Un trato sin goles (Portland Ravens Hockey 1) Capítulo doce
34%

Capítulo doce

Beckett

—El sábado —dijo Nora—. Kiss cam . Noche de San Valentín. Dana se ha tomado un café con el que lleva la pantalla gigante. No hay nada firmado. Solo sabe adónde apuntar.

Yo tenía la máscara en una mano y el blocker en la otra. Theo venía detrás de mí, y le oí pararse.

—Este es tu aviso —dijo ella—. Regla uno. Lo hago oficialmente, con testigo. —Apuntó a Theo con la carpeta—. Tú eres el testigo.

—Es un honor —dijo Theo—. Lo quiero por escrito.

—Lárgate, Theo.

Se largó, andando hacia atrás los primeros tres metros para poder seguir mirando.

Nora estudió el póster que había detrás de mi hombro, Luke Harlan levantando el único trofeo de conferencia de los Ravens, de hacía cuatro temporadas.

—¿Cuánto rato? —pregunté.

—Tres segundos.

—Dana va a querer más.

—Dana quiere muchas cosas. Tres. —Dio tres golpecitos en la carpeta con el bolígrafo, por si me hacía falta verlo—. Uno, dos, tres. Luego te vas patinando y yo vuelvo a grabar, e internet se vuelve loco, y en abril podemos decirle a la gente que fue muy romántico.

—Tres —dije.

—¿Necesitas practicar?

Lo dijo en broma. Se le pusieron las orejas rojas hasta la punta, y se dio la vuelta y volvió a subir por el túnel antes de que yo pudiera contestar. Me quedé ahí con el blocker puesto hasta que se abrieron las puertas de la Zamboni.

El entrenador Halloran dobló la esquina y me miró.

—Shaw. ¿Sales o te vas a quedar ahí de adorno?

—Salgo.

—A ver ese partido del sábado —dijo. Viniendo de él, eso quiere decir no la cagues .

*  *  *

El sábado por la mañana fui en coche a Riverbend.

Está a veintidós minutos de mi loft si el puente de Ross Island está despejado. No lo estaba.

Rosa me recibió en la puerta con el código del teclado ya marcado.

Mide un metro cincuenta y lleva la segunda planta en el turno de día.

Tiene un colibrí tatuado en la muñeca. La noche del vídeo seguía en el edificio tres horas después de terminar su turno, cubriendo una baja, y fue ella quien me llamó. No lo ha sacado nunca.

—Está de buen humor —dijo, antes de que me quitara el abrigo—.

Se ha comido toda la avena, hasta las pasas, y él nunca se come las pasas, las aparta y las deja en un montoncito en la servilleta.

Y luego le ha dicho al señor Patterson, el del fondo del pasillo, que el curling es más difícil que el hockey, delante de todo el mundo, en el desayuno.

—El curling no es más difícil que el hockey.

—Ah, yo no le he llevado la contraria. Se la ha llevado el señor Patterson.

El señor Patterson jugó al hockey en Duluth en mil novecientos cincuenta y tantos, según él.

Se pusieron a gritar. La señora Abernathy apagó el audífono.

—Me dio unas palmaditas en el brazo—. Ve.

Está junto a la ventana. Ha pedido su gorra buena.

Walt estaba en su silla junto a la ventana de la sala común, con la rebeca verde que le compré en Costco y una gorra del Birch Lake Curling Club de 1996.

Hubo un tiempo en que medía un metro ochenta.

Las manos seguían siendo las de un conductor de quitanieves, nudillos grandes, una cicatriz blanca en el dorso de la izquierda por una cadena que se partió en 1981.

La pulsera gris le rodeaba el tobillo izquierdo por encima de la zapatilla. La comprobé.

Me senté frente a él. Le había traído una tarjeta de San Valentín, con un alce de dibujos animados que decía Me tienes el corazón alce-lerado .

La compré en el Walgreens de Hawthorne porque él le regalaba a June todos los años una tarjeta con un juego de palabras de animales, y todos los años ella fingía que la odiaba.

Me miró. Después miró la tarjeta.

—Es un chiste malísimo —dijo Walt.

—Ya lo sé.

—A June no le gustaría nada. —Se la acercó a la cara, entornando los ojos—. ¿Trabajas aquí?

—No, señor.

—Tienes pinta de jugar al hockey. Por el cuello.

—Soy portero.

—Que Dios te ayude. —Dejó la tarjeta en el alféizar, de pie, mirando hacia fuera para que el alce viera el aparcamiento—. Tenía un nieto que jugaba de portero. Pequeñajo. Cabezota. No había forma de sacarlo del estanque.

Asentí. Mantuve la cara quieta. Tengo práctica.

—Ya estará mayor —dijo Walt—. Hace tiempo que no lo veo.

Me quedé casi toda la mañana. Me volvió a contar la historia de la ventisca, las pipas de girasol, el alce, con las mismas pausas que la última vez, en los mismos sitios. Cuando me fui me dio la mano, firme, y dijo:

—Suerte con lo de la portería.

