Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo trece
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Capítulo trece

Nora

El martes, el beso llevaba nueve millones de visualizaciones y Beckett y yo no nos habíamos dicho casi nada.

Domingo: Buenos días. Buenos días. Lunes, en la comida de las cuatro que me había pedido aunque era día de entrenamiento: Gracias.

De nada. El pollo estaba bueno. Es el mismo pollo.

El martes me sujetó una puerta y dijo ajá .

Fue la conversación más larga que habíamos tenido desde un aparcamiento bajo la lluvia.

Yo había vuelto a ver los nueve segundos más veces que internet entero.

La parte de después del tres, cuando me subió la mano a la mandíbula, ya sin guante, y me apoyó el pulgar bajo la oreja, y me besó como si hubiera dejado de pensar en cualquier otra cosa.

El sábado me pasé la noche en vela con mi propia mano donde había estado la suya, pensando en qué otros sitios la quería.

Cassie me había mandado NUEVE SEGUNDOS tantas veces que el móvil empezó a sugerírmelo al escribir. Mi madre me mandó Cariño y nada más. Dana, una fila de emojis de champán y El jueves en mi despacho, tenemos que hablar de marzo .

Monté un vídeo de sesenta segundos, San Valentín en el Foundry , con las demás parejas de la kiss cam y nos dejé fuera a Beckett y a mí. Dana preguntó dónde estábamos. Le dije Me lo guardo . Nueve millones te dan unos días de margen.

El miércoles fui a buscar a Pete.

*  *  *

El cuarto del material estaba al fondo del pasillo de los jugadores, detrás de una puerta de acero que alguien había pintado de verde bosque hacía mucho tiempo.

Olía a metal caliente, a cuero y a WD-40.

Pete estaba en la afiladora con un delantal de lona, pasando una cuchilla de patín por la muela, y de ella salía un abanico fino de chispas naranjas.

Llevaba con los Ravens desde su primer partido, en un pabellón alquilado, en 1991.

—Café —dije, y levanté el vaso de Rosie’s. Solo, dos de azúcar. Lo había aprendido la primera semana.

Apagó la muela.

—Soborno.

—Contenido. Quiero grabarte afilando patines para una serie. Las manos del Foundry . Primero tú, luego el de la Zamboni, después Luis.

—Luis va a obligarte a grabarle los antebrazos.

—Cuento con ello.

Se bebió medio café de pie y acercó un taburete con el pie.

Grabé veinte minutos: la cuchilla, las chispas, sus manos comprobando el filo con un bloquecito de acero. Le pregunté por la primera Zamboni y me dijo:

—Se quemó.

Le pregunté cómo y dijo:

—Eléctrico. En el noventa y cuatro.

Esa fue la historia entera.

Cuando dejé el móvil, no volvió a encender la muela.

—Lo besaste nueve segundos —dijo Pete.

—Nueve y medio. Según Anders.

—Anders cuenta como un sueco. —Dejó el patín en el banco de trabajo, con la cuchilla hacia arriba, y se quitó las gafas—. Siete años hace que lo conozco. Nunca lo he visto mirar así a nadie.

—Pete. —La mano se me fue sola a la funda del móvil, donde llevaba la servilleta doblada por detrás—. Hay una regla. No puedo preguntar por el…

—No has preguntado. Soy viejo. Hablo. —Apoyó los codos en el banco—. Nueve de enero. Habíamos perdido. Salí con él; aparco al lado. Caía aguanieve. Le suena el móvil antes de llegar a la puerta. Riverbend.

—Walt —dije.

Me miró, de pronto más atento.

—¿Te ha hablado de Walt?

—Un poco.

—Vaya. —No insistió—. Rosa al teléfono, intentando que no le tiemble la voz. El viento aullando en esa puerta. Él no la oye. ¿Qué, Rosa? Repítemelo. Walt se había escapado. Alguien había dejado una puerta de emergencia calzada para salir a fumar. En pijama y zapatillas, con aquel tiempo.

Se me había cerrado la garganta. Tragué saliva y no sirvió de nada.

—Hay un crío junto a la puerta. Diez años. Lleva dos horas esperando con su padre. Owen, de Beaverton. —Pete se rascó el bigote con el pulgar—. El crío le da un toquecito en el brazo justo cuando Rosa le está diciendo por dónde se ha ido Walt. Él se da la vuelta y le grita. Ese es tu vídeo.

La muela hacía tic, tic, al enfriarse.

—¿Y luego? —pregunté.

—Luego sale corriendo hacia la camioneta. Yo me quedo con el crío y con el padre y les explico lo que pasa. El padre dice vete, vete . —Se encogió de hombros—. Esa parte no la grabó nadie.

—¿Lo encontraron? ¿A Walt?

—En una parada de autobús de Powell, a unos ochocientos metros.

Una mujer le había echado su abrigo por encima.

Aun así, el pijama empapado hasta las rodillas.

Esperando el nueve. Le dijo al policía que tenía que ir a trabajar.

—Pete se frotó los ojos con el pulgar y el índice—. La quitanieves estaba esperando.

Tenía la cara mojada. No me había dado cuenta de cuándo había empezado.

—Estaba bien. Un catarro. Beckett se quedó en urgencias hasta las cuatro, volvió aquí y durmió en el sofá de la sala del fisio.

Lo encontré a las seis. —Pete se volvió a poner las gafas—.

Se lo preguntó Dana. Se lo preguntó el director general.

Su agente lo llamó no sé cuántas veces. No lo cuenta. Dice que Walt no es una historia.

