theo—. Gwen es una poeta. Escribe tu nombre.

—A mí no me van a traspasar. Trabajo en comunicación.

—Dana podría traspasarte a Minnesota a cambio de una mascota y una bolsa de discos. —Me dio la tiza—. Escríbelo.

Lo escribí pequeño, en la esquina de abajo. NORA Q. Busqué el nombre que había venido a buscar y lo encontré arriba del todo, en mayúsculas cuadradas que ocupaban más sitio que las de nadie.

SHAW #31.

*  *  *

Habían pasado once días desde Riverbend.

Había venido a las comidas de las cuatro, incluso a tres que cayeron en día de entrenamiento, cosa que él nunca mencionó y yo nunca le cuestioné.

Me había acompañado hasta Basil después de cada partido en casa con los cables de arranque en la mano, por si acaso.

Ninguno de los dos había dicho ni una palabra de la kiss cam , ni de la mano cogida en su camioneta, ni del dorso de sus nudillos bajo mi boca.

En el portátil tenía un archivo llamado VERDAD_v3_NO_PUBLICAR.mov .

La noche en que me escribió Guárdalo , me senté en el sofá a la una de la madrugada y arrastré los veinte segundos de Walt a la línea de tiempo, detrás de la niña en el hielo.

Después los saqué. Sin Walt, el vídeo era un hombre defendiéndose.

Con él, era el motivo. Los volví a poner.

No iba a salir nunca del portátil. Solo quería verlo una vez junto al resto, como cuando en una tienda te pones un vestido por delante sin comprarlo.

Lo dejé allí, me fui a la cama y no dormí.

Tres días después volví al cuarto del material con un micro de solapa y le pedí a Pete que me lo contara todo otra vez, con calma, con la muela apagada, y lo hizo, y puse su voz sobre la entrada de jugadores vacía de noche.

Cuando lo terminé, lo vi una vez, del clip del aparcamiento al último segundo de la risa de Walt, y lloré en el sofá.

Esa misma noche lo copié en un pendrive , uno gris barato con un llavero en forma de sartén, por si se moría el portátil, y el pendrive acabó en mi bolso de trabajo con los cargadores y el cacao de labios.

Había un clip que todavía me chirriaba, el de un campus infantil de hockey en Hillsboro en el que el color había salido demasiado cálido y los críos parecían quemados por el sol.

Siempre pensaba arreglarlo. No iba a publicar nada de aquello.

Había puesto NO_PUBLICAR en el nombre del archivo para verlo cada vez. Me dije que con eso bastaba.

The Drop estaba lleno. Techos bajos, madera oscura, una gramola que solo ponía canciones de antes de 2005 y olor a aceite de freidora, a cerveza derramada y a abrigos de lana mojados.

El equipo de Ravens: All Access , los del documental que la directiva había contratado para ocho episodios, había montado una cámara junto a la mesa de billar: un tal Kev, con barba y una pértiga de sonido, que no paraba de grabar a Jamie Kowalski intentando meter una bola.

A las diez, Gwen se acercó, desenchufó el foco del equipo de Kev y dijo:

—Mi bar. Mis normas. Fuera.

Kev se fue sin rechistar. Gwen mide un metro ochenta y tres.

A partir de ahí, ni una cámara. El móvil se quedó en mi bolsillo. Era una sensación rara y buena, como quitarse el sujetador.

*  *  *

Beckett estaba al fondo de la barra, en el último taburete, de espaldas a la pared, como se sentaba en todas partes.

Se había pasado toda la noche con la misma cerveza y hablaba con Luke de algo que les hacía fruncir el ceño a los dos.

Vestía una camiseta gris de manga larga con botones en el cuello, las mangas subidas, y se le veían los antebrazos, los tendones moviéndose cuando giraba la botella, una vena bajándole por la cara interna de una muñeca.

Llevaba semanas mirando esos antebrazos.

En Seattle me había pasado la noche tumbada en aquella cama, un metro por encima de él, oyéndolo respirar, con un pie ya fuera del edredón, y luego lo había vuelto a meter.

Yo estaba en una mesa alta con Mason Greer, que me enseñaba en el móvil fotos de un trabajo de manualidades de la guardería de su hija Poppy. Era un retrato de Mason hecho con macarrones, con un diente mellado que él no tenía.

—Dice que así estaré cuando sea viejo —dijo Mason—. Tiene cinco años. Es muy directa.

—Tiene mucho talento.