Me quedé un rato sentado en la camioneta, en el aparcamiento de Riverbend, con el motor apagado.

Una portería a cero estaría bien. Con una victoria me valía. Un beso, tres segundos. Eso podía hacerlo.

*  *  *

A las 4:00 sonó el temporizador y me comí el pollo.

Nora estaba sentada en el taburete a mi lado en la sala, como llevaba haciendo cinco partidos. Mientras yo comía no hablaba mucho. Eso lo había descubierto ella sola, la segunda vez. Deslizaba el pulgar por la pantalla del móvil y bebía poleo menta en un vaso de papel de Rosie’s.

—¿Estás bien? —preguntó, sin levantar la vista.

—Bien.

—Estás masticando por el lado izquierdo.

—Mastico por los dos lados.

—Masticas por el derecho. Hoy estás masticando por el izquierdo. —Dejó el móvil—. ¿Has ido a verlo?

—Sí.

No preguntó nada más. El agua con limón se me había enfriado. La llevó al microondas, la calentó veintidós segundos y me la volvió a dejar delante.

Me la bebí. Estaba a la temperatura correcta.

*  *  *

Minnesota llegaba con seis victorias seguidas, y su capitán, un finlandés que se llamaba Aaltonen, me había marcado cuatro veces en nuestros tres últimos partidos.

Esa noche no me marcó.

En el tiempo muerto de la tele, a mitad del tercer periodo, la pantalla gigante sobre el centro de la pista cambió a un marco rosa con corazones y un saxofón lento. KISS CAM . Me quedé de pie en el área con la máscara subida y lo miré como todo el mundo.

La cámara encontró a una pareja mayor en el sector 118, y se besaron y todo el mundo aplaudió.

Encontró a dos tíos con camisetas de los Ravens y se besaron, y todo el mundo aplaudió más fuerte.

Encontró a una adolescente y a un chico con brackets, y ella le apartó la cara de un manotazo y el pabellón aulló.

Después, un anuncio de camionetas, y me bajé la máscara y no miré a nuestro banquillo.

Así que todavía no.

A finales del tercero nos pitaron dos penalizaciones seguidas, y durante casi un minuto tuvieron cinco jugadores contra nuestros tres, y tiraron todos. El último, el de Aaltonen, me dio en la máscara y salió por encima del cristal, y lo noté en los dientes.

—Lefty —dije, cuando sonó el silbato—. Buen trabajo.

A falta de nueve segundos, uno repicó en Earl, el poste derecho. Le dejé el mérito.

Dos a cero. Portería a cero, veintinueve paradas.

Diecisiete mil cuatrocientas personas de pie, la bocina sonando, Jamie Kowalski lanzando los guantes hacia arriba.

Theo se estrelló contra mí y me torció la máscara.

Los chicos fueron pasando de uno en uno para darme un golpecito en los pads , y se metieron por el túnel y me dejaron el hielo.

El de la tele me pilló en la puerta del banquillo durante veinte segundos.

—Los chicos han bloqueado mucho —dije—. Buen equipo.

Esperó algo más y no lo consiguió.

La megafonía anunció las tres estrellas, los tres mejores del partido.

Tercera, Mason. Segunda, el número diecinueve, Theo Marchetti, que salió patinando, le lanzó un beso al sector 112 y se fue.

«Y vuestra primera estrella, en esta noche tan especial de San Valentín…

¡el número treinta y uno, Beckett Shaw!»

Patiné hasta el centro con la máscara subida en la cabeza y levanté el stick hacia los cuatro lados del pabellón. El marco rosa volvió a la pantalla, encima de mí. El saxofón también.

Así que ese era el plan de Dana. El corazón me iba más fuerte que durante el cinco contra tres.

La cámara se apartó de mí, bajó por la valla y encontró la puerta abierta al final de nuestro banquillo, y Nora estaba de pie en el escalón.

Llevaba la sudadera grande de los Ravens y el pelo suelto, y en la pantalla, encima de mí, medía seis metros, con los corazones rosas alrededor de la cara, y miró directamente al objetivo y luego a mí.

El pabellón gritó.

Fui patinando. Siete zancadas. Me paré en la puerta del banquillo y el escalón la dejaba casi a mi altura, con los ojos a la altura de mi barbilla.

—Hola —dijo.

—Hola.

—Estabas avisado.

—Estaba avisado.

—Tres segundos —dijo, por debajo del ruido. Levantó la mano y me agarró un puñado de camiseta por el cuello.

Me incliné, y ella se puso de puntillas, y su boca encontró la mía.

Uno.

Sabía a menta y a cacao de labios de cereza. Tenía los labios fríos de la pista, y luego ya no.

Dos.

Apretó los dedos en la camiseta. Le puse la mano en la mandíbula, no sé cuándo, sin el guante, no sé dónde había ido a parar. Dejé de oír el pabellón.

