Capítulo diez
Beckett
El entrenamiento matinal empezaba a las diez y media. Yo estaba en el hielo un cuarto de hora antes.
Ese cuarto de hora a solas en una pista vacía era lo mejor de un día de partido.
El hielo estaba recién pasado por la Zamboni, mojado por encima, y solo se oía el compresor bajo el suelo y mis cuchillas.
Hice mis líneas, de poste a poste, mariposa abajo y arriba, cuarenta repeticiones.
Me paré en el área y di un golpecito al poste izquierdo con el stick.
—Lefty.
Di un golpecito al derecho.
—Earl.
Earl y yo seguíamos sin hablar del que dejó que entrara repicando contra Minnesota en noviembre.
—Esta noche, Seattle —les dije—. Tiran alto por el lado del blocker . No me dejéis hacer trampas.
El blocker es el escudo rectangular de la mano del stick. Lefty se lo tomó bien. Earl no se mojó.
—Hay un periodista —dije—. Kessler. Me va a preguntar por ella.
El compresor zumbaba. Arriba, en las gradas, a uno de mantenimiento se le cayó un cubo de fregar.
—No tengo respuesta —le dije a Earl, porque Lefty ya lo sabía.
* * *
El resto del equipo salió a las diez y media.
Theo dio una vuelta patinando detrás de mí y cantando una canción de un anuncio de coches, desafinando, hasta que Luke le dijo que se callara.
En el calentamiento Jamie Kowalski se emocionó y estrelló uno contra el larguero a un palmo de mi oreja.
Me levanté de la posición y lo miré y no me moví hasta que apartó la vista.
Luke llegó antes de que yo tuviera que decir nada.
—Kowalski. Le tiras otro a la cabeza y le llevas la bolsa hasta que cumplas los treinta. Por los aeropuertos. Con traje. El traje lo pago yo.
Jamie se puso blanco y tiró el resto de los discos a ras de hielo, pidiéndole perdón a cada uno.
Después de eso Mikko Salo me estuvo tirando desde las marcas del círculo durante veinte minutos y dijo dos cosas.
«Manos». Y al final: «Mejor que en Seattle».
En Seattle me había visto calentar con cuatro horas de moqueta de hotel encima, había dicho «Tienes una cara horrible», y luego me había visto encajar tres.
No había preguntado por qué. Había apuntado algo en la libretita que llevaba en el pantalón del chándal y no había vuelto a sacar el tema.
El entrenador Halloran estaba en el banquillo con los brazos cruzados y se pasó diez minutos gritándole a la tercera línea por un ejercicio que llevaban haciendo desde septiembre.
Anders Lund se puso en la otra portería. Era el suplente. Sueco, coleta, el hombre más tranquilo del edificio en cuanto se quitaba los patines. Al final se acercó patinando y se apoyó en el stick.
—Hoy hay prensa —dijo.
—Ya lo sé.
—Ha venido Kessler. Lo he visto en la máquina del café. Tiene la cara. —Anders puso la cara. Parecía un hombre oliendo la leche para ver si se había cortado.
—Ya lo sé.
—Podrías estar enfermo. Voy yo en tu lugar. Le hablo veinte minutos de la mermelada de arándanos rojos de mi abuela. Se irá.
—No estoy enfermo.
—Tienes cara de estar un poco enfermo. —Se impulsó para irse—. Suerte, Shawzy.
* * *
La prensa entró en el vestuario después del entrenamiento.
Me senté en mi taquilla con la ropa térmica y los patines todavía puestos.
Un día de partido normal pasaban seis periodistas.
Ese día había catorce en semicírculo a mi alrededor, más dos cámaras al hombro detrás, más Dana apoyada en la pizarra con los brazos cruzados.
Alguien me puso un móvil a treinta centímetros de la cara, un iPhone con la pantalla rota y una pegatina detrás que decía YO FRENO POR LOS PORTEROS.
Las cuatro primeras preguntas fueron de hockey, y las contesté con una media de siete palabras. La superioridad de Seattle, mi porcentaje de paradas en febrero, la gira fuera de casa de la semana siguiente, si la ingle estaba bien. Estaba bien.
En el extremo del semicírculo había una mujer a la que no conocía. Joven, pelo oscuro cortado por encima de las orejas, acreditación del Ledger , sin grabadora a la vista. No me preguntó nada. Miraba a Theo, dos taquillas más allá, que fingía no estar escuchando y lo hacía fatal.
Entonces Doug Kessler se abrió paso hasta la primera fila del semicírculo con la grabadora por delante.
Kessler llevaba doce años escribiendo para el Ledger de Portland.
Vestía una chaqueta de pana con coderas y una vez había escrito una columna llamándome «un muro de ladrillo con mala actitud», cosa que me había gustado, porque era verdad.
Desde el vídeo había escrito tres más. La última llevaba la palabra problema en el titular.
—Beckett —dijo—. Su relación con Nora Quinn se hizo pública una semana después de que un vídeo en el que le grita a un niño de diez años alcanzara once millones de visualizaciones.
Ella trabaja en el departamento de comunicación del equipo.
Algunos aficionados se preguntan si es una estrategia.
Una jugada de comunicación para arreglar su imagen antes de negociar el contrato. —Pulsó el bolígrafo—. ¿Lo es?
La sala se quedó en silencio. Oía la climatización y a alguien al fondo respirando por la boca.
