Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo catorce
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Capítulo catorce

Beckett

La recogí el domingo a la una y media. Bajó la escalera exterior de su edificio de Sellwood con una caja blanca de pastelería atada con cordel y un abrigo de lana verde que no le había visto nunca, abrochado con los botones cambiados de ojal.

Se subió a la camioneta. La caja, sobre las rodillas.

—Has hecho butter tarts .

—Lo de con pasas o sin pasas por lo visto es una guerra civil, así que hice mitad y mitad.

—Miró la caja—. ¿Es raro? ¿Llevar comida a una residencia para personas con demencia?

No sabía si podía tomar azúcar. Llamé y le pregunté a una mujer que se llama Rosa, me dijo que sí, y luego me preguntó si yo era la chica del partido de hockey, le dije que probablemente, y se rio de mí hasta que tuvo que dejar el teléfono.

—Llevas el abrigo mal abrochado.

Se miró.

—Ay, Dios.

Se lo arregló en el semáforo de Tacoma, botón a botón, de abajo arriba. La miré hacerlo con el rabillo del ojo y casi me salto el ámbar.

*  *  *

Riverbend es un edificio alargado y bajo, con revestimiento blanco y un jardín delante en el que en febrero no crece nada salvo un poco de romero, y un banco con una placa de latón.

La puerta principal tiene un teclado. El código es el año en que abrieron, al revés.

Rosa dice que así los residentes no salen y que no deja fuera a nadie.

Rosa nos recibió dentro. Miró a Nora, la caja y a mí, y levantó las cejas y ya no las bajó.

—Vaya —dijo.

—Rosa. Nora.

—Ya sé quién es. La he visto nueve millones de veces. —Rosa le cogió la mano a Nora entre las dos suyas—. Está en el solario. Tiene un buen día, pero ya sabes cómo va esto. Puede que no te conozca. —Se lo decía a Nora, pero me miró a mí al decirlo—. Ayer no conocía a Beckett.

—No pasa nada —dijo Nora—. A mí tampoco me conoce. Empezamos empatados.

Rosa se rio. Le dio dos palmaditas en la mano a Nora, la soltó y me lanzó una mirada que solo le había visto una vez, la noche de enero en que se quedó conmigo en urgencias. Se fue pasillo abajo sin decir nada más.

*  *  *

El solario es la mejor sala del edificio.

Cristal por tres lados, vistas al jardín y a un cedro enorme, y en un día como aquel, cuando la lluvia para una hora, la luz entra baja y dorada y cae sobre la moqueta en cuadrados.

Walt estaba en un sillón junto a la ventana, con su rebeca verde y la gorra del club de curling sobre la rodilla. Miraba el cedro.

—Walt —dije—. Te traigo una visita.

Giró la cabeza. Me miró a mí primero, con educación, con la mirada de un desconocido, la que me dedicaba desde hacía dos años. Me he acostumbrado, como a una rodilla que duele cuando llueve.

Entonces miró detrás de mí, a Nora, y le cambió la cara.

Primero se le aflojó la mandíbula. Los dedos empezaron a temblarle sobre los brazos del sillón. Abrió mucho los ojos, húmedos y muy azules, y se impulsó para levantarse, y yo fui a detenerlo y me apartó con un gesto, con más fuerza de la que había tenido en meses.

—June —dijo.

Nora se paró. Tenía la caja de pastelería en las manos. Me miró, y yo no pude devolverle nada, porque no tenía ni idea de lo que estaba haciendo mi propia cara.

June era pelirroja. Se le puso el pelo blanco antes de que yo tuviera edad para acordarme, pero en la foto de la boda que Walt tenía junto a la cama en la casa de Birch Lake es del color de una hoja de arce en octubre.

La foto estuvo en su mesilla hasta el día en que me lo traje a Portland, y después olvidó dónde la había puesto.

Se levantó del todo. Se quedó de pie con sus zapatillas, balanceándose un poco, y le tendió la mano.

—Has vuelto —dijo Walt.

Nora dejó la caja en la mesita auxiliar. Dio un paso y le cogió la mano, y la vi decidir algo en el medio segundo antes de hacerlo.

—Estoy aquí —dijo.

Él la atrajo para abrazarla. Ha encogido, pero conserva los brazos, y la cara de ella desapareció en el hombro de la rebeca. Le oí hacer un ruido que nunca le había oído, una especie de hipo, y le dijo con la boca pegada a su pelo:

—Te he esperado. Dejé encendida la luz del porche.

