Capítulo once
Nora
Cassie salió por las puertas de llegadas del aeropuerto de Portland veinte minutos después de que aterrizara su vuelo, con una bolsa de fútbol al hombro, los cascos al cuello y el móvil levantado delante de la cara, grabándome ya.
—Saluda a internet —dijo—. Saluda, famosa.
—Guarda eso.
—Dos millones de personas han visto a tu novio hablar de arroz.
—Bajó el móvil y me abrazó con un brazo, fuerte, clavándome la barbilla en el hombro.
Olía a los pretzels del avión y al champú de coco que me había robado en Navidad y no me había devuelto—.
Lo he visto cuarenta veces. Vas a tener que explicarme la cara que pone al final.
—No pone ninguna cara.
—Pone una cara. Mamá lo paró y me hizo rebobinarlo dos veces.
Le cogí la bolsa, que pesaba lo mismo que ella, y fingí que se me caía.
Tenía dieciséis años y medía un metro setenta, casi diez centímetros más que yo desde el verano anterior.
Bajo la manga de la sudadera se le veía el contorno del Dexcom en la parte de atrás del brazo, el disquito blanco sujeto con un parche morado que había decorado con una fresa diminuta dibujada con rotulador.
—¿Cuánto tienes? —le pregunté.
—Hola, Nora, yo también te he echado de menos, el vuelo ha sido…
—Cass.
Levantó el móvil para que viera la gráfica. Ciento seis, flecha plana.
—¿Contenta?
—Sí.
—Me lo vas a preguntar cada hora.
—Cada dos.
—Mamá ni siquiera me pregunta. Tiene Follow, la aplicación que le chiva mis niveles. Me escribe desde la unidad coronaria cada vez que bajo de noventa.
—Mamá trabaja de noche en una unidad coronaria. Ella puede.
Cassie le dio unas palmaditas al salpicadero de Basil y dijo «Buen chico», y nos metimos en la I-205 bajo la lluvia, con los limpiaparabrisas en marcha y los pies de ella en el salpicadero. Iba con los pies en mi salpicadero desde los nueve años.
—Bueno —dijo—. El novio falso.
—Baja la voz.
—Estamos en un Honda Fit. ¿Quién nos va a oír?
¿El portavasos? —Se giró en el asiento para mirarme—.
Regla dos. Me lo contaste todo. Falso, falso, falso, se acaba en abril, apretón de manos amistoso, tú consigues un trabajo, él consigue su contrato.
Y luego sale en la tele diciendo que lavaste el arroz siete veces, y tengo una pregunta.
—No salió en la tele. Era una rueda de prensa.
—¿Lavaste el arroz siete veces?
Miré cómo las luces de freno de los coches de delante se corrían en rojo por el parabrisas mojado.
—Sí.
—Entonces no mentía.
—Daba detalles concretos . Lo concreto vende. Eso se lo enseñé yo.
—Ajá. —Se quitó los cascos del cuello—. Además, dijo en la tele que no sabes lo que es un icing . Lo he buscado en el avión. El wifi costaba ocho dólares, así que me debes ocho dólares.
—¿Y qué es?
—Cuando lo tiras desde tu campo, cruza su línea de gol y nadie lo toca. —Frunció el ceño mirando el parabrisas—. Es como una penalización por vaguear. Creo.
Me apuntó con los cascos.
—Y tengo una exhibición en marzo. Dos entrenadores de universidad, uno de Davis. Si antes de eso subes un vídeo mío cayéndome en el hielo, te mato.
Se puso los cascos.
—Mañana lo voy a averiguar —dijo, más alto de lo necesario—. Lo voy a mirar a los ojos. Mamá dice que soy un detector de mentiras humano. A papá lo pillé con lo del barco.
Lo del barco era una mujer de Redding que vendía barcos. Cassie tenía diez años cuando encontró los mensajes en el móvil de papá y los leyó en voz alta durante la cena. En primavera ya se había ido.
* * *
Le hice tinga de pollo para cenar, con tortillas de maíz que calenté de una en una en el fuego de gas de mi cocina, dándoles la vuelta con los dedos.
Aprendí las dos cosas el verano que cumplí diecinueve, con los cocineros de partida del restaurante de Davis, que hacían tinga para la comida del personal a las cuatro y se rieron de mí hasta que conseguí darle la vuelta a una tortilla sobre el fuego sin espátula.
Ella sumó los hidratos en voz alta y se pinchó con la pluma en la encimera, un pellizco rápido en la tripa por encima de la camiseta, sin mirar, como otros chavales se atan los cordones.
Mientras estaba en la ducha le revisé las plumas.
Cuatro en el estuche, una en la bolsa. El dinero que había mandado a casa el día uno había cubierto la caja de sensores de febrero y habían sobrado cuarenta dólares.
El billete le había costado ciento cincuenta y ocho ida y vuelta, en una oferta de martes.
Los cuarenta fueron para eso y el resto a mi tarjeta de crédito, al lado del pago mínimo que ya estaba haciendo.
No se lo dije. Se habría negado a venir.