Miré a Dana. Dana no se movió. La noche anterior, por teléfono, me había dicho lo que tenía que decir: Nos conocimos en el trabajo, es algo privado, estoy feliz, siguiente pregunta. Cuatro partes. Me lo había aprendido de memoria.
Abrí la boca para decirlo, y lo que salió fue lo primero que tenía en la cabeza.
—El martes me hizo la cena.
Kessler parpadeó. Catorce bolígrafos se pararon.
—Lavó el arroz siete veces —dije—. Llevo trece años comiendo lo mismo antes de cada partido y nunca supe que pudiera saber a algo.
Ella lo consiguió en una tarde. No sabe lo que es un icing .
La semana pasada al larguero lo llamó «el palo de arriba».
—Notaba que se me encendía la cara bajo los focos de las cámaras y seguí de todos modos—.
Habla con los del cuarto del material como si fueran personas.
Se sabe los nombres de los nietos de Pete.
El martes grabó el gol a puerta vacía de Kowalski y su madre la llamó llorando.
Paré. No sabía cómo terminarlo. En la portería es el silbato el que termina las cosas por ti.
—Es lo mejor que le ha pasado a este equipo —dije.
Me eché hacia atrás, porque no había nada más que decir, y el silencio duró lo suficiente para que pudiera contarlo. Cuatro segundos. Cinco. Detrás de ellos, uno de los cámaras levantó la cabeza del visor para mirarme con sus propios ojos.
Kessler carraspeó.
—¿Eso es un sí o un no?
—Es lo que he dicho.
Dana dio un paso adelante.
—Gracias a todos. Eso es todo por hoy.
Salieron en fila. La del pelo corto se paró en la taquilla de Theo al pasar.
—Hazel Brooks, del Ledger —dijo—. Señor Marchetti, nueve goles hasta Navidad y tres desde entonces. ¿Es el hombro o la vida nocturna?
Theo le enseñó todos los dientes que tenía.
—El horóscopo.
Ella lo apuntó, se diría que para echárselo en cara algún día, y se fue.
* * *
Dana me pilló en el pasillo, delante del cuarto de afilado, y me agarró del brazo con tanta fuerza que me dejó marcas.
—Eso —dijo— no es lo que ensayamos.
—Ya lo sé.
—Ha sido mejor. —Me soltó. Estaba sonriendo—. Ha sido muchísimo mejor. Quiero enmarcarlo. ¿Sabes cuánto va a tardar ese clip en llegar al millón?
—No.
—Yo tampoco. Eso es lo bonito. —Sacó el móvil y se puso a escribir con los dos pulgares—. No cambies nada. Hagas lo que hagas, sigue haciéndolo.
Se marchó. Me quedé en el pasillo con la espalda contra los bloques de hormigón, y el corazón me iba fuerte.
Los nietos de Pete se llaman Ava y Marco. Lo sabía solo porque me lo había dicho Nora.
Busqué la mentira en lo que había dicho, como busco en los vídeos el gesto que delata a un tirador.
No había ninguna.
Se lo había dicho a catorce periodistas y dos cámaras, y todo era verdad. Lo mejor que le ha pasado a este equipo. Ella llevaba aquí tres semanas. Yo llevaba siete años.
—Earl —dije entre dientes—, tenemos un problema.
* * *
Theo me encontró en la sala del fisio diez minutos después. Llevaba el móvil con el brazo estirado y el volumen alto, y de él salía mi propia voz, pequeña y metálica. Lavó el arroz siete veces.
—Shawzy. —Se llevó una mano al pecho—. Shawzy. Tío. Que me pongo a llorar.
—No.
—Voy a llorar y luego me lo voy a tatuar.
—¿Dónde?
—En algún sitio con clase. En la parte baja de la espalda. —Se sentó en el banco a mi lado—. Va por doscientas mil. Lleva doce minutos subido. La madre de Jamie lo ha compartido.
Luke se acercó con una toalla al cuello y miró el móvil de Theo, y luego a mí. Luke tenía dos años más que yo y se comportaba como si me sacara veinte.
—Mi hermana ya me lo ha mandado —dijo—. Lila. Desde Astoria, con once caritas llorando. No me ha escrito por un partido en la vida. Si empieza ahora, Becks, te paso la factura. ¿Estás bien?
—Bien.
—Has dicho mal lo del larguero a propósito para que ella quedara mona.
—Lo llamó «el palo de arriba».
—Ya lo sé. —Me sostuvo la mirada demasiado rato. Me dio dos palmadas en el hombro y se fue.
A Theo podía ignorarlo. En Luke iba a estar pensando durante el segundo periodo.
* * *
A las 3:55 se abrió la puerta de la sala y entró Nora con dos tápers de tapa verde y un termo.
Llevaba el pelo rojo recogido con una pinza, se le había soltado un mechón junto a la oreja, y llevaba una sudadera de los Ravens que le quedaba grande.
Cualquiera de los del cuarto del material le daría un riñón, así que lo más probable era que se la hubiera dado alguno de ellos.
Lo dejó todo en la encimera y no mencionó a Kessler. Abrió la tapa del pollo, se sacó del bolsillo el limón en una bolsita de plástico y lo cortó con un cuchillo de pelar que había traído de casa.
A las 4:00 sonó el temporizador. Di un bocado.
Mejor que el martes, no sé cómo. El brócoli tenía un poco de sal y algo más que hacía que supiera a huerto y no a bolsa de congelados.
—Ralladura de limón —dijo, leyéndome la cara—. Ingrediente aprobado.
—Aprobado.