—Da miedo. La niñera se despidió el martes. La tercera desde Navidad. —Pasó fotos—. Esta eres tú.

Giró el móvil. Un plato de cartón con lana naranja pegada encima a modo de pelo y un montón de puntitos marrones. Debajo, con letra de profesora: Dibujo de Poppy de Nora, la amiga de papá que besa al portero.

—¿Esa soy yo? —dije—. ¿Eso son pecas?

—Lo vio en las noticias —dijo Mason—. Lo vio cincuenta veces. Cree que eres una princesa. No he tenido valor para sacarla del error.

Me reí, me giré a buscar a Beckett por puro reflejo, y entonces la vi.

Era rubia, alta, con una chaqueta de cuero negra y el paso tranquilo de alguien que lleva nueve años seguidos viniendo a la misma fiesta.

Había entrado de la calle y había ido directa al fondo de la barra, al taburete de al lado del de Beckett que Luke acababa de dejar libre.

Le puso la mano en el antebrazo antes incluso de sentarse.

—Es Brielle —dijo Mason, siguiéndome la mirada. Hizo una mueca—. La ex de Theo. Viene todos los años. Conoce a uno del departamento comercial.

—¿Conoce a Beckett?

—Conoce a todo el mundo. Ese es el problema.

Brielle se inclinó hacia él y le dijo algo. Beckett giró la cabeza hacia ella unos dos centímetros, que era lo máximo que la giraba para cualquiera. Ella se rio, lo bastante alto para que se la oyera por encima de la gramola, donde sonaba Third Eye Blind, y volvió a tocarle el brazo.

Cogí una servilleta de cóctel de la mesa. La doblé por la mitad. Y otra vez por la mitad. Quién le tocara el brazo a Beckett Shaw en un bar no era asunto mío. Volvió a hacerlo. Esta vez la mano le fue al hombro, y él la miró como a un pájaro que se le hubiera posado encima sin permiso.

—La estás haciendo trizas —dijo Mason.

Bajé la vista. La servilleta estaba hecha pedazos sobre la mesa, un montoncito de nieve de papel blanco.

—Es una técnica —dije—. Para el estrés. Me la recomendó mi terapeuta.

—¿Tu terapeuta te recomendó destrozar servilletas?

—Las servilletas ya me han hecho daño antes.

Al otro lado del local, Theo lo había visto. Estaba junto a la diana con un dardo en la mano, muy quieto, mirando a su exnovia arrimarse a su portero. Lanzó el dardo, falló la diana por treinta centímetros y el dardo se quedó clavado en el panelado de madera.

Beckett le dijo una palabra a Brielle. No la oí. Se levantó, cogió la cerveza y la rodeó como si fuera un charco. Fue a la barra, le dijo algo a Gwen, y Gwen puso un vaso en el mostrador, lo llenó de cerveza de jengibre del grifo y le exprimió una lima dentro.

Lo trajo a través del local, entre la gente, por delante de la gramola y de la partida de billar de Jamie, y me lo dejó en la mesa alta, delante de mí, junto al confeti de servilleta.

—Conduces tú —dijo—. Basil.

—Ya sé que conduzco yo.

—Cerveza de jengibre. Lima. Sin hielo.

Yo no había pedido nada. No le había dicho que no me gusta el hielo. Lo había dicho una vez, quizá, en el food truck , hablando de una limonada, en una frase que iba de otra cosa.

—Gracias —dije.

Miró la nieve de servilleta. Me miró a mí. No dijo nada de aquello y no volvió a su taburete. Se quedó de pie a mi lado, con el hombro a quince centímetros del mío y la cerveza en la mano, hablando con Mason de los macarrones de Poppy.

Al fondo de la barra, Brielle se quedó sola un minuto y se fue. Theo vino un poco más tarde y de camino arrancó el dardo del panelado.

—Lo hace todos los años —me dijo, en voz baja, sin rastro de broma—. Elige al tío del equipo que mejor me cae. Hace dos años fue nuestro antiguo portero suplente. —Miró la espalda de Beckett—. Es el primero que no pica.

Sonrió, el Theo que yo conocía se volvió a encender y se fue a perder al billar.

*  *  *

A las doce menos veinte salí por la puerta de atrás porque en el local hacía demasiado calor y el hombro de Beckett llevaba hora y media a quince centímetros del mío.

El callejón de detrás de The Drop era estrecho y estaba mojado, iluminado por una bombilla enjaulada encima de la puerta y por el resplandor rojo del neón de la fachada, que se proyectaba en los ladrillos de enfrente, de modo que se leía THE DROP al revés.