El radiador hizo clonc tres veces durante la noche, y cada vez que lo hacía, Cassie decía desde el sofá cama:
—Tu piso está encantado.
Y yo decía:
—Paga la mitad del alquiler.
Y ella se reía a oscuras.
* * *
Un poco antes de las nueve del sábado, la pista de entrenamiento del Foundry estaba vacía salvo por un hombre con el equipo completo de portero, de pie en el área, hablando con el poste izquierdo.
—Tía —susurró Cassie—. ¿Está rezando?
—Está de charla.
—¿Con la portería ?
—Con media.
Beckett se giró y nos vio. No saludó. Vino patinando hasta la puerta del banquillo con la máscara subida en lo alto de la cabeza, y con los pads y el resto de protecciones parecía que medía tres metros de ancho, un hombre hecho de gomaespuma negra y verde.
De cerca vi que se había afeitado, aunque los sábados nunca se afeitaba, y eso le hacía la cara más joven.
—Cassie —dijo.
—Beckett Shaw. —Se cruzó de brazos. Los ojos se le iban todo el rato al tamaño de sus guantes—. Mi hermana dice que eres un gruñón.
—Tu hermana dice que eres delantera.
—Zurda.
—Aquí da igual. —Le tendió un stick por encima de la valla. Era más corto que el suyo, con una tira de cinta blanca nueva en la pala—. Pete lo ha cortado para ti. ¿Mides un setenta?
Lo cogió, desconfiada.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijo ella. —Me señaló con la barbilla sin mirarme—. Y en la caja que hay junto a la puerta hay patines. Un treinta y nueve de mujer. Y un casco. Esa es la norma de Pete, no la mía.
Cassie se me quedó mirando. Yo me quedé mirando los patines. Le había mencionado una vez su número de pie, en Seattle, más o menos a las dos de la mañana, en una lista de motivos por los que era imposible hacerle un regalo a mi hermana. Se me había olvidado que lo había dicho. A él no.
* * *
No sabía patinar. Sabía mantenerse de pie, casi siempre, si se apoyaba en el stick y no estiraba las rodillas. Beckett se pasó diez minutos con ella en la línea azul, agachado a su altura con todo ese equipo, enseñándole dónde poner las manos.
—La mano de arriba es el volante. La de abajo es el acelerador. —Le bajó la mano de abajo cinco centímetros por el mango—. Peso en el pie de atrás. Luego en el de delante. Igual que con un balón de fútbol. No se chuta con la pierna.
—Se chuta con la cadera —dijo Cassie, sorprendida.
—Se tira con la cadera.
No grabé nada. Se suponía que tenía que conseguir contenido. Dana habría matado por sesenta segundos de aquello. Me quedé junto a la valla con las manos metidas en las mangas y no los grabé.
Él volvió a la portería. Cassie tiró desde las marcas del círculo.
La mayoría de la primera docena salieron desviados o se quedaron arrastrándose.
Uno le dio en el pad y ni se movió. Ella se cayó, riéndose tanto que no podía levantarse, y Beckett salió patinando y la levantó por la espalda de la sudadera con una mano, como una gata a su cría, y la dejó de pie.
Ella seguía riéndose. Lo había hecho con un solo brazo.
Dos tiros después, ella lo metió por la escuadra, lado del guante, limpio, y el guante de Beckett subió medio segundo tarde.
Cassie chilló. Tiró el stick. Se volvió a caer.
—Lo has dejado entrar —le grité.
—No. —Miraba el disco al fondo de la red como si lo hubiera traicionado personalmente—. Lefty. ¿Qué ha sido eso?
—¿Está enfadado con el poste izquierdo ? —dijo Cassie desde el hielo—. Nora, está enfadado con el poste.
—Se llama Lefty —dije.
—Ya sé cómo se llama , me lo acaba de decir .
* * *
El Dexcom le saltó a las diez menos veinte.
Tres pitidos agudos del móvil que llevaba en el bolsillo y, medio segundo después, los mismos tres del mío, porque yo tenía Follow en el móvil desde la semana en que le pusieron su primer sensor.
Alarma de bajada. Yo ya me estaba moviendo, ya estaba abriendo la cremallera de la bolsa para coger el brik de zumo que llevo en el bolsillo interior, cuando vi a Beckett patinar hasta el banquillo.
Abrió su bolsa de material. Sacó un tubo de pastillas de glucosa naranjas y un brik de zumo de manzana con la pajita todavía en su envoltorio, cruzó otra vez el hielo patinando y se lo dio todo a Cassie antes de que yo hubiera terminado de abrir la cremallera.
—Tengo las mías —dijo Cassie, que ya estaba rompiendo el envoltorio de la pajita—. Están en mi bolsa.
Su bolsa estaba en la grada del fondo, a dieciocho metros.
—Aunque las tuyas están más cerca —reconoció Cassie.
—¿Cuánto tienes? —le preguntó él.
Ella miró el móvil.
—Sesenta y ocho. Flecha hacia abajo.
—Quince gramos. Esperas quince minutos. Vuelves a mirar. —Se agachó otra vez delante de ella, ya sin guantes, sujetando el brik mientras ella metía la pajita—. Siéntate en el banquillo. Nada de tirar hasta que vuelva a pasar de ochenta.
Cassie levantó la vista hacia él. Después, hacia mí, por encima de su hombro. Tenía las cejas casi en el nacimiento del pelo.
Yo seguía junto a la valla con un brik de zumo en la mano que no necesitaba nadie.
La regla del quince-quince. La que te enseñan en el hospital la primera semana, en una sala sin ventanas con un póster de un páncreas sonriente en la pared.
Yo la aprendí cogiéndole la mano a Cassie.
Mi madre la aprendió al final de un turno de doce horas.
Beckett Shaw la había aprendido él solo, en algún momento entre el jueves por la noche y ese día, y había comprado un tubo de pastillas de glucosa y un brik de zumo de manzana, y los había metido en la bolsa de material al lado de los patines.
Nadie le había preparado nunca nada a Cassie, aparte de nosotras.
Dejé el brik sobre la valla. Dije «Baño» sin dirigirme a nadie, salí por la puerta de la Zamboni hasta el aseo de mujeres que hay junto al vestuario visitante, me encerré en un cubículo y me senté en la tapa bajada con el abrigo puesto.
Cosas que son verdad:
1. Es mentira.
2. Se acaba en abril.
3. Lo ha hecho sin una sola cámara en el edificio.
No me salía una cuarta. La cabeza se me iba a la tercera y se quedaba ahí.
Tyler me había querido delante de un objetivo durante cuatro años.
Me había cogido la mano en miniaturas de vídeo.
Le había dicho a ciento ochenta mil personas que yo era lo mejor que le había pasado en la vida, y el día que me senté en aquella sala de espera de la endocrina me dejó fuera de todo.
Beckett nunca había dicho nada bonito de mí donde yo pudiera oírlo. Había comprado zumo de manzana.
Me quedé en el cubículo hasta que pasaron los quince minutos. Cuando volví, Cassie estaba sentada en el banquillo con el stick sobre las rodillas, y Beckett estaba sentado a su lado con los pads puestos, y los dos miraban juntos la gráfica del móvil como quien mira un marcador.
—Noventa y uno —anunció Cassie—. Flecha hacia arriba. Autorizada para despegar.
—Noventa y uno —me dijo Beckett, aunque yo no le había preguntado nada.
* * *
Después lo llevamos a Rosie’s porque Cassie se empeñó.
Ella pidió un sándwich de queso fundido y calculó los hidratos en voz alta en la barra: cuarenta y dos.
Beckett pidió un café solo y nada más, y se sentó frente a ella en el reservado como un hombre ante la junta de libertad condicional.
Había venido directo del hielo sin ducharse, y cuando se deslizó en el asiento a mi lado lo olí, sudor y aire frío y la cinta de las manos.
Bajo la mesa, su rodilla se apoyó contra la mía y se quedó ahí.
Yo no aparté la mía. Mi hermana estaba sentada justo delante.
—Bueno —dijo Cassie, y se sentó encima del móvil—. Miénteme a la cara.
Él me miró. Yo miré mi café con leche.
—Tú sabes que es mentira —dijo Cassie—. Yo sé que es mentira. Regla dos, ¿no? Nora me lo cuenta todo. Así que no pasa nada. Dilo y ya está. Di que no significa nada para ti. Quiero ver si a tu cara le pasa algo.
Beckett dejó el café.
—No —dijo.
Cassie esperó.
—¿No qué?
—No, no voy a decir eso.
—¿Porque no sabes mentir?
—Porque no es un juego. —Volvió a coger el café—. Cómete el sándwich. Has dicho cuarenta y dos. ¿Te has pinchado?
—Antes de sentarme. No soy nueva.
—Ya sé que no.
Ella se lo quedó mirando por encima del sándwich. Se lo comió, y no volvió a decir ni una palabra sobre mentir en toda la comida, cosa que en Cassie es un acontecimiento médico.
* * *
El domingo, en el aeropuerto, me abrazó en la cola del control de seguridad y me sujetó más tiempo del que suele permitirse.
—No está fingiendo, Nor —me dijo contra el hombro.
—Se le da bien.
—Se le da fatal. Es el peor mentiroso que he conocido. Papá lo hacía mejor y papá es un desastre. —Se apartó y me miró con los ojos de nuestra madre, verde grisáceo, imposibles de discutir—. A lo mejor tú finges. Él no.
Al llegar al principio de la cola le dijo a la agente de seguridad que llevaba un sensor de glucosa en el brazo y pidió un cacheo en vez del escáner corporal, aburrida, con práctica, con dieciséis años.
Extendió los brazos mientras una mujer con guantes azules le pasaba las manos por los costados, y me puso los ojos en blanco por encima del hombro de la mujer.
Al otro lado, ya con las zapatillas puestas, se dio la vuelta y me hizo un corazón con las manos. Luego lo negaría. Yo estaba allí.
Después se subió la bolsa al hombro y dobló la esquina. Yo seguía de pie junto a las cintas cuando me escribió desde la puerta de embarque, una captura de pantalla y ninguna palabra. Ciento doce, flecha plana.