Tres.

Se suponía que tenía que parar. Lo había aceptado.

Ella hizo un ruido, pequeño, contra mi boca, e inclinó la cabeza, y perdí la cuenta. Llevaba contando desde los seis años en un estanque helado de Birch Lake, contando los pasos desde la orilla hasta la portería que Walt me había hecho con listones de madera.

Solo supe que se acababa porque ella se apartó un centímetro, y seguía con los ojos cerrados, y su aliento me dio en la barbilla en una bocanada corta y caliente.

Entonces el ruido del pabellón volvió de golpe.

Abrió los ojos. Me soltó la camiseta y me la alisó con la palma de la mano, dos veces, para arreglar lo que había arrugado.

—Vale —dijo. Se le quebró la voz al decirlo.

Yo no tenía ninguna palabra que devolverle. Me fui patinando hacia atrás. No me acordé de darme la vuelta hasta la línea azul.

*  *  *

—Nueve segundos —anunció Theo en el vestuario. Estaba de pie en el banco, con la toalla puesta y los brazos en alto—. Nueve. Los he contado. Diecisiete mil personas los han contado. Kowie, ¿cuántos has contado tú?

—Nueve —dijo Jamie, encantado.

—¿Lundy?

Anders, en su taquilla, desatándose los patines, se lo pensó.

—Nueve y medio.

—Nueve y medio —dijo Theo—. Shawzy. Dijiste tres. Yo era el testigo .

—Tú no tenías que contar.

—Soy testigo. Contar es todo mi trabajo.

Luke le tiró un rollo de cinta a la cabeza, con tanta fuerza que Theo se sentó.

—Lo próximo que te tiro es un patín —dijo—. Y después voy a por el coche del testigo.

Me miró desde el otro lado del vestuario. Me giré hacia mi taquilla y me quité los pads correa a correa, tomándome más tiempo del necesario.

*  *  *

Cuando llegué al aparcamiento de los jugadores ya había empezado a llover.

Eran las 11:15 y estaba medio vacío; las farolas dibujaban círculos naranjas sobre el asfalto mojado.

Las noches de partido el personal dejaba el coche en la zona descubierta, y Basil era el último coche que quedaba al otro lado de la mediana.

Nora estaba sentada dentro, girando la llave.

El motor hizo clic .

Volvió a girarla. Clic.

Llamé a su ventanilla. Dio un respingo y la bajó unos centímetros con la manivela.

—Hace esto —dijo—. No pasa nada. Tiene sus días. Arrancará en un minuto.

—Abre el capó.

Saqué los cables de arranque de detrás del asiento de la F-150.

Llevo los mismos desde Brandon; son naranjas y tienen las pinzas oxidadas.

Los enganché bajo la lluvia con la capucha puesta mientras ella estaba a mi lado sujetando la linterna del móvil, apuntando al sitio equivocado.

No se lo dije. Me moví hacia donde estaba la luz.

Cargar una batería muerta lo suficiente para que arranque lleva unos minutos. Me quedé ahí con el agua chorreándome por la capucha, y ella también. Tenía el hombro a treinta centímetros del mío. Se le estaba mojando el pelo. Le colgaba una gota de lluvia de la punta de la nariz y no se la secaba.

Me estaba mirando la boca. Se dio cuenta y miró la batería, como si la batería le hubiera dicho una grosería. Yo no aparté la vista de la suya. La había tenido nueve segundos y la quería otra vez, allí, con los cables entre los dos y nadie grabando. La regla uno decía avisar. Yo no había avisado.

—Prueba ahora —dije.

Basil arrancó.

—Buen chico —le dijo al coche, y la voz le sonó normal, y yo solté los cables.

Cuando pasé el brazo por delante de ella para bajar el capó, no se apartó.

Tenía la mano en el borde de la aleta. La mía bajó junto a la suya, y su meñique se movió hasta montarse sobre el mío y se quedó ahí, frío y mojado, mientras el motor seguía en marcha. Lo retiró y se metió en el coche.

—Buen partido —dijo por la ventanilla.

—Gracias.

—Veintinueve paradas.

—Seis eran de Aaltonen.

Me miró un momento más por la rendija. Subió la ventanilla y salió del aparcamiento, y miré sus luces traseras hasta que giraron hacia Broadway.

*  *  *

En casa no encendí las luces. Me senté en el sofá con la ciudad entrando por las ventanas y el móvil en la rodilla, y no miré el clip. Sabía que estaba por ahí. Sabía que tenía un número.

A las 12:31 se iluminó el móvil.

Que conste que te avisé.

Lo leí. No contesté. Dejé caer el móvil en el cojín, me eché hacia atrás y me quedé mirando las vigas del techo.

A la 1:12 volvió a vibrar.

Le di la vuelta. La misma conversación. Una línea más debajo de la primera.

A mí nadie me avisó.