—Lo sé —dijo Nora—. La vi.

Yo me quedé allí, con las manos colgando.

*  *  *

Estuvieron sentados junto a la ventana una hora.

Rosa se asomó a la puerta dos veces. La segunda cruzó la mirada con Nora, asintió y se fue.

Él no le soltó la mano en todo el rato, ni siquiera cuando ella intentó abrir la caja, así que la abrí yo, y él se comió una butter tart con pasas en cuatro bocados y dijo que estaba demasiado dulce, como solía decir de las de June, y luego se comió otra.

Le habló de la quitanieves. La ventisca del setenta y nueve, treinta y una horas en la carretera 10, las pipas de girasol. Ella ya me la había oído a mí en Seattle, en el suelo, a las dos de la madrugada. Escuchó como si no la hubiera oído nunca. Se rio de las pipas en el momento justo.

A mí no me habló mucho. Una vez me llamó «el chaval del hockey», con voz amable, y me preguntó si quería una tartaleta. Otra vez le preguntó a ella si yo era su hermano, y ella dijo:

—No, es un amigo.

—Un amigo grande —dijo Walt.

—El más grande —dijo ella, y los dos se rieron de mí.

Después contó la historia del estanque.

—Teníamos un nieto —le dijo, dando por hecho que ella lo sabía—.

Un renacuajo, de ocho, nueve años. No había manera de sacarlo del hielo.

Le hice una portería con listones y tela metálica de gallinero y se quedaba ahí fuera hasta que tenía los pies como dos bloques de hielo.

Una noche estábamos a treinta y uno bajo cero y salí a las nueve a buscarlo y me dijo una más, abuelo, una más , y le estuve tirando con una linterna entre los dientes.

Yo conocía esa historia. La conocía desde el otro lado.

—Y se meó encima —dije.

Walt se volvió y me miró.

—Con el mono de motonieve puesto —dije—.

Llevaba tanto tiempo fuera que no lo notó.

Y no te lo dijo, porque no quería entrar.

Y se le congeló. Y tuviste que llevarlo a casa a cuestas, y él lloraba porque tenía los pantalones tiesos de hielo, y tú te reías tanto que te caíste en el montón de nieve junto a la leña.

Durante un segundo Walt me miró. Tenía los ojos claros, azules y confusos.

Luego se echó a reír.

Le salió de algún sitio hondo del pecho, sibilante y oxidado. Se rio hasta que tuvo que taparse los ojos con la mano.

—La leña —dijo—. June, sabe lo de la leña. ¿Cómo sabe lo de la leña?

Yo también me reía. No lo decidí. Me salió igual, oxidado, y no podía pararlo, y Walt alargó el brazo y me agarró el antebrazo con su manaza llena de cicatrices y no me soltó mientras nos reíamos los dos, y durante veinte segundos se agarró a mí como cuando yo tenía ocho años, como si supiera quién era yo sin saber nada de nada.

Levanté la vista. Nora tenía el móvil en el regazo. No lo había levantado. Ya había girado la silla, me fijé después, para que detrás de nosotros solo quedaran el cristal y el cedro y no la señora Abernathy, dormida junto a la pared del fondo. La regla de Rosa: ningún otro residente en nada, nunca.

—¿Puedo? —susurró. Lo levantó dos centímetros—. Solo para nosotros. No lo voy a publicar. No se lo voy a enseñar a nadie. Puedes verlo cuando quieras.

Walt seguía riéndose, resollando, secándose los ojos con el dorso de la muñeca.

Asentí.

—Solo para nosotros.

Grabó. Yo no miré a la cámara. Miré a Walt, y él me miró a mí y dijo «la leña» otra vez y se rio tanto que le dio la tos, y Nora bajó el móvil, y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Veinte segundos. Me lo dijo después. No hacía falta.

*  *  *

En el aparcamiento, Rosa me agarró del brazo mientras Nora iba delante hacia la camioneta.

—No se había reído así desde que llegó —dijo Rosa.

—Lo sé.

—Dos años, Beckett.

—Ya.

—Y la despedida también la ha hecho bien. Le dije que no se despidiera, que solo dijera que volvería. Ella dijo «el domingo». Él dijo «el domingo». —Me apretó el brazo, me soltó y volvió dentro, y la puerta se cerró detrás de ella con un zumbido.

*  *  *

Llevé a Nora a casa de noche. Había vuelto a llover, sin parar, y los limpiaparabrisas iban en la velocidad lenta.

Ninguno de los dos habló al cruzar el puente de Sellwood.

Aparqué delante de su edificio, bajo la farola, y ella no fue a abrir la puerta y yo no apagué el motor.

La calefacción hacía tic. La radio estaba apagada.

—June era pelirroja —dijo Nora.

—Sí.

—No me lo dijiste.

—No sabía que iba a hacer eso. —Miré la lluvia en el parabrisas, las gotas juntándose unas con otras—. Nunca ha confundido a nadie con ella. Ni una vez.

—Espero que estuviera bien. Lo que dije.

—Estuvo bien.

—Porque lo pensé. Tuve como un segundo. Y pensé: lleva todo este tiempo esperando con la luz del porche encendida, y yo estoy aquí de pie, y… —Se calló—. No quería hacerle esperar más.

Tenía las dos manos en el volante. A las diez y diez. Me lo enseñó Walt en el aparcamiento del club de curling de Birch Lake cuando yo tenía quince años.

—Mi madre me dejó en su porche —dije.

Nora se quedó quieta en el asiento del copiloto.

—Tenía ocho años. Llevaba una bolsa de deporte con mi ropa y una caja de gofres Eggo, porque me gustaban, y lo dejó todo en el porche y dijo que volvería el domingo.

—Me oía la voz. Sonaba como alguien leyendo el acta de un partido—.

Tenía a un tío esperándola en la carretera en un Pontiac con el motor encendido. Me acuerdo del humo del tubo de escape.

Los limpiaparabrisas fueron y volvieron.

—Me senté en el porche todos los domingos de aquel invierno.

Walt me dejaba. Sacaba una manta y una taza de chocolate caliente y se sentaba conmigo hasta que se hacía de noche.

Contaba los coches que bajaban por la carretera.

Doscientos catorce coches, de noviembre a marzo.

Ninguno era ella. —Solté el volante y apoyé las manos en las rodillas—.

June me obligaba a entrar cuando bajaba a veinte bajo cero.

Walt nunca. Él se quedaba ahí fuera conmigo.

—Beckett.

—La primera vez que volvió fue la semana en que firmé mi primer contrato profesional. Tenía veinte años. Lo había leído en alguna parte. —Miré el salpicadero, la lucecita naranja que decía que el airbag del copiloto estaba activado—. Me preguntó de cuánto era antes de preguntarme cómo estaba.

Nora no dijo nada. Alargó la mano por encima de la consola, me quitó la derecha de la rodilla, le dio la vuelta y la sostuvo entre las dos suyas. Tenía las manos frías. Las mías no.

—Walt sabe esa parte —dije—. Ahora tú.

No me soltó. La calefacción hacía tic. Pasó un coche, despacio, y la luz de sus faros cruzó el techo de la cabina y se fue.

—Gracias por contármelo —dijo.

Asentí.

Me levantó la mano y apretó la boca contra el dorso, contra los nudillos, rápido y ligero, y me soltó, abrió la puerta y entró el frío.

Subió la escalera corriendo con la caja vacía de la pastelería sobre la cabeza para protegerse de la lluvia.

Arriba se dio la vuelta bajo la luz y levantó la mano, y yo levanté la mía, y entró.

*  *  *

Volví a casa con la radio apagada, por el lado este y cruzando el puente de Burnside, dando el rodeo largo, sin ningún motivo.

Le había hecho firmar una servilleta en la que decía que nunca preguntaría por el vídeo. No había preguntado por nada. Y yo se lo había contado igual, todo, el Pontiac, los coches y los gofres, en una camioneta aparcada con el motor en marcha, y ni siquiera le había hecho esforzarse para sacármelo.

A las nueve y cuarenta y ocho me vibró el móvil en la encimera de la cocina. Un archivo de vídeo, veinte segundos. En la miniatura salía Walt con la mano sobre los ojos y la boca abierta, riéndose.

Debajo había escrito:

Es tuyo. Si quieres, borro mi copia. Tú decides.

Lo reproduje. Lo volví a reproducir con el volumen alto y me quedé de pie en mi cocina vacía, escuchando a mi abuelo reírse, y a mí mismo riéndome a su lado, los dos sonando exactamente igual.

Le contesté con dos palabras. Guárdalo.

Las mandé y dejé el móvil junto a los fogones, y en la pantalla el clip volvió a empezar solo, con la mano de Walt subiendo hasta taparse los ojos.