Se terminó el café.

—Beckett estuvo tres días seguidos en el despacho de la directora de la residencia. Tenía un sitio elegido en Gresham. Iba a llevárselo de allí.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Por Rosa. Y porque el médico dijo que un traslado haría retroceder a Walt meses. Así que siguió cabreado y se quedó donde estaba.

—¿Por qué me lo cuentas?

—Porque tú lo grabas todo y te vas a quedar —dijo—. Mejor que lo cuentes bien.

Fue a un armario metálico pegado a la pared y volvió del cajón de arriba con una hoja de papel doblada en cuatro, ablandada por los pliegues de tanto usarla.

Era un dibujo con rotulador. Un portero de palotes con unos pads enormes y un 31 en el pecho, delante de una portería. A su lado, una figura más pequeña con gorro. Encima, con las mayúsculas cuidadosas de un niño de diez años: GRACIAS POR EL STICK. ESPERO QUE TU ABUELO ESTÉ BIEN. OWEN.

—Una semana después me hizo llevarle un stick firmado al colegio del crío —dijo Pete—.

Sin nota. Sin foto. Me lo hizo prometer.

La profesora mandó esto por correo, a mi nombre.

— Recuperó el papel, lo dobló por los pliegues y lo guardó en el cajón—.

Eso es todo. Venga, largo. Tengo nueve pares que hacer antes de las dos.

Y cámbiale la batería a ese coche. Ya me he enterado de lo de los cables.

*  *  *

Bajé hasta Basil y me senté en el garaje con la calefacción puesta.

No le había gritado a un niño. Le había gritado a una llamada. Después le había mandado al niño un stick y había dormido en un sofá en el mismo edificio mientras internet entero decidía que era un monstruo, y podía hacer que todo desapareciera con una sola frase, y no la decía.

No podía contarle que lo sabía. La regla cuatro iba doblada en la parte de atrás de la funda de mi móvil.

Yo no había preguntado, y aun así había cruzado la línea, y si se enteraba se acabaría todo: las comidas de las cuatro, el suelo de Seattle, todo lo que venía después de los nueve segundos y que ninguno de los dos se había atrevido a tocar todavía.

*  *  *

Tenía cientos de clips de Beckett Shaw en el portátil, la mayoría sin publicar, en una carpeta llamada 31 brUTO .

Después de cenar, con un cuenco de tinga recalentada enfriándose al lado del panel táctil, la abrí.

La clase de patinaje, desde tres ángulos.

El food truck . El patinaje en familia del veinticuatro de enero, cuando me pasé una hora junto a la valla mientras él firmaba a los críos.

Lo repasé fotograma a fotograma: un niño en silla de ruedas junto al que se agachó para quedar a su altura, una niña pequeña que se echó a llorar al ver la máscara, y Beckett quitándosela, dejándola en el hielo y levantando las manos: mira, solo soy yo .

Ninguno de esos clips se había publicado. Beckett había vetado cualquier cosa con niños la semana después del vídeo, y de todas formas el departamento legal no tenía las autorizaciones de la mitad de los padres, así que Dana no se lo había discutido.

Creé un proyecto nuevo. Arrastré el clip de seis segundos del aparcamiento, el que conocía todo el mundo, y lo puse el primero.

Detrás puse el patinaje en familia. Escribí una línea de texto sobre negro: 9 de enero.

22:52. Después las palabras de Pete, escritas, sin voz. Su abuelo había desaparecido.

Trabajé hasta casi las dos. Cuando paré, tenía un minuto y cincuenta segundos.

Empezaba con un hombre gritando en un aparcamiento y acababa con el mismo hombre de rodillas en el hielo, levantando las manos ante una niña que lloraba.

Entre esos dos clips quedaba un hueco en la línea de tiempo, unos veinte segundos de negro.

Lo había marcado con un cuadro de texto rojo.

WALT. (faltan imágenes. no las tengo. no puedo pedirlas.)

Lo guardé como VERDAD_v1.mov , cambié una transición, volví a guardarlo como VERDAD_v2.mov y cerré el portátil antes de poder tocarle nada más.

*  *  *

Lo de marzo de Dana resultó ser la fecha límite de traspasos. Me lo contó el jueves por la mañana, con el móvil encerrado en el cajón del escritorio. Denver había llamado preguntando por él. Si se iba, se iría antes del mediodía del 6 de marzo, y mi proyecto se iría con él.

—Te lo cuento para que no te enteres por Theo —dijo—. Y no pongas esa cara delante de la cámara.

En la comida de las cuatro de esa tarde me senté en el taburete a su lado y no miré el móvil.

Había dormido cuatro horas. Cada vez que lo miraba veía la parada de autobús de Powell, y luego el pelo húmedo en su nuca, y la piel de debajo de la oreja se me encendía donde el sábado había estado su pulgar. Miré el té.

Dejó el tenedor con dos bocados de arroz en el táper. Él nunca dejaba arroz.

—Walt tiene buenas tardes los domingos —le dijo al plato—. Rosa dice que es por la luz. Al solario le da el sol después de comer.

—Ah —dije.

Giró el vaso de agua con limón sobre la encimera. Se le habían puesto las orejas rojas.

—¿Vendrías a conocerlo?

Pensé en el portátil encima de la mesa baja de mi casa, en el cuadro rojo en mitad de la línea de tiempo y en los veinte segundos de negro donde se suponía que tenía que ir su abuelo.

—Sí —dije—. Me encantaría.