Olía a lluvia, al contenedor y al cigarro que alguien se había fumado hacía una hora.

Me quedé bajo el toldo, con el agua cayendo del borde en una línea delante de mi cara, y respiré.

La puerta se abrió detrás de mí. Supe que era él sin darme la vuelta. Conocía su peso en el escalón.

—Hace calor ahí dentro —dije.

—Veintisiete grados junto al billar. Gwen lo tiene alto para que la gente pida bebida.

—¿Lo has comprobado?

—Hay un termostato al lado del baño.

Vino a ponerse a mi lado bajo el toldo. Miramos el agua gotear.

—Te ha tocado el brazo cuatro veces —dije.

No contestó enseguida.

—Cinco.

Me giré para mirarlo.

—Las has contado.

—Y tú. —Miraba la pared de enfrente, las letras al revés—. Has hecho trizas una servilleta.

—Era una técnica para el estrés.

—Mason dice que era por Brielle.

—Mason habla mucho para ser un hombre cuya hija cree que le falta un diente. —Volví a mirar la línea de gotas. Me ardía la cara—. Ni siquiera la has mirado.

—Te estaba mirando a ti.

La lluvia seguía.

—Hora y media —dije—. Has estado hora y media de pie a mi lado.

—Lo sé.

—¿Por qué?

Se giró. Me miró como en la foto del primer día, por la que cuarenta y seis mil personas habían pasado de largo, con la cicatriz levantada y la boca suave, solo que ahora yo estaba lo bastante cerca para ver el verde en los bordes de sus ojos grises, del color del río.

—Porque nadie estaba grabando —dijo.

—Regla uno —dije. No me salía la voz firme—. Nada de besos en público sin avisar.

—Es un callejón.

—Es al aire libre. Eso es público.

—Aquí no hay nadie.

—Hay un contenedor.

—El contenedor no lo va a publicar. —Estaba más cerca. No lo había visto moverse—. Nora.

—¿Qué?

—No te voy a avisar.

Aun así, esperó. Se quedó allí, con la lluvia cayendo del toldo detrás de su cabeza y las manos quietas a los costados, y esperó, y no me tocó, y entendí que iba a seguir allí de pie hasta que yo le dijera lo que quería.

Le agarré un puñado de camiseta por el cuello, como le había agarrado la del equipo en el escalón del banquillo, y tiré.

Esta vez nadie contaba y nadie gritaba. Fue lento y cálido y sabía a su única cerveza y a mi cerveza de jengibre, y me subió una mano al pelo, a la nuca, y la otra me la llevó a la parte baja de la espalda y me atrajo hacia él, me levantó de los talones, me dejó de puntillas.

Le apreté la palma contra el pecho y noté el corazón latiéndole fuerte.

La espalda me tocó el ladrillo frío de la pared.

Vino conmigo, entero, con el muslo entre los míos y el pecho contra mis pechos, y la tenía dura contra mi cadera y no fingió que no.

Soltó un sonido grave con la garganta y lo noté bajo la mano.

Quería sus manos debajo de mi abrigo. Se lo dije, dentro de su boca, y él se rio, con la voz áspera, y las dejó donde estaban.

—En un callejón no —dijo contra mis labios.

—Eres muy tiquismiquis para ser un hombre que duerme en el suelo de los hoteles —dije, y entonces volvió a besarme y perdí el resto de la frase.

Durante cuatro años había besado a un hombre delante de un aro de luz, con la barbilla inclinada en el ángulo que quedaba bien en cámara. En algún momento, en aquel callejón, me olvidé de dónde tenía la barbilla.

Cuando paramos, mantuvo la frente apoyada en la mía. Del toldo me caían gotas en el hombro.

—Eso —dije— ha sido una infracción de la servilleta.

—Denúnciame.

—A lo mejor lo hago.

—Nora. —Me pasó el pulgar por la mandíbula, una vez—. Si mañana me traspasan…

—Entonces me llamas a mí primero —dije—. Antes que a Dana. Antes que a tu agente. Antes que a nadie.

No contestó enseguida. Me miró. Parecía estar aprendiéndose mi cara con aquella luz mala, las pecas, el pelo mojado y lo que fuera que estuviera haciendo mi boca.

—Te llamaré a ti primero —dijo.

Dentro, alguien volvió a poner Third Eye Blind en la gramola, y a través del ladrillo oí al bar entero cantando la letra mal.