Capítulo diez #2
Se sentó en el taburete de la encimera, a mi lado, con una zapatilla enganchada en el travesaño.
—Bueno. Has visto a Kessler.
—Lo he visto.
—Dana me ha mandado el clip. —Miraba la nevera, el cartel de rotulador que prohibía calentar pescado en el microondas—. Buena frase.
Mastiqué.
—Lo del palo de arriba —dijo—. Muy buen detalle. Muy cercano. Yo habría escrito lo mismo si Dana me lo hubiera pedido.
Creía que me lo había inventado. Claro que lo creía. Ese era el trato: nos lo inventamos, Dana controla las visualizaciones y en abril nos damos la mano. Se lo había dicho yo en una servilleta. La había firmado.
Podría haberle dicho que no era una frase. Tenía las palabras. Decir «No era una frase» me habría llevado menos de un segundo.
—Me alegro de que haya funcionado —dije en cambio.
Balanceó el pie. Dijo, con otra voz, más bajo:
—Lo de los nietos de Pete. ¿Te acordabas?
—Me lo contaste tú.
—En Seattle. A las dos de la mañana o así. —Seguía mirando el cartel del pescado—. No pensaba que me estuvieras escuchando. Estabas en el suelo.
—Escucho desde el suelo.
Se rio, un sonido corto de sorpresa, y se bajó del taburete y cogió la bolsa. En la puerta se paró.
—Seattle tira alto por el lado del blocker —dijo—. Lo he leído en algún sitio. No sé qué significa.
—Significa que tiran alto por el lado del blocker .
—Gracias, muy útil. —Señaló los tápers—. Friégalos.
* * *
Perdimos tres a dos en la prórroga. El gol de la victoria entró alto por el lado del blocker . Earl no sirvió de nada.
Paré treinta y dos. Bien. Ese tipo de bien en el que el entrenador no te dirige la palabra después y tú tampoco a él.
En el vestuario nadie mencionó lo de la mañana.
Theo se lo estaba guardando. Una derrota en la prórroga te da unos diez minutos de silencio, y luego alguien habla o el vestuario se agria.
Jamie fue el primero. Estaba sentado en su taquilla en calcetines con el móvil en las dos manos.
—Mi madre me manda pierogi por mensajería urgente —dijo—. Cuarenta. En hielo seco. Ha visto lo del arroz y ahora cree que aquí nadie me da de comer.
—Aquí nadie te da de comer —dijo Theo—. Te comes perritos calientes de gasolinera en el aparcamiento como un mapache.
—Ha mandado la caja a nombre de Pete. «Material, a la atención de Pete». Cree que Pete es el entrenador.
—Pete es el entrenador —dijo Luke, debajo de una toalla.
—Ha llamado a Nora para preguntarle si los pierogi cuentan como hidratos, y Nora le ha dicho que sí, y mi madre se ha puesto a llorar.
—Kowie, tu madre llora con el parte del tiempo. Lloró con tu penalización en Calgary.
—Fue una penalización mala —dijo Jamie—. Tenía razón.
Mason estaba enfrente de mí, cortando con una mano la cinta de las espinilleras y sujetando el móvil con la otra.
Lo giró para que lo viera todo el vestuario.
Poppy, cinco años, con un flequillo cortado en diagonal desde una ceja hasta la otra oreja, como si alguien hubiera intentado seguir una escalera.
—Se lo ha hecho ella sola. En el baño. Con las tijeras de mi caja de pesca. —Dejó caer el móvil sobre la rodilla—. La segunda niñera desde Navidad. Dice que un corte de pelo más y se va. Me lo ha dicho a la cara y luego me lo ha mandado por mensaje, así que ya es oficial.
—Joder, Mase —dijo Theo—. Parece Lundy.
—En Suecia es un corte de pelo muy bueno —dijo Anders. Salió de la ducha con una toalla, fue a su taquilla y volvió con un tubo azul del tamaño de un dentífrico. Apretó una línea rosa sobre una galleta salada y se la ofreció al vestuario.
Nadie se movió.
—Kalles —dijo—. Huevas de bacalao. Me lo manda mi madre.
—Es pasta de pescado —dijo Theo—. De tubo. Comes pasta de dientes de pescado y masticas ajo crudo y luego te preguntas por qué tienes la cama vacía.
—Mi cama es selectiva. —Anders le tendió la galleta a Jamie, porque Jamie tenía veinte años y no sabía decir que no a nada. Jamie se la comió. Se le humedecieron los ojos.
—Sabe a barco —dijo Jamie.
—Sabe a desayuno. —Anders se comió dos más, de pie—. Marchy. Tres goles desde Navidad. Cómete una galleta. A lo mejor te vuelve el gol.
—El gol sabe dónde vivo —dijo Theo—. Es miedo al compromiso. Al gol le asusta lo mucho que me importa.
Luke le tiró la toalla sin levantar la vista.
Mason seguía mirando la foto.
—¿Cómo se mantienen unas tijeras lejos de una niña de cinco años? En serio. Probé con el cajón. Probé con el estante de arr…
—Una lata de café —dije—. Encima de la nevera. Con la tapa puesta.
El vestuario se quedó callado como se queda cuando habla el portero después de una derrota. Mason me miró.
—Es lo más que has hablado desde octubre.
—Funciona.
Cogió el móvil y se puso a escribir. Theo tarareó la canción del anuncio de coches y me estuvo mirando de reojo el resto de la noche.
En casa me senté en el sofá. Era el único mueble del salón aparte de una tele y una lámpara de pie de Target que todavía tenía la pegatina.
Ladrillo en tres paredes, ventanas en la cuarta.
Nora había estado una vez en esa puerta, el lunes después de Seattle, tendiéndome el cargador que me había dejado enchufado en la 1411, y había dicho que parecía el sitio que alquilaría un asesino en serie para no perder la humildad. No le faltaba razón.
Abrí el clip. Había pasado del millón de visualizaciones. Me vi decir siete veces , y mi cara en la pantalla hizo algo que no reconocí. La cicatriz de la ceja se me levantó. Parecía un tío hablando de alguien, y todo el que lo viera podía ver de quién.
Me vibró el móvil. Marcus, llamando desde Toronto.
—Ha llamado Denver —dijo, en lugar de hola—. Su director general ha visto tu discursito. Le ha pedido permiso a Graham para hablar conmigo de una ampliación de contrato, si te consiguen en un traspaso antes de la fecha límite. Graham no ha dicho que sí.
—Denver está a dos horas de avión de aquí.
—Ya sé dónde vive tu abuelo, chaval. Te digo quién ha llamado. —Suspiró—. Portland va a esperar, Beckett. Van a esperar mientras lo de la novia siga funcionando. Que siga funcionando.
Colgó. Tiré el móvil al cojín. Volvió a vibrar.
Nora.
Cassie llega mañana en avión. A las 4:10 en el aeropuerto de Portland. Mi madre tiene turnos de noche y le prometí un fin de semana.
Antes de que pudiera contestar:
Regla dos. Sabe que es mentira. Yo se lo cuento todo.
Y un tercero, un minuto después, mientras yo seguía mirando el segundo:
Ha visto tu discurso del arroz. Quiere conocerte. Sus palabras exactas fueron «Quiero ver si es capaz de mentirme a la cara». Juega de delantera. Quiere tirarte a puerta. Le dije que no. Me dijo que tú dirías que sí.
Lo leí dos veces. Pensé en la pregunta de Kessler y en mi respuesta y en los cuatro segundos de después, y en una chica de dieciséis años con mi número en la cabeza decidiendo si yo era un fraude.
Escribí: Sábado. 9 de la mañana. La pista de entrenamiento.
Lo mandé. Abrí el navegador, busqué diabetes tipo 1 bajada de azúcar qué hacer y estuve leyendo hasta las dos de